30octporlasombrita00 - Metida en la cocina, aunque no quieraSi alguien ganó con esta cuarentena… Ya sé, nadie ganó. Solo vamos a suponerlo, fueron los que empezaron a hacer cursos de cocina por internet.

De repente todo el mundo quedó pegado a la estufa o al horno. Y bueno ¿dónde más se podía estar? Hasta quien apenas hacía pancake de cajeta se animó con la masa madre. Aunque luego le resultara madrastra.

Todos sabemos que comer en casa alimentos preparados por uno mismo es más saludable con el organismo y la economía familiar. La corredera y prisas de la vieja normalidad nos tenía desayunando, almorzando y a veces cenando en la calle.

El mundo encerrado en la cuarentena se animó a remangarse y probar distintas cosas hechas en casa. Los sitios de recetas se volvieron muy populares.  Por mi parte, hice chow mein, aunque se me pasaron los fideos. Intenté millo caramelizado, extrañaba el del cine. Intenté un mango chutney que me salió impresentable. Aprendí a hacer flan y ahora puedo hacer pancakes que no son de cajetas.  ¡Aja! Ya no me cierran los pantalones.

Aunque hice, según yo, bastante;  mis logros eran insignificantes en comparación con los de mis  mis colegas y conocidos en Instagram. Ellos preparaban corvina en salsa de raspadura con confitado de coco acompañado de bulgur, y escribían algo así: “con lo que me encontré en la refrigeradora preparé este modesto plato”. Por más que abro mi refrigeradora no me encuentro allí confitado de coco.

Con mi hija tomamos un curso de cocina virtual. Y Lina Tchetchina, nuestra maestra, nos recordó lo importante que es cocinar con buen ánimo, ser creativos cuando falta un ingrediente y no desanimarse cuando la masa parece no ir muy bien. Gracias, Lina.

Otra amiga me convenció de asistir a un Zoom para hacer pan artesanal. Cuando recibí la lista de ingredientes y el procedimiento supe que jamás haría algo como eso. Un no rotundo.  Es más si los panaderos explicaran cómo se hace el pan artesanal, no solo no les robarían la receta, si no que podrían cobrar más dinero.

Hace unos días mi amiga Esther Arjona, especialista en periodismo gastronómico, escribió un artículo en el que se preguntaba “¿Se acabó la luna de miel con la cocina?”. Y hacía referencia a algo que yo viví. Después de tanto ímpetu por los fogones, por ‘a ver qué me invento hoy’,  caí como en un hastío. No, no se confundan las ganas de comer no se me han quitado jamás.

A tal punto que en mi casa, donde casi siempre me toca hacer la cena, una tarde avisé: “o compramos algo o comeremos pan con queso  porque me niego a  cocinar”. Me avergüenzo.

Por suerte para mí, y mi familia, ese bloqueó con el fogón se me pasó y al día siguiente volví. Ni modo.

Pero a veces me vuelvo a inspirar y algo rico quiero inventar. Busco entonces el Libro de Dos Amigas Cocineras de María de Los Angeles Fábrega y Julieta de Diego de Fábrega. Como ya dije el apetito no se me ha ido.