Llegó un día en el que me descubrí diciendo algo que hasta a mí me sonó disruptivo: me aburrí de ser empática. No porque haya dejado de importarme el dolor ajeno, sino porque me cansé del peso invisible que implica ser siempre la que comprende, la que contiene y la que justifica la falta de empatía de los demás.

Una de las habilidades más valoradas en el liderazgo y en las relaciones y que por momentos siento está romantizada es la empatía, pero rara vez se habla de su costo. A las personas empáticas se nos asigna, de manera tácita, el rol de refugio incondicional. Se asume que nuestra capacidad de escuchar es un recurso inagotable.

Sin embargo, cuando la copa se llena y finalmente nos atrevemos a decir “hoy no puedo más, estoy cansada”, la respuesta del entorno casi nunca es contención. Suele ser desconcierto, invalidez e incluso enojo: “¿Cómo te va a pasar esto a vos?” o “No podés estar así, vos sos la fuerte”.

Ahí aparece la gran trampa. En psicología existe un término para esto: fatiga por compasión. Es el agotamiento profundo que surge al estar constantemente expuestas a las emociones y exigencias de otros sin tener un espacio de recarga.

Pudiendo caer en el fenómeno del “contenedora inagotable”: el entorno proyecta en nosotras una fortaleza irrompible, y cuando mostramos vulnerabilidad, se rompe la comodidad ajena.

Entonces me pregunto: ¿por qué el empático siempre tiene que entender al que no puede entender? ¿En qué momento se volvió nuestra obligación justificar la desconexión o la falta de reciprocidad de otros bajo la excusa de que “a ellos les cuesta”?

Exigirle a alguien que sea incomprensiblemente comprensivo no es valorar su sensibilidad; es abusar de su disponibilidad emocional. Las personas que sostenemos también necesitamos ser sostenidas.

Necesitamos lugares seguros donde poner la palabra sin tener que medirla, donde alguien simplemente nos “ponga la oreja” sin esperar a cambio un consejo brillante, una solución rápida o una sonrisa receptiva.

La empatía real no es unidireccional. La empatía saludable se construye en ida y vuelta. Cuando solo fluye hacia un lado, deja de ser una virtud y se convierte en una dinámica de desgaste y postergación personal.

Recuerda esto, ser empática no significa ser invulnerable ni estar disponible las veinticuatro horas del día. Decir “hasta acá llego” no es egoísmo, no es falta de amor ni es perder la sensibilidad; el límite es un acto consciente de supervivencia.

Hoy elijo redefinir mi forma de estar en el mundo. Decido que la primera persona con la que debo ejercitar la comprensión es conmigo misma, validando mi propio cansancio y mis propias necesidades. Aprendí que si la empatía no empieza por casa, no es generosidad: es abandono propio. Y hoy elijo cuidarme.

Y no te asustes, a través de mi trabajo puedo ser empática y tu con el tuyo también, pero siempre cuidándome antes. ¡Que tengas un excelente fin de semana!