Estoy leyendo por estos días Let Them, el libro de la autora estadounidense Mel Robbins, donde desarrolla lo que llama su idea de “déjalos ser”. Confieso que me consideraba una practicante bastante avanzada de esa filosofía. Pero después del primer capítulo, tengo mis dudas.
Mel, —ay, Mel— es una grandísima narradora. No por nada su podcast es uno de los más escuchados en Spotify. Echa el cuento de que esta idea nació en medio de un baile de graduación que ni siquiera era suyo. Después de sobrevivir —sí, escribí sobrevivir— a los bailes de graduación de sus dos hijas, le llegó el turno a su hijo.
A diferencia de ellas, él ni siquiera estaba seguro de querer ir al baile hasta casi la última semana. Lo que con sus hijas había tomado meses: pensar el vestido, conseguir la cita, escoger las zapatillas, coordinar el plan, sufrir por cada detalle, con él se resolvió de un día para otro. Y no sin Mel, por supuesto, en modo mamá intensa, mamá helicóptero, de las que dicen “yo no me voy a meter”, pero no aguantan. Les gana el perfeccionismo.
No la culpo. Mel incluso le preparó un ramillete a la acompañante de su hijo aunque él le había dicho que no hacía falta. Tampoco pudo evitar desesperarse cuando supo que él y sus amigos no habían reservado en ningún lugar para comer antes de la graduación. Y para rematar estaba diluviando y nadie tenía paraguas.
Mel se puso en modo: a ver cómo podemos resolver, aunque nadie se lo había pedido. Quería conseguir un restaurante, conseguir paraguas o, en últimas, ver si un repartido podía traer pizzas... hasta que una de sus hijas la miró y le dijo algo así como: “Mamá, déjalos. Déjalos que ellos resuelvan”. Y se lo tuvo que decir más de una vez hasta que lo captó: puso plata en el bolsillo de su hijo para que resolviera donde iba a comer y dejó de preocuparse. Por supuesto él le devolvió una sonrisa. Se fue mientras otras mamás seguían allí intentando resolver el problema de su hija.
El Let Them de Mel no se trata solo de dejar de controlar lo que otros hacen. Se trata también de dejar de querer manejar lo que otros piensan, sienten, deciden, agradecen o dejan de agradecer. Y ahí es donde una empieza a verse.
¿Por qué esta persona demora siempre en responder mis mensajes? ¿Por qué, aparentemente, fui la única a la que no invitaron a ese evento? ¿Por qué no se pone la camisa que le regalé? ¿Por qué los del Saneamiento de la Bahía no se apuran con esos trabajos en la vía España?
No se puede escoger lo que la gente piensa de una, ni lo que otros hacen. No se puede caer bien a todo el mundo. Ni encajar en todos los grupos. Claro que tiene mucho sentido, pero no vivimos como si lo creyéramos.
Y no es que ya nada debe importarnos. Es que todo esto cansa. Cansa vivir administrando decisiones ajenas, emociones ajenas, prioridades ajenas, invitaciones ajenas, silencios ajenos y hasta aguaceros ajenos.
A veces una cree que está ayudando, pero en realidad está tratando de evitarle al otro una incomodidad que quizá le toca vivir.
Y cuando una logra decir “déjalos ser” o ese no es tu problema, aprende a soltar lo que no puede controlar y se quita un peso de encima. La segunda: que esa energía, bien usada, puede volver a donde más falta: a lo que sí se puede hacer. A lo que sí se puede y nos toca cuidar.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
* Suscríbete aquí al newsletter de tu revista Ellas y recíbelo todos los viernes.


