Una mujer sale de su oficina durante la hora del almuerzo, compra dos botellas de vino y se las bebe dentro de su automóvil. Después regresa a trabajar. Su jornada continúa y, al parecer, nadie nota que en su vida hay un problema mayor.

Es uno de los casos que recuerda la psiquiatra Karen González para explicar una realidad que puede pasar inadvertida: no todas las personas con problemas de consumo responden a la imagen que se suele asociar con la drogodependencia.

Algunas mantienen sus empleos, atienden a sus hijos, se ocupan de sus padres y cumplen con otras responsabilidades cotidianas. Pero que puedan hacerlo no significa que el consumo no esté afectando su salud ni que tengan el problema bajo control.

En el caso de las mujeres, además, existen circunstancias que pueden dificultar tanto el reconocimiento de una dependencia como la búsqueda de tratamiento. Algunas tienen que ver con la manera en que la sociedad juzga su comportamiento; otras, con experiencias de violencia, relaciones de pareja o responsabilidades de cuidado.

González habló de estas realidades durante el VIII Congreso Salud mental y adicciones al primer cuarto del siglo XXI: nuevos desafíos para la clínica y la salud pública, organizado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Panamá (INSAM). El encuentro dedicó parte de su programación a la salud mental de las mujeres, con temas como la perimenopausia, la maternidad y las adicciones.

En su conferencia Adicciones desde una perspectiva de género, la especialista compartió una experiencia que surgió de su práctica clínica: la creación de un grupo terapéutico exclusivo para mujeres. La iniciativa nació de una inquietud muy concreta: ¿a qué grupo podía enviar a una paciente que necesitaba ayuda y no encontraba un espacio adecuado para sus circunstancias?

La culpa de no ser la mujer que se espera

Una mujer puede reconocer que tiene problemas con el alcohol y, al mismo tiempo, sentirse incapaz de contárselo a su familia. No solo teme que la juzguen por consumir, sino también por lo que eso podría decir de ella como madre, esposa o profesional.

González observa que algunas pacientes llegan al tratamiento con sentimientos de culpa y vergüenza. A las consecuencias de la dependencia se suma la sensación de haber fallado en los papeles que se espera que cumplan.

Entre las mujeres que ha atendido hay madres, profesionales con cargos importantes y personas de niveles socioeconómicos elevados. Algunas han logrado mantener una apariencia de normalidad durante mucho tiempo. Otras buscan ayuda cuando una crisis personal o familiar hace imposible seguir ignorando el problema.

La maternidad puede añadir una preocupación particular. Durante el conversatorio Mujer y adicciones, en el que participaron la doctora Elenis Magallón y la magíster Ángela Rodríguez, con la moderación de la doctora Diana Morales, se abordó el temor de algunas madres a perder la custodia de sus hijos si reconocen que tienen una dependencia.

No se trata, entonces, únicamente de la vergüenza o del juicio de otras personas. Para algunas mujeres, hablar abiertamente de su consumo puede despertar el