1500x1000sombrita - Gaby en moto

Llevé a Gabriela a la feria del Día del Niño, en el Parque Omar. Los padres quedamos en medio de toda clase de revulú.

Huyo de las muchedumbres y la bulla, pero allí estaba yo, con la amenaza… digo, la promesa, de que se presentarían DJ y reguetoneros. Bueno, justo es decir que también habría una sinfónica juvenil.

Pero mi hija es pequeñita. Ella iba por los juegos inflables, los pintacaritas y abrazar a los muñecos: Vigilín de Acodeco y Zambo de la Caja de Ahorros. ¿Dije que era una feria estatal.

Después de saltar en dos brinca brinca, huir de modelar figuras con lodo, ¡qué, después hay que lavar la ropa!, y de pintar una mantarraya en el estand de la Autoridad de los Recursos Acuáticos, nos fuimos a un extremo del parque donde había sombra y unas motos. Sí, motos de verdad con policías que paseaban a los niños. Admiré el ingenio de los funcionarios para entretener a ese poco de chiquillos. Mi hija, al verlas, enseguida dijo: “¡quiero!”.

Pensé si sería seguro, y en la cara de su padre, que no le haría gracia ver a su hija de cuatro años en moto ni aunque llevara casco y fuera a 10 kilómetros por hora, como era el caso. Pero más me hizo dudar la fila de 50 niños que esperaba su turno. “Mami, vamos a tener que hacer esa fila”, le dije con todo el dramatismo posible quitarle las ganas. “Pero yo quiero subir a la moto”, dijo.

Nos pusimos en la fila. En cinco minutos se aburre, pensé. Y es que por allí había un hombre en zancos, al lado otros juegos inflables y nos llegaba el olor de millo gratis. Perdón, nada de gratis, ya pagado por nuestros impuestos. Pero Gaby, firme. Detrás de dos hermanitos y sus primitas, que luego supe venían de Arraiján.

Le dije a mi pequeña: “Hija, cuida tu puesto, no te apartes de esos niños que se nos cuelan”. “¿Qué es colar?”, me dijo. Ya lo iba a ver. Los policías, pacientes, le ponían el casco a cada niño y lo subían a la moto. Algunos chicos y chicas se subían solos, pues el entusiasmo era igual si tenías 4 o 12 años de edad.

Mamás, tías y abuelas hacían la fila por algunos hijos, sobrinos y nietos que, inquietos, iban a probar otros juegos o que esperaban sentaditos en una esquina. Mi hija de pie, junto a mí. No se rendía

A veces alguien gritaba: “¿ese niño de dónde salió?, ¡se están colando!”. Aunque nadie se estaba colando, cada uno defendía su puesto como un soldado.

Unos 20 minutos después, una niña de rizos se coló, o mejor dicho, la subieron a la moto, pasando por delante de todos. La gente indignada y el policía que la subió, resignado, se excusó en un murmullo: “es la hija de…” no sé a quién le alcancé a oír.
Sé que él no tenía la culpa, pero mal ejemplo para los niños y para esa niña que crecería pensando que tenía derecho a pasar por encima.

Después de 40 minutos de fila -récord para mi hija-, llegó su turno. Subió feliz a la moto. La vuelta duró dos minutos, si acaso. “¿Te gustó, mami?”, le pregunté. Sonreía de canto a canto. “Vamos a otro brinca brinca, mamá”, me dijo. Creo que todos los brinca brinca de la ciudad capital estaban ese día en el Parque Omar.

 

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