Mi hija tenía rato diciéndome que quería pasar por Camelia, una nueva cafetería chiquitita frente al Parque Omar que ella veía desde el busito escolar. Un día entramos. Faltaban como cuarenta minutos para cerrar y yo malpensé: aquí nos van a atender con cara de “ya estamos recogiendo”. Pero me equivocó.
El joven nos recibió con una sonrisa. Nos preguntó si conocíamos el lugar y nos contó un poco de su historia. Nos preguntó por nuestros gustos y y cuando pedimos, nos sirvió las galletas en platitos, nos trajo agua y luego siguió con sus tareas de cierre, como quien dice: “sí, estamos por cerrar, pero ustedes igual cuentan”.
Días antes fui a Al Vecchio Forno, ahí mismo cerquita. Mi hija quería pasta, y yo estaba clarita en que no se la iba a comer toda. La anfitriona, que ya nos había visto otras veces, se dio cuenta de nuestro tira y hala ofreció dividir el plato con una sonrisa. Qué amable.
En Tsugoi, el de Vía Argentina, siempre encuentro amabilidad. Te preguntan qué sushi te gusta, se aseguran de si mi hija quiere carne cruda o no, te explican sin apurarte. Uno sale pensando: comimos rico, sí, pero también fuimos vistas.
La comida en esos lugares es buena. Pero lo que la vuelve mejor es la gente. Su amabilidad es el ingrediente que no sale en el menú.
Hace poco leí un artículo de The Wall Street Journal sobre “lo que tu mesero realmente piensa de ti”. Yo esperaba una lista de comensales de terror, pero el punto era otro: sí, el cliente merece buen trato y una buena experiencia… pero tampoco hay que olvidar que quien atiende es una persona y no un robot como ese que te lleva la comida en Don Lee, y que por cierto cae muy bien. Uno también debería llegar a un restaurante con amabilidad, con saludo y con gracias. Hay gente que entra a los lugares con una actitud de “yo estoy pagando, así que atiéndeme”.
Durante un almuerzo de trabajo, una compañera le preguntó a una mesera en El Trapiche cómo se repartían las propinas, si de verdad le llegaban. Quería saber si convenía agregarla al pagar con tarjeta o dejársela aparte. La joven nos dijo que sí, y la cara —los ojos— terminaron de confirmarlo. Luego agregó, con esa honestidad tranquila de quien ya ha visto de todo, que en otros restaurantes donde había trabajado la experiencia no siempre era igual.
Esa compañera, trajo a la mesa una conversación que casi nunca tenemos: la de la gente que está detrás de los restaurantes. Un lugar, en buena parte, es su gente.
Una no siempre recuerda exactamente qué se comió. Pero sí cómo te trataron.
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