La primera persona que me hizo caer en cuenta de que yo también celebraba un aniversario especial cada 14 de agosto fue una amiga. Cuando nació mi hija, ella incluso se aseguró de llevarme un regalo a mí, por nueva mamá. No había pensado que, junto con el cumpleaños de una hija, también se cumplen años de ser madre.

Mi hija llegó un día antes de que el Canal de Panamá cumpliera 100 años. No los voy a empalagar con un relato de amor a primera vista. El amor, eso que de verdad llamamos amor de madre, se va construyendo en la cotidianidad. Entre sacar gases, curar rodillas peladas, celebrar un primer diente o el certificado de su primer curso de verano de pintar con los dedos.

Yo, que había entrevistado a tantas expertas sobre crianza para revista Ellas, me jactaba —calladita, claro— de tener buenas nociones de cómo debía ser una mamá. Y sí: fui una madre excelente hasta que tuve una hija. Descubrí bastante rápido que sabía mucho menos de lo que creía y que la maternidad se parece muy poco a un comercial de pañales con elefantitos alados.

Aunque soy una mujer optimista, también soy periodista y he mirado de frente esa culpa que asalta a muchos padres: ¿cómo fui a traer una hija a un mundo con tanto dolor y tantos peligros? Después recuerdo que el mundo también tiene otras cosas y que parte de mi trabajo es ayudarla a encontrarlas.

Y para eso hace falta tiempo. Que no les vengan con el cuento de que basta con el tiempo de calidad. He descubierto que ese tiempo tiene que ser de calidad, sí, pero también de cantidad.

Desde muy temprano me propuse que mi hija tuviera una identidad propia. Quizás porque vi a muchas personas sufrir por las comparaciones, no quería que ella sintiera que debía parecerse a nadie. Así que ni loca iba a llamarla Roxanita. Quería verla crecer, encresparse, soltarse y descubrir quién era.

Por supuesto, una dice todo eso con mucha convicción hasta que el experimento empieza a funcionar o no. Mi hija ha crecido rodeada de libros. Me he asegurado de ponerle música que considero maravillosa. Tiene un talento increíble para dibujar, pero no está interesada en convertirlo en una disciplina ni en perfeccionarlo hasta el cansancio.

Y ahí es donde salta lo difícil de aquella promesa tan bonita de “dejarla ser”. Quiero que sea ella misma, claro. Solo que a veces quisiera que fuera ella misma leyendo un poquito más, escuchando algunas de mis canciones y aprovechando disciplinadamente todos sus talentos.

Los hijos no son nuestros, son prestados. Eso sirve para una pegatina. Porque otra cosa es descubrirlo mientras crecen. Mientras están con nosotros tenemos la responsabilidad de darles amor, límites y ejemplos. Llegará un momento en que tomarán todo aquello que intentamos sembrar y harán con eso lo que les dé la gana. Con suerte, algo bueno.

También me hice otra promesa: nunca decir que una etapa de la vida de mi hija fue mejor que otra. Aunque mantenerme en ese lema durante los dos años, cuando corría hacia todos lados, no fue fácil.

Ahora la mejor es esta, cuando tiene 11 años, me habla de sus dudas, me pregunta cosas sobre la vida o intenta negociar conmigo.

Recuerdo como si fuera ayer cuando tenía tres años. A esas edades estamos tan encima de nuestros hijos, tan pendientes de si comieron, durmieron, respiraron o se serenaron, que creemos conocer cada centímetro de ellos. Pero llegan los 10, los 12 —ni se diga los 15— y empiezan a convertirse, cada vez con mayor claridad, en personas.

Personas que ayudamos a formar, pero que no son nuestras réplicas y mucho menos tienen la obligación de convertirse en una versión mejorada de nosotros.

Creo que allí hay un pequeño duelo. Se va el niño que conocíamos o que imaginábamos sería y aparece alguien nuevo a quien tenemos que aprender a conocer. Y quizás la oportunidad está ahí en enamorarnos otra vez de ese hijo o hija que va apareciendo, acompañarle, servirle de guía y aceptar incluso ser, de vez en cuando, la mala de su película.

¿Que cómo me va después de 12 años de ser mamá? La respuesta es “me va”. Hay momentos de ternura y melcocha. Otros en que tengo que pedir machín y salir a dar una vuelta, así sea al otro cuarto, para no perder los estribos. Sigo equivocándome, corrigiendo y descubriendo a las dos personas que tengo enfrente: a mi hija y a la mamá en la que me he convertido yo.

Al final, la mejor jueza —quizás la única que importa— de cómo me ha ido en estos 12 años está ahora, mientras escribo, durmiendo.