24may El sombrita 1 - ¿Qué tan duro es decir te quiero?

Hace unos días me encontré con una amiga que lamentaba la pérdida de una tía. A pesar de que vivía en Estados Unidos, siempre estuvieron unidas. Hablaban mucho por teléfono. Cada vez que se despedía, su tía le decía: “te quiero”. Eso lo iba a extrañar.

Ese día, al decirnos hasta luego, mi amiga me dijo: “te quiero mucho, Roxi”.
No sé ustedes, pero en mi mundo es raro oírlo.

Poco después de aquella plática hallé en internet un video hecho por una canadiense residente en Francia en su blog SolangeTeParle. Yo quería practicar francés y me llamó la atención el título: “Decir te quiero”.

¿Por qué no decimos te quiero?, se preguntaba esta muchacha. Su monólogo era íntimo, auténtico y poderoso. Pero, ¿si los que hablan francés no usan esa lengua hermosa para decir eso, quién?

Contaba Solange que a uno de sus novios la mamá nunca se lo dijo. Ni de niño. Ella se atrevió a preguntarle al prospecto de suegra la razón y su respuesta fue: “él sabe que lo quiero”.

O sea, que allá estamos igualitos que acá.

Sé que son palabras mayores y que muchos se cuidan de no trivializarlo o gastarlo. Así como la vajilla que tenían las abuelas para las grandes ocasiones, para los distinguidos invitados. Pero se pasa el tiempo y la vajilla y el te quiero ahí, sin usar.

En una pareja nadie quiere servir el corazón en un plato. Ni parecer cursi o necesitado. Por más que lo esté. Tampoco se quiere asustar al otro. “No veas el te quiero como un juntos para siempre o sé mío y de nadie más… Dilo a la gente que amas, porque no sabes si después podrás”, decía la youtuber.

En un mundo tan agresivo, urgen los “te quiero”. Fácil es criticar en redes sociales a cualquiera; fácil insultar al conductor de adelante que no avanza o al peatón muy lento. Pero ser amable, cómo cuesta.

Últimamente, hay alguien que siempre me dice te quiero: mi mamá. Es por el efecto maravilloso de esa nietecita en nuestras vidas que ha llegado para abrir los cerrojos que nos faltaban. Siempre supe que mi mamá me amaba y a veces nos los decía, pero oírlo más es maravilloso.

A ustedes que leen esto siempre o que por casualidad han encontrado esta columna, permítanme decirles que los quiero. Sin alguien que las lea, estas palabras carecen de sentido.