¿El costo del autoengaño y qué pude aprender de ello?

Hay una tendencia casi refleja en el mundo profesional: cuando una relación comercial o laboral se quiebra de forma desfavorable, nos apresuramos a redactar una versión prolija de los hechos. Decimos “decidí no continuar”, “mis prioridades estratégicas cambiaron” o “el modelo ya no encajaba con mi visión”.

Suena maduro, otorga una sensación inmediata de control y nos resguarda del papel de víctimas. Sin embargo, detrás de esa narrativa impecable suele esconderse un mecanismo de defensa tan sutil como peligroso: maquillar la realidad para amortiguar el golpe al ego.

Durante años representé comercialmente a una firma en el mercado. Invertimos tiempo, posicionamiento, red de contactos y una energía descomunal para asentar una operación sólida.

Cuando llegó el momento de renovar el acuerdo, la contraparte presentó condiciones comerciales drásticamente alteradas: un esquema económico inviable y hasta ridículo que hacía imposible cualquier retorno razonable. Mi conclusión pública e interna fue instantánea: “Decidí dar un paso al costado”.

Fue tiempo después, en una conversación sin anestesia con mi socio comercial, cuando apareció la frase que desarmó mi relato: “A ustedes (a mí y a otros representantes de países, no se les ocurrió salir; los dejaron afuera cuando cambiaron las reglas de juego”.

Tragar esa verdad me costó un instante, pero fue reveladora. No había existido una retirada estratégica deliberada; lo que hubo fue un límite comercial impuesto de manera unilateral para forzar una salida elegante.

Tendría que haber estado muy loca o muy sesgada por mi ego como para continuar, de hecho algunos lo han hecho. Maquillar el desenlace como una elección propia no era liderazgo, sino un blindaje emocional para no admitir que nos habían dejado sin margen de maniobra en el tablero.

El verdadero problema de adornar las derrotas o los cierres abruptos no es lo que decimos hacia afuera, sino lo que nos negamos a ver hacia adentro. Cuando alteramos el diagnóstico para no sentir el golpe del descarte o de la falta de reciprocidad, anulamos por completo la capacidad de aprendizaje.

La falsa sensación de control nos roba las preguntas esenciales: ¿qué señales de cambio de rumbo ignoramos en el camino? ¿Cuánto valor propio construimos sobre una estructura cuyas reglas nunca controlamos? ¿Qué cláusulas o límites contractuales debimos blindar desde el primer día?

Hablarnos con verdad cruda no tiene nada que ver con instalarse en la queja o en la victimización. Todo lo contrario: la queja culpa al otro y se paraliza; la lucidez asume los hechos tal como ocurrieron para recuperar la agudeza.

Reconocer que nos cambiaron las condiciones y nos empujaron hacia la salida duele unos minutos, pero nos devuelve el criterio indispensable para negociar mejor mañana.

La narrativa que te inventas hoy para proteger tu orgullo es la puerta de entrada para repetir exactamente la misma ingenuidad en la siguiente alianza.

La comodidad del autoengaño cuesta años de decisiones calcadas; la incomodidad de la verdad, en cambio, te devuelve el control real sobre tus próximas negociaciones.

¿Te pasó? Fue revelador darme cuenta de esto y quise compartirlo contigo.

¡Buen fin de semana!