Cuando una llega a una redacción de noticias, allí ya hay muchas historias. Hay chistes viejos, complicidades, miradas de “luego te cuento”, pero nunca te cuentan nada porque suena una llamada o hay que salir para una cobertura. Una cree que entró a un nuevo trabajo, pero también entró a un libro por el capítulo 14.
También pasa que hay personas que estuvieron antes, pero ya no están. Nombres por los que alguien pregunta al teléfono; que se quedaron rotulados en una carpeta o escritos detrás de una fotografía en blanco y negro. Y no es que hayan muerto. Es que pasaron por allí. Y alguna huella dejaron.
Así empecé a conocer a Alcides: por pedazos, por lo que otros decían de él. Hace unos días me enteré de su muerte. Y lo lamenté.
Alcides Rodríguez fue jefe de fotógrafos en La Prensa. Antes de que yo llegara a trabajar allí. En ese entonces los fotógrafos —por mucho tiempo solo tuvimos una fotógrafa— pasaban muchas horas junto a los periodistas. Si una iba a entrevistar a una ministra, a cubrir un concurso de décima o a ver cómo se hacían los huevitos de leche, iba acompañada de un fotógrafo.
Después tocaba ponerse de acuerdo. Él quería darte un par de imágenes. Una quería ver las otras. Él defendía luz, composición, enfoque. Una quería asegurarse de que la señora no saliera con cara de cédula. Pero esa es otra historia.
A lo largo de muchos años fui escuchando, de boca de los fotoperiodistas y también de editores, historias sobre aquel jefe de fotografías. De pronto alguien decía: “Esa foto la tomó Alcides”.
No era algo que oyera todos los días, pero sí con la suficiente frecuencia como para que, sin apenas haberlo tratado, yo supiera algo de él. Por ejemplo, que cuando la agenda de fotografías estaba holgada, pedía a los fotógrafos salir a tomar fotos de las fachadas de edificios públicos, calles y avenidas. Así, cuando hiciera falta una imagen, ya estaba actualizada. Si un día la noticia era que el IFARHU pagaría becas, ahí estaba la foto. Sin drama, sin corredera, sin mandar a nadie a resolver a última hora lo que pudo haberse previsto antes.
A Alcides lo conocí en persona, en alguna conferencia de prensa o en otro espacio de periodistas. Nos dábamos el hola, los buenos días. Nunca se me hubiera ocurrido decirle: “¿usted, es el famoso Alcides?”. Yo era muy penosa entonces.
Él nunca supo la buena idea que yo tenía de él. Sí, era un ser humano, con los matices que tenemos todos. Tal vez por eso mismo lo que más recuerdo tiene más valor. Porque lo que quedó no fue una estatua perfecta, sino un ser humano que era apreciado y recordado por su trato y forma de trabajar.
Esta semana, al leer tantas palabras sobre él y ver a sus colegas reunirse para despedirlo en su adiós de estos lares, me dieron ganas de escribir sobre Alcides. Sobre el que no conocí, pero de algún modo sí.
Y también sobre todas esas personas como él: personas de las que seguimos hablando porque, sin hacer tanto ruido, le supieron poner sal a la tierra.
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