Hace unos días, durante la cena, Carlos se llevó a la boca un trozo de zapallo cocido.

— ¡Sabe mal! dijo con gesto achurrado. Fue una expresión muy rara en él, porque no suele quejarse de la comida. Le pregunté si el zapallo estaba en mal estado o pasado.

Enseguida, mi hija me miró con ojos apuntadores, como en busca de una culpable.

—¿Mamá, le echaste amor al zapallo?

—¿Cómo?

Yo sabía por donde venía su insinuación. Tenía que tomarme su frase en serio.

— Ese zapallo no lo cociné yo, le advertí. Su cabecita entonces giró en busca del otro posible culpable.

— ¿Le pusiste amor al zapallo, papá?

Su padre quedó en el aire, sin entender.  Como tal vez estén ustedes querido lectores, hasta esta parte de mi historia.

Desde que Gaby empezó a mostrar curiosidad por la cocina, como creo que la muestran casi todos los niños pequeños, he aprovechado para enseñarle que el ingrediente principal para una receta es el amor. También es importante ponerle atención.

De esa manera ella revuelve los huevos y la mantequilla. De esa manera amasa, cosa que le encanta. Sí, por supuesto que hay que leer bien los ingredientes y ponerle el polvo de hornear y la sal. Los grandes cocineros tienen técnica y experiencia,  pero cuando se cocina sin ganas y  ánimo eso se nota o se sabe.

No se rían.

Soy una completa convencida de que las cosas, las tareas y los proyectos que se hacen con entusiasmo salen mejor. Mucho mejor. ¿Nunca han entrado a un restaurante bonito pero cuya comida está bien, pero no tiene gracia? Muchas veces le falta el ingrediente principal.

Un cantante puede tener una voz hermosa, pero solo si pone el corazón al cantar convence a su público.

El trabajo hecho con amor se nota. Hasta un ‘hola’ se siente agradable cuando es pronunciado con ganas y entusiasmo.

Por ello es tan cierta la frase: “Eso se hizo de malagana”.

¿Y qué pasó con el zapallo? Carlos, ¿no le había puesto el corazón? No estoy segura, pero se había dañado porque tenía mucho tiempo fuera, después de cocido.

Pero, aproveché para contarle algo más a Gabriela: “Mami, a veces, a pesar de todo el empeño  y el corazón, las cosas no salen cómo esperabas.

Entonces, se quedó pensativa y respondió: “Es como con mis slime. Yo le pongo todo el amor y no siempre me salen bien”.

PD. Por si acaso, le cuento que el slime es esa sustancia, cosa, entre goma y gel que los niños preparan y después juegan a manipularla y untarla por todos lados. Aquí tengo la puerta del baño con un pegote morado.  Y sí, me cuesta ponerle amor al slime.