23abrilporlasombrita00 - Ojos de viaje para combatir la rutinaSubí al avión clara de que iba a estar menos de 48 horas en otra ciudad.  Pero era ‘la ciudad’: Buenos Aires ¿cómo iba a decir que no?  La oportunidad de ese viaje me llegó en uno de esos momentos malos, malísimos. Tenía mucho trabajo pendiente, tenía una niña chiquita en casa, tenía varias razones para decir que no.

Estoy segura de no ser la única que ha rechazado oportunidades en el trabajo -un viaje o una capacitación- por no tener tiempo y tener un sentido excesivo de responsabilidad.  También espero no ser la única en darse cuenta  de que esas oportunidades hay que aprovecharlas porque te ayudan a crecer como persona y profesional  y al final, con un poco de organización, el trabajo siempre sale.

Así que arreglé y adelanté lo que pude. Lo que no, lo hice en el avión en la computadora portátil o en el hotel a medianoche. Pero todo ese esfuerzo valió la pena.

Caminé como solo se puede caminar en ciudades con aceras y clima agradable, sin sudar. Fui al Museo de Evita. visité El Ateneo, que es un teatro convertido en librería.  Almorcé un emparedado y un café delicioso en un pequeño restaurante.

Intenté hacer un tour en el teatro Colón que recién estaba abierto, pero cuando llegué era muy tarde. “Venga mañana me dijeron en la taquilla”, pero para mí, allí, no había mañana.

Fui a la estación de trenes de Retiro. Mi habitación de hotel daba justo a la Torre Monumental, que se veía hermosa iluminada. La miré con mucho cuidado para llevarme ese recuerdo en la maleta.

En el aeropuerto compré más libros, porque hasta en ese lugar había librerías, vi lo mismo en Colombia, y conseguí un llavero que todavía cargo conmigo.

Si me preguntan que hice el martes y el miércoles apenas me acuerdo. Como ven, tengo muy presente aquel viaje, y otros que he podido hacer.

Cuando uno viaja todo resulta nuevo: la manera de hablar de la gente, las flores que venden a la orilla de la acera ¡sin marchitarse!, los olores de la comida callejera, los cruces peatonales tumultuosos. Y es que sabes que quizás nunca puedas volver a ver todo eso, entonces lo admiras y lo aprecias más. Llevas puesto los ojos de viaje.

A veces recuerdo ponerme esos ojos de viaje para apreciar más mi día a día. Hay mucha belleza y gente preciosa a la que me he acostumbrado tanto que olvido admirarla y apreciarla.

Qué hermosa es la vista desde la Calzada de Amador, qué maravilla es ver pasar los barcos por el Canal pero como está allí siempre lo olvido. La vida es más emocionante cuando apreciamos nuestro alrededor como si fuera la primera vez o la última vez que lo vemos.