En estos días estaba en una mesa redonda que terminó convertida en conversatorio, aunque en el programa decía panel. Recuerdo que una vez me invitaron a un foro que en realidad era un debate, pero la organizadora me explicó con cara seria: “La directora prefiere ese nombre”.

Y bueno, tal vez por esas arbitrariedades semánticas es que pasan tantas cosas extrañas a la hora de las preguntas del público. Casi siempre llega ese momento solemne que aparece en la hoja de presentación como “Espacio para preguntas”. Las veteranas en estos espacios sabemos que pueden ocurrir dos extremos: públicos mudos o preguntadores profesionales.

Hay auditorios tan agotados, tan derrotados por el aire acondicionado y la extensión infinita del evento, que nadie pregunta. Lo único que importa es el brindis prometido para el final. Y allí entran las expertas en coloquios, que tienen guardadas sus preguntas comodín para espantar el silencio incómodo. Apenas pasan tres segundos sin movimiento aparece alguien diciendo: “Bueno, yo quisiera preguntar…”.

Pero también existen —y en abundancia— los preguntadores profesionales. Personas que parecen haber estado agazapadas esperando exactamente ese momento para tomar el micrófono y no soltarlo.

Está el de la larga perorata que no tiene nada que ver con el tema. Estamos hablando de la exportación de la piña y termina dando una reflexión de siete minutos sobre ciencias ocultas, geopolítica o la plaga del marañón.

Está el descarado que empieza diciendo: “Lo mío no es una pregunta, es un comentario”, frase que debería autorizar legalmente a apagar el micrófono. Porque después viene la historia completa de un asunto bien desconectado de cualquier cosa que se haya dicho en el panel.

También está el que sí tiene preguntas sobre el tema, pero decide hacer tres en una sola intervención y pone además dos ejemplos y tres antecedentes históricos, cuando termina, ya todos nos perdimos.

Y nunca falta el salto temático olímpico. Ni Irving Saladino. Podemos estar hablando de inteligencia artificial o la poesía de Stella Sierra y de pronto alguien levanta la mano para hablar del clientelismo político. Que sí, es importantísimo. Gravísimo. Pero no necesariamente es el momento.

El micrófono en público produce un efecto psicológico extraño. Algunos creen que es su momento: la hora de su pequeño TED Talk personal.

Y mientras, el resto del auditorio desarrolla mecanismos de supervivencia: mirar discretamente el celular, asentir con expresión neutra o intercambiar miradas solidarias con otros asistentes que también están atrapados allí.

Sé que hay buenas preguntas que se quedan sin hacer. Y es una lástima. Las mejores preguntas casi siempre son las más sencillas. Las que realmente quieren entender algo o ampliar la conversación, en vez de secuestrarla.

Quizás, pedir brevedad y pertinencia en un micrófono abierto es demasiado optimismo para este país donde hasta los paneles terminan siendo conversatorios y los debates se enmascaran de foros porque a alguien le gustaba más el nombre.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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