Si leyeron mi última columna, saben a qué me refiero cuando hablo de los “emprendimientos” de mi hijo Gabriel. Si no, vayan un momentito a ponerse al día (pueden leer aquí), ya que esto no es Star Wars y acá no hay precuelas. En esta columna vamos en orden.

Pero en resumen, en el viaje que hicimos a Cabo San Lucas la semana pasada, Gabriel, de 11 años, se ofreció a ser mi fotógrafo personal por la módica suma de $5 (al día).

Me pareció un esquema provechoso para todos: para mí, que tendría fotos bonitas para el recuerdo y mis redes; para él, que se perfila como un verdadero hombre de negocios; y para todas las otras personas a mi alrededor, que estarían exentos del fastidio de tomarme fotos.

Todo se veía simple y descomplicado, solo que no lo fue. Empezando por el primer día.

“Gabu, ¡tómame una foto acá!”, le dije cuando llegamos a la marina. Clic, clic, comenzó bien, hasta que empezó a reírse. “Gabriel, ¿de qué te estás riendo?”, pregunté con malicia, porque lo conozco, y soltó una carcajada. Cuando me asomé a ver la pantalla de su celular, había tomado fotos muy lindas, seguidas de un close-up de mi cara, mis dientes, mi boca… “¡Borra eso!”, sentencié.

Al rato caminamos para abordar la lanchita. “Mami, espera, párate ahí”, me ordenó. Yo, feliz, le hice caso, ya que para eso lo contraté. Y la verdad era una toma muy pintoresca. Tanto, que ahora tengo una de sus fotos como foto de perfil en mi Whatsapp.

Clic, clic, clic, comenzó bien, hasta que vi que empezó a girar el celular. “Gabriel, ¿qué estás haciendo? ¡No me tomes fotos chuecas!”, a lo que me respondió: “Confía, ma, confía”, pero no, yo no confío, porque me gustan las fotos rectas y bien centradas. Cuando trata de ser avant garde, me corta los pies, o peor, un pedazo de la cabeza.

Nos montamos en el barquito. Disfrutamos el paseo y las hermosas vistas al agua turquesa. Cuando nos aproximamos a El Arco, una formación rocosa llamativa y la atracción turística más popular del área, obvio que había que sacar buenas fotos. ¿Y saben qué es mejor que un fotógrafo informal? Dos fotógrafos informales. Aquí es donde recluté a Cosa #4.

“¿Quéeee?”, brincó Gabriel de inmediato. “¿Cómo así? ¡Si yo soy tu fotógrafo!”, me reclamó resentido. Debo decir que es verdad, lo contraté a él, y sí toma muy buenas fotos (la mayor parte del tiempo). Pero Jonathan tiene un mejor celular que el suyo y hasta el mío. Por ende, el potencial para una foto memorable es mayor.

Traté de explicarle esto, pero no hubo manera. Ni siquiera diciéndole que el celular de su hermano toma fotos en modo retrato, wide angle y otras funciones que ni él ni yo tenemos.

“Escoge, ¡él o yo!”, y me amenazó con borrar las fotos que ya había tomado. ¿Y saben algo? Yo no recuerdo haber accedido a una cláusula de exclusividad.

Pero lo mejor (peor) de esta contratación fue al día siguiente, y por lo que di por terminado este acuerdo. En todo el paseo no tomó ni una foto, y cuando le recordé el paquete “ilimitado” que me había ofrecido, me contestó que él no puede tomar fotos cuando tiene sed. “Pero si te compré una soda”, le dije. Y resulta ser que en la letra menuda de nuestro arreglo verbal, no vi que aplican restricciones de hambre, sed, sueño o cansancio.