Oí unos gritos y vi a algunas personas correr. Miré a mi alrededor para entender. Entonces noté que el edificio de tres o cuatro pisos que tenía más cerca se movía. Y también lo hacía la tierra bajo mis pies “¡Temblor!”, gritó alguien.
Un hombre con voz enérgica comenzó a dar órdenes:
—¡Vamos al punto de encuentro, vamos al punto de encuentro!
Su seguridad era tal que yo también lo seguí.
Cuando todo pasó, o eso creí, me alejé. Tenía un mandado pendiente: llevar unos papeles a una oficina pública. Estaba por El Carmen. Había grupos de personas por todas partes. Frente a los edificios residenciales vi gente sin zapatos, niños en pañales, personas en ropa de casa sentadas en el suelo. Perros de todos los tamaños agitaban la lengua, ataditos a sus correas. Alguien trataba de calmar a una mujer agitada.
Cuando llegué a la oficina pública, los funcionarios estaban afuera. Evidentemente, no me iban a atender. Un señor conversaba tranquilo. Acababa de bajar nueve pisos corriendo, contó, con la serenidad de quien regresa de comprar el pan.
Cada quien procesaba a su manera lo ocurrido. Acabábamos de vivir un terremoto de magnitud 7.5, según el Instituto de Geociencias. De pronto me di cuenta de que ya era pasada la una y mi hija salía del colegio a las dos. Así que puse rumbo a casa.
Alguien comentó que las tarifas de Uber estaban altísimas. El tranque crecía por minutos y decidí caminar y tomar un metrobús. En cuatro paradas estaría en mi casa. En el bus, igual que en la calle, todo el mundo quería hablar. Desconocidos conversaban como si se conocieran de toda la vida.
Una mujer me contó que el terremoto la había sorprendido en el probador de una tienda y que pensó que iba a morir allí, a medio vestir. Otra me aseguró que había soñado que algo así iba a pasar y que incluso se lo había advertido a su esposo.
También vi a un señor descargar mercancías de un carro repartidor, como si el mundo siguiera exactamente igual. Y, en cierta forma, seguía.
Yo apenas sentí el movimiento. Después escucharía a quienes estaban en edificios altos contar que el piso se les movía como una hamaca o que tuvieron que agarrarse de algo porque pensaban que iban a caer.
Ese viernes evacuamos unas tres veces el edificio. La última sacudida la sentí cerca de las once de la noche. Para cuando escribo esta columna, el Instituto de Geociencias ha registrado 359 réplicas.
En la capital hubo susto. Pero entonces llegaron las imágenes de las provincias: viviendas en el suelo, escuelas agrietadas, carreteras dañadas. Para muchas familias el terremoto no ha terminado. Ahora necesitan ayuda para recuperar sus casas y su tranquilidad. Vuelve a quedar en evidencia que hay que fortalecer los recursos y las capacidades en las provincias.
Siempre recordaré que aquel 9 de octubre iba a llevar unos papeles a una oficina pública. Quizás olvidaré de qué eran o para qué. Lo que nunca olvidaré es aquello que ese día nos movió y unió.


