Últimamente la palabra mega se ha puedo de moda: que si megacárcel o que si mega centro penitenciario. A ello súmele videogilancia, cámaras, controles, plan dureza, plan fortaleza y por ahí nos vamos.
Seguro hay bastante que hacer en materia de seguridad. Pero cada vez que escucho cuántos millones de dólares Panamá va a invertir en encerrar a más personas, me aparece una pregunta: ¿Para cuándo la mega prevención?
Imagínese que una escuela tuviera un salón dedicado solo al castigo, al que cada año agrandan. Le ponen más sillas, mejores cerraduras, más vigilancia. Eventualmente construyen otro piso porque ya no cabe nadie. Mientras tanto, la biblioteca tiene tres libros medio deshojados, la cancha necesita reparación, no hay mucho que hacer después de clases y una orientadora del gabinete psicológico atiende a medio colegio dos veces a la semana.
En algún momento alguien tendría que preguntar: ¿estamos seguros de que el problema de esta escuela es que el salón de castigo todavía es muy pequeño? Eso es lo que me inquieta cuando la conversación sobre seguridad empieza casi siempre al final de la historia.
Porque antes de una cárcel hubo una escuela, una casa, una calle, un grupo de amigos, una pantalla, probablemente muchas señales y, a veces, muy pocas alternativas. Pero justo cuando pienso en estos temas, también escucho a alguien que dice: “Eso viene de la casa” o “en casa se enseñan los valores”.
Puede ser. Pero también habría que mirar cómo está esa casa. Cuando decimos que “los padres tienen que estar pendientes”, pareciera que hablamos de una mamá y un papá sentados tranquilamente a las cinco de la tarde esperando que el niño llegue del colegio.
En la vida real hay madres que todavía están trabajando, padres cruzando media ciudad en un tranque, hogares donde la jefatura de la familia la ejerce una abuela sola y gente que llega a las ocho de la noche con suficiente energía apenas para preguntarse qué hay de comer.
Eso no elimina la responsabilidad de las familias. Pero sí debería impedirnos usar “la familia” como respuesta automática para cerrar la conversación sobre la prevención de la violencia.
Prevenir también es crear condiciones: Buenas escuelas, Deporte, Bibliotecas, Cultura, Espacios públicos iluminados y seguros. Orientación psicológica accesible. Lugares donde un adolescente pueda estar después de clases sin que cada salida represente una mensualidad cara para para la familia.
Y en las escuelas tenemos que hacer más énfasis por enseñar a convivir: a manejar la frustración; a resolver un conflicto sin convertirlo en una guerra; a reconocer la violencia antes del golpe. Tenemos que guiar a las personas jóvenes para tener pensamiento crítico ante lo que ven en la pantalla. ¿O acaso no sabemos que muchos de nuestros adolescentes pasan horas frente a una pantallita del celular que les dice que para valer necesitan dinero, músculos, mujeres, carro y una vida que posiblemente ni siquiera existe fuera de Tik Tok.
Conversar y educar sobre esos temas también es seguridad. Pero hay un problema: la prevención no es fotogénica. Casi nunca da buenas fotos. Una cárcel se inaugura. Tiene edificio, corte de cinta, cámaras, funcionarios y una cifra: capacidad para tantos internos, evitan decir la palabra presos muy a propósito.
Pero ¿cómo inaugura uno al muchacho que encontró un deporte que le gustaba y se quedó entrenando después de clases? ¿Cómo hacemos una conferencia de prensa por la adolescente que pudo decir a tiempo que estaba viviendo violencia y encontró a alguien que la escuchara?
¿Dónde ponemos la placa del niño que aprendió que estar furioso no significa que tiene derecho a golpear? Cuando la prevención funciona, muchas veces lo único que ocurre es que algo malo no ocurrió. No hubo robo. No hubo golpe. No hubo víctima. No hubo cárcel. Y probablemente tampoco hubo noticia. Si, los medios también tenemos que aceptar autocrítica.
Por eso no creo que la discusión sea cárceles o prevención. Habrá delitos que necesitan sanción, personas que deben cumplir condenas y un Estado que tiene la obligación de proteger a la ciudadanía.
Pero si somos capaces de pensar en grande para castigar después, también deberíamos ser capaces de pensar en grande para intervenir antes. Porque quizás la verdadera política de seguridad empieza mucho antes de una celda.
Y por eso sigo esperando escuchar algún día, con el mismo bombo y platillo de los grandes anuncios: “Panamá tendrá una mega inversión en prevención”. Estoy, estamos todos, esperando por ello.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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