
Almudena de Cabo - BBC News Mundo @HayFestivalCartagena
¿Cómo hacer el duelo por la muerte de un padre con el que sientes que te han quedado muchos temas pendientes, muchas cosas por hablar? ¿Un padre que no recuerdas que te abrazara, del que solo recuerdas el odio, el olor a tabaco y el miedo que sentías al estar frente a él?
Fer Rivas (Barcelona, 1994) tenía apenas 16 años, aún era un adolescente que lidiaba con la vergüenza y la culpa por desear los cuerpos de otros hombres, cuando la abrupta muerte de su padre le robó la posibilidad de verbalizar sus sentimientos y confrontar su relación.
Diez años después, decide contar en primera persona todo aquello que no se atrevió a decirle en vida. La carta se convirtió en su primera novela “Yo era un chico”, un libro catártico en el que ahonda en la relación con su padre.
Fer era un chico entonces, de ahí que el narrador lo sea. Fue más tarde cuando inició su transición de género.
A lo largo de las páginas, expone cómo la masculinidad o los silencios a veces generan una violencia extrema sin necesidad de contacto físico. “Papá, haberte tenido como padre ha tenido unas consecuencias claras, profundas e irreversibles en mí”, le escribe en un libro que comienza con su padre intubado y rodeado de máquinas en el hospital tras sufrir un paro cardiaco a los 46 años.
“No sabía qué decirte, tampoco lo habría sabido si estuvieras vivo. Falleciste esa madrugada, solo. Te quise perder, porque al perderte podía dejar ir lo que me hacía daño”.
Con el tiempo, comprobó que con la escritura podía aliviar las heridas. Pero necesitó que pasara más de una década para evitar hacerlo desde la rabia.
BBC Mundo habló con la escritora y dramaturga sobre las conversaciones pendientes y sobre la posibilidad de llegar a entender a un padre para poder cerrar heridas, en el marco del Hay Festival que se celebra en Cartagena de Indias entre el 29 de enero y el 1 de febrero.

[] / BBC
Diez años después de la muerte de tu padre, decidiste contarle todo aquello que no te atreviste a decirle en vida. ¿Qué supuso para ti escribir una carta de despedida así a tu padre?
Pues lo significó todo. Siempre digo que el proceso de escritura fue muy paralelo al propio duelo. Y, sobre todo, que el hecho de escribir sobre ello me permitió acceder a lugares de la memoria que hasta entonces no tenía.
Fue una escritura muy pausada, justamente porque tenía que procesar, ordenar todo aquello que iba descubriendo. Y a la vez fue profundamente liberador, porque la escritura también me dio la posibilidad de contar mi propia historia, de derrumbar un poco el relato familiar que se había construido alrededor de mi familia y permitió que apareciera todo lo demás. Y con todo lo demás también me refiero al amor que había y que existía.
Para mí, una de las obsesiones con el libro, supongo que porque al final estaba haciendo un retrato de alguien que no estaba vivo y que no tiene la posibilidad de confrontar ese relato, es que tenía que ser muy justa y que tenía que aparecer y abarcar toda la complejidad de lo que era mi padre.
También porque al final siento que el libro es un diálogo, es esa conversación que posibilita la literatura, que te da esa magia de tener esas conversaciones que en la vida real no vamos a poder tener.
Al final cuando hay una muerte tan abrupta, tan inesperada que no permite decir adiós, creo que la herida es mucho más profunda. Está atravesada por la cuestión del lenguaje, de todo aquello que no dijimos, de esas conversaciones que quedaron suspendidas, de esa relación que quedó congelada.
De todas las cosas que no pudiste decirle, ¿qué es lo que más te hubiera gustado decirle?
Para mí lo más importante, o lo que más me ha pesado, es el hecho de ser vista, ser reconocida y que se me validara tal y como era.
Creo que para mí era eso y sobre todo entender también el porqué del no acercamiento, de la distancia, del silencio. Creo que ahí hay una herida grande y muchas veces me da la sensación de que justamente la novela habla de eso, del no encuentro y de cómo el vínculo padre e hijo se resiente tanto por la cuestión de la masculinidad.
