8enesombrita00 - Señora, hoy es día de hombres

—Señora, ¿usted me puede hacer un favor?

Esa pregunta me la hizo un muchacho que estaba de pie en la puerta de un supermercado en vía España. Faltaban cuatro días para Navidad. Según alcancé a ver, un agente de seguridad detenía a los hombres que trataban de ingresar al lugar en el día de compras de mujeres, medida impuesta en Panamá para disminuir las aglomeraciones.

El hombre me puso en la mano 25 dólares y un cupón de descuento. Me pidió que le comprara una sandwichera que estaba allá atrás, y me hizo un gesto con la boca. Costaba como 21 dólares y yo me podía quedar con el vuelto, me prometió.

Él no tenía porqué saberlo, pero yo estaba a punto de darme la vuelta e irme. Después de asomarme, me parecía que el supermercado estaba algo lleno y yo solo quería comprar una pocas cosas que bien podían esperar. Además faltaban dos horas para el toque de queda. Pero con los 25 dólares ajenos en la mano y con la imagen de un rostro angustiado, no pude echarme para atrás.

Entré al supermercado. Como es uno que no frecuento, me tomó tiempo ubicarme. Por eso es que no me gustan los supermercados desconocidos y por eso, creo, han ganado tanto empuje los mercados pequeños donde no hay que dar tantas vueltas.

¿Dónde están las sandwicheras?, tuve que preguntarle a uno de los empleados del supermercado.
—¿Las de la promoción? Me preguntó. Y antes que yo respondiera me hizo otro gesto con la boca para señalarme una esquina.

Quedaba solo una. ¡Qué suerte!

Ya que estaba allí me apuré para comprar las cuatro cosas que necesitaba. Estuve tentada a buscar algo más pero ya no quería demorar. Pensé en el hombre que me estaría esperando afuera. No fuera a creer que me escapé con su plata o, peor, con la sandwichera.

Cuando me puse en la fila para pagar, me di cuenta de que el hombre estaba en la puerta estirando su cuello, intentando verme. Le hice una seña y levanté la caja del anhelado electrodoméstico para que lo viera. Su cara se relajó.

En la puerta le di la caja y aunque él no quería aceptarlo también le devolví su vuelto. “Solo quedaba una”, le dije. Sonrío, al parecer sabía que se estaban agotando y temía que si tardaba un día más en comprarla ya no habría. Tenía razón.

Me fui sintiéndome un poquito mejor por haber ayudado a alguien. Y me puse a pensar como en situaciones particulares nos vemos obligado a depender y confiar de otros.

Semanas atrás, cuando no había restricción de compras por género, en la farmacia me tocó ver como un agente de seguridad le bloqueaba la entrada a una señora mayor que iba sin mascarilla y ella insistía en que necesitaba entrar, justamente, para comprarse una.

¿Cuántas personas no han necesitado ayuda para comprar sus víveres? ¿Cuántos no han hecho un favor y compraron una mascarilla a alguien? ¿Cuántos no han elegido comprar pensando en que eso también apoyar a un negocio?

Se me ocurre una lista larga de cosas negativas para lamentar o quejarse, pero para empezar el año quiero, al menos esta vez, poner solo la mirada en esos pequeños actos que muchos están haciendo por otros. En esas muestras de confianza que aún podemos darnos el lujo de hacer en Panamá, darle a un desconocido dinero y confiar en que va a regresar con lo que le pediste.