cuentos de ascensores en Panamá

Hay gente que prefiere subir muchas escaleras antes que subirse a un ascensor. No soy de esa gente. Yo voy por el ascensor, casi siempre.

Y más me vale. Al vivir en la capital panameña y trabajar de periodista muchas veces me encuentro en la necesidad de subir al piso 10 o 40 de un edificio. Doy gracias por los elevadores. Además, muchos de ellos tienen espejos que permiten acomodarse algún cabello mal puesto o sacudirse las pelusas del hombro.

Si se trata de edificios residenciales es imposible ignorar los avisos en los tableros del PH: “Mudanza del 1B”, “Informes de gastos”, “Limpie las necesidades del perro si la hace en el ascensor”,  “Listas de Morosos”.  La vista es necia.

En los hoteles no faltan invitaciones a noches temáticas en sus muchos restaurantes: viernes de mariscos, martes de sancocho, jueves de dos por uno en cerveza… lo siento, no se emocione, no puedo decirle en qué hotel leí eso pues fue antes de la pandemia.  Alguno que otro ponía promociones de spa que, de tan solo verlas, me hacían relajarme y pensar: ‘un día debería sacar tiempo para un masaje de piedras calientes’. Nunca saqué el tiempo y lo que sí me llegó, como a todos, fue la época del coronavirus.

También he visto en los hoteles pantallas de televisión y música de todo tipo en el elevador. Había un hotel que tenía olor en el ascensor. Olor perfumado, quiero decir. Hay hoteles con su propia fragancia.

En los edificios corporativos están aquellos con entradas de acceso intimidante. Sí, como si fuera necesaria una prueba para poder pasar. Una persona en el lobby te da un código para acceder. Muchos de esos elevadores son inteligentes, dicen, y entre cada piso te van diciendo los números con una voz melosa y robotizada. Algunos te llevan al piso 40 y sientes como tus oídos se tapan.

Disfruto más los ascensores transparentes. Me gusta ese del Hotel Miramar que ve a la bahía de Panamá y de un vistazo te transporta por la línea de edificios del centro de la ciudad. También el del hotel Wyndham en Albrook que te permite ver los alrededores de El Cerro Ancón.

No me gustan esos ascensores chiquititos donde cabe una o dos personas y la puerta se cierra con un chirrido, que no sabes si es lo último que vas a escuchar en tu vida. Tampoco aquellos de antiguos edificios hospitalarios donde no falta un gracioso que te cuenta de fantasmas que no sé que andan buscando por allí de noche y hasta de día.

Pero sin importar si hay vista o no en el ascensor para mí sigue siendo lo más agradable la gente que va allí. Gente que te sostiene la puerta, gente que te dice ‘pase, pase’, que te contesta los ‘buenos días’ o que hasta te pregunta ‘¿a qué piso va?’ Y te marca el número. Tales gentilezas son igual de agradables como una buena vista a la Bahía de Panamá.

Y a usted lector, lectora ¿le gustan los ascensores de Panamá? Escríbame cuál es su favorito. rmunoz@prensa.com