Una vez ya muere y años más tarde mi madre me dice, sí, tu padre sabía que eras homosexual, sabía muchísimas cosas. Mi pregunta era, ¿cómo puede ser que él no se acercara o que hiciera los comentarios que hacía?
Al final siento que priorizó ser un hombre a ser un buen padre, o a verme, o a reconocer el hijo, hija, hije que tenía delante.
En el libro relatas cómo tu padre te infundía mucho miedo. ¿Cómo era esa relación? ¿Crees que habría cambiado si no se hubiera muerto cuando tenías 16 años?
Es una pregunta difícil de responder. Pienso que por suerte el mundo de 2011, que es cuando él falleció, no es el mismo que el de 2025. Han cambiado, por suerte, muchísimas cosas.
Sobre todo, ha cambiado que ciertos comentarios, ciertos comportamientos ya no son tan permitidos, y que ahora hay muchísima gente que los hubiera denunciado, que hubiera puesto un límite.
La otra cuestión es que seguramente nos hubiéramos hecho mayores y esa aparición del adulto también te permite en un momento confrontar ciertas cosas. Creo que eso también hubiera cambiado cosas.
No sé si le hubiera hecho despertar o cambiar, porque al final creo que también hay muchísimas dinámicas que son complejas y cuesta mucho desarticular. Tengo la sensación que mi padre, y en el libro se explora en ciertos capítulos, era una persona muy sensible, con una capacidad de narrar historias, con una sensibilidad por ciertas cosas que creo que justamente por cumplir con esa masculinidad se las reprimía.

"Yo era un chico" es un libro catártico en el que Fer ahonda en su relación con su padre. / Cortesía: Fer Rivas
Y después de reflexionar sobre toda esa relación, ¿te has podido reconciliar con tu padre? ¿Has llegado a comprenderlo?
Sí, comprenderlo seguro, y sobre todo entender ese viaje del pasado de mi familia, de mis abuelos, que era un tema que no se hablaba en casa.
Creo que eso también me hizo entender mucho a mi padre, y entender por qué se comportaba como se comportaba. Para mí ha sido muy clarificador.
Y ha permitido, de alguna forma, que apareciera todo lo demás, que aparecieran las partes bonitas que existían también, o los recuerdos con más luz. Porque al final, el amor y el odio son las dos caras de una misma moneda.
El libro me ha permitido que esa herida, que yo creo que supuraba mucho, y que estaba muy reactiva, de pronto como que se apaciguara.
El transcurso del libro lo que me permitió también fue el hecho de que al confrontar la figura de mi padre también me confrontaba conmigo mismo y conmigo misma, con mi masculinidad, con quién era yo, con dónde me ubicaba en el mundo, quién quería ser. Su desaparición en alguna forma posibilitó mi aparición.
En un momento del libro, el Fer de entonces afirma no soportar que le recuerden que es su hijo. ¿Te has reconciliado con el hecho de no ser como él quería que fueras?
Sí, yo creo que sí. Y sobre todo me he reconciliado con mi origen y con la consciencia de clase, con el lugar en el que he nacido, con los padres que he tenido, porque al final han configurado la persona que soy.
Más allá de la figura de mi padre, siempre digo que soy hijo de la clase obrera, soy un hombre gay y soy una mujer trans. Y las tres cosas configuran la persona que soy y configuran la forma de entenderme.
Es decir, creo que también es peligroso cuando construimos identidades que son únicas y exclusivas, como si la última etapa fuera la que contara. Nos obligan un poco como a olvidar o a maquillar ese pasado.
Dices que el Fer de ahora es el cúmulo de todos esos Fer, pero ¿cómo hubiera sido para ti esa transición posterior si tu padre hubiera seguido vivo?
No lo sé. Muchísimas veces cavilo la opción de que probablemente no tuviera relación con él, pero no lo sé. Lo que está claro es que su desaparición posibilitó mi aparición y eso es así.
