2358FC1A A897 4D4B B565 4454E29835BA 1024x1024 - La historia de los baobabs

Viajé por todos los años de mi vida escolar como si cada grado fuera una galaxia. No sé cómo en toda esa travesía no llegó a mis manos un ejemplar de El Principito.

Fue en mi primer semestre estudiando en la USMA que la profesora Berna nos asignó su lectura, y si bien al inicio me pareció que ya estábamos grandes para sumergirnos en las páginas de un libro que termina en un diminutivo, muchas de sus lecciones fueron la resina que moldeó mi filosofía.

Hay una en particular que me acompaña siempre: la historia de los baobabs.

“En el planeta del Principito había, como en todos los planetas, hierbas buenas y hierbas malas. Y había semillas terribles, como las del baobab”, narra en la obra el protagonista. “El suelo del planeta está infestado de ellas. Si un baobab no se arranca a tiempo, no hay manera de desembarazarse de él más tarde; cubre todo el planeta y lo perfora con sus raíces”. Esta me pareció una forma extremadamente poética de explicar los problemas, y por qué es conveniente resolverlos cuando están todavía encapsulados, su potencial para destruir aún sin desatar. En fin, es más fácil descartar una semilla que derribar un árbol.

Y tal como advirtió el Principito, si un planeta es demasiado pequeño y los baobabs son numerosos, lo harán estallar. En el caso de Panamá, los baobabs extienden kilométricas sus ramas, como tentáculos.

Tenemos montones de semillas germinando salvajemente, arrasando con todo lo que yace frágilmente encima. Nuestros baobabs son la corrupción indomable que aqueja todos los escaños de nuestra sociedad.

De cara al último escándalo que nos bofeteó en los últimos días, quedé compungida al concluir que no hay nada impoluto en nuestro país.

Nos gusta apuntar nuestros dedos hacia arriba, pero la realidad es que el juega vivo es un problema que envilece a gobernantes y gobernados. Es un virus que infecta todo lo que toca. Y al igual que cualquier vicio, mientras haya quien lo alimente y quien lo consuma, va a ser imposible que desaparezca.

La corrupción es vacunarte cuando aún no te toca; es mandarle un Yappy al guardia de tránsito que te detuvo en un retén; es aceptar un puesto para el que no tienes la capacidad, pero sí los contactos. Es no aportar a tu país, porque es más cómodo que tu país te cargue. Corrupción es quedarte callado cuando deberías denunciar, hablar y gritar, tan alto que tiemble la tierra, pero no lo haces, porque vendiste tu silencio o tal vez es más conveniente callar.

La verdadera desgracia de lo que vivimos ahora no son las repercusiones inmediatas, sino todo lo que va a desencadenar. ¿A quién le va a quedar ganas de hacer las cosas bien, cuando vemos todo el mal que abunda y nos traga? En un mar de basura, llegaremos a guindarnos de lo que sea con tal de no ahogarnos…

Ya estamos tarde para descartar las semillas del baobab. Estamos demasiado débiles para talarlo, pero si no hacemos algo con agilidad y contundencia, en 100 años seguiremos viendo las consecuencias amargas de un mal que no supimos ni siquiera podar.