Hubo un momento, la semana pasada, en que parecía que Panamá iba a salir a defender Temu con bandera, tamborito y arenga. Que cómo así que ahora íbamos a pagar 7% de impuesto por Netflix o por comprar en Amazon. ¿Entonces también nos iban a cobrar por pedir un organizador de gavetas o una nueva carcasa para el celular?

La indignación fue tanta que el Gobierno terminó diciendo que, por ahora, mejor no presentaría el proyecto ante la Asamblea Nacional.

Quizás el asunto merece mirarse con un poquito más de calma, porque siete centavos por cada dólar, puestos en una tabla de Excel, parecen poca cosa. Una compra de 30 dólares habría pagado 2.10 adicionales; una de 50, 3.50. Una suscripción de diez dólares, 70 centavos más.

Pero nadie vive dentro de una tabla de Excel. Esos 70 centavos llegan después del supermercado, de la cuenta de la luz, de la gasolina, de la cosita para la escuela y de esa visita a la farmacia en la que una entra por tres cosas y sale revisando la factura con la sospecha de haber financiado una sucursal nueva. Entonces los tres dólares con cincuenta empiezan a sentirse distintos.

También habría que mirar qué estamos metiendo realmente en esos carritos digitales. No es como si todas estuviéramos importando pestañas postizas magnéticas, tiaras y lámparas con forma de nube a las tres de la mañana. Y quien lo haga, bien por ella.

Si diez mujeres abrieran hoy sus últimas cinco compras digitales, sospecho que encontraríamos bastante menos “para mí” de lo que imaginamos. una camiseta para el niño, un cable que aquí no apareció, recipientes para la cocina, algo para el cumpleaños, materiales para trabajar o un producto que localmente costaba bastante más. Escondido entre todo eso, quizás el labial que es tendencia. Hasta en Temu una puede terminar haciendo trabajo de cuidados.

Aunque tampoco quisiera que ahora tuviéramos que presentar una declaración jurada para justificar cada tontería que compramos. No todo tiene que ser para los hijos, para la casa, para trabajar o para ahorrar. A veces una quiere unos aretes porque le gustaron. En una vida en la que buena parte del dinero ya tiene dueño antes de que llegue, también debería quedar algún espacio para gastar cinco o diez dólares en un antojo.

El Gobierno, por supuesto, tenía un argumento atendible. Es razonable discutir por qué un comercio establecido en Panamá paga impuestos mientras una plataforma extranjera puede venderle al mismo consumidor bajo condiciones distintas. Y Panamá tampoco estaba inventando nada: varios países de nuestra región ya gravan determinados servicios digitales, aunque no todos de la misma manera.

El problema es que las explicaciones fiscales llegan a la gente después de la vida real. Y la vida real viene con el súper, la escuela, el transporte, la tarjeta del celular, la medicina y esa colección de gastos pequeños que uno va pagando casi sin mirar hasta que llega el estado de cuenta y toca sentarse.

Quizás por eso el 7% cayó tan mal. Hay momentos en que una nueva carga encuentra un bolsillo con espacio y otros en que cae sobre un presupuesto que ya lleva rato haciendo maromas. Y hay otra cuenta, menos fácil de poner en Excel, que también pesa: la confianza.

Cuando el Estado pide un poco más, la gente inevitablemente mira lo que ya aporta y lo compara con lo que recibe. Si en su barriada falta el agua, si el transporte le consume horas, si conseguir una cita o un medicamento en el sistema público se convierte en una odisea, es difícil pedirle que separe una discusión tributaria de todo lo demás. En la cabeza de quien paga, las cuentas públicas y las cuentas de la casa terminan encontrándose.

La propuesta se guardó, al menos por ahora. Los paquetes seguirán llegando sin ese 7% adicional y Netflix no subirá por esta razón. Sería fácil reírnos del alboroto y concluir que Panamá se levantó en defensa de las compras por internet, pero quizás valga la pena mirar qué había dentro.

Creo que el carrito digital terminó cargando mucho más que paquetes de Temu. Le metimos el costo de vida, nuestra relación con los impuestos y la confianza en el Estado.

De alguna manera, se sintió como si nos estuvieran estrechando también la posibilidad de buscar dónde el dinero rinde un poco más, de conseguir afuera aquello que aquí cuesta demasiado o, simplemente, de conservar ese pequeño margen que todavía queda para un gustito. Quizás por eso siete centavos hicieron tanto ruido.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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