Pero eso también conlleva muchísima culpa, porque cuando murió mi padre veía a mi hermano y a mi madre sufrir mucho. Y entonces te preguntas, ¿por qué yo no estoy sufriendo? ¿por qué yo no lo echo de menos?
Creo que esa culpa es lo que enquistó el duelo durante tantísimo tiempo.
En tu libro analizas también los silencios y la violencia que estos provocan sin necesidad de contacto físico.
El silencio creo que es una de las armas más poderosas. Es una de las violencias más grandes que existe. Justamente, porque te imposibilitan entenderte, te imposibilitan muchas cosas.
Es muy común, en esa generación y sobre todo en esas familias que emigraron, que hay como muchísima vergüenza y se sufrió tanto que se ha generado un trauma y por eso no se habla.
Hay dolores que incluso trascienden generaciones. Tengo la sensación de que gran parte de mi dolor en muchísimos momentos de mi vida tenía que ver con esa relación de maltrato de mi abuelo hacia mi abuela, con ese silencio, con esa cuestión no hablada. Tengo la sensación de que es como un río, a veces subterráneo, que nos atraviesa y que nunca sabes cuándo aflora.
En la novela articulo un poco cómo esa violencia de clase, esa marginalidad a la que muchísimas familias se vieron abocadas, todo eso permeó de alguna forma en la familia y se tradujo en otro tipo de violencias, como la violencia de género en el caso de mis abuelos, pero también la violencia de padre a hijo, que yo creo que había de mi abuelo a mi padre y de mi padre a mí.
Para mí también la novela era justamente romper esa cadena de violencias, romper con el silencio más básico, más institucional de una familia, que es que lo que pasa en casa se queda en casa.

En "Yo era un chico", Rivas reflexiona sobre cómo el mandato de masculinidad minó su relación con su padre. / Getty Images
En el pasado has dicho que tardaste en escribirlo porque no querías escribirlo desde la rabia. ¿Cómo lo ves ahora? ¿Ya no sientes rabia?
Buena pregunta. No sé. Creo que no. Creo que cada vez que me hago más mayor, la rabia predomina menos.
Creo que la literatura lo que me permite es eso. Tenemos que hacer un ejercicio de ponernos en el lugar de ver qué es lo que nos genera tanto odio en una sociedad en la que estamos generando odio un hacia los demás que no nos lleva a ningún lugar.
Tenemos una obligación de preguntarnos por qué odiamos. Porque tiene que ver mucho con dinámicas internas, con cosas mal aprendidas, con miedos, con inseguridades.
Si ya no sientes esa rabia, ¿has perdonado también?
Perdonar siempre digo que es muy judeocristiano. Y no me gusta nada el perdón. Perdonar muchísimas veces viene también de la mano del olvido y el olvido me parece peligroso.
No hay que olvidar. Justamente todo lo contrario. Creo que el libro lo que hace es hacer memoria. Retejer las cosas. El perdón a veces está mal concebido a mi parecer.
Si tu padre viviera y hubiera leído el libro, ¿qué crees que hubiera opinado?
Creo que habría habido como dos opciones.
Quizás habría perdido el contacto con él; es decir, mi padre era muy receloso de su intimidad, justamente porque romper con ese silencio es lo que lo hubiera desarmado. Operaba mucho bajo ese silencio.
Pero, por otro lado, pienso que mi padre también era una persona que se sabía camuflar muy bien y no sé si se habría apropiado del discurso de que él también había, de alguna forma, ayudado a que yo evolucionara como escritora.
No lo sé, lo más probable es que no le hubiera sentado nada bien y que probablemente hubiera perdido vínculo.
Haz clic aquí para leer más historias de BBC News Mundo.
Suscríbete aquí a nuestro nuevo newsletter para recibir cada viernes una selección de nuestro mejor contenido de la semana.
También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, X, Facebook y en nuestro canal de WhatsApp.
Y recuerda que puedes recibir notificaciones en nuestra app. Descarga la última versión y actívalas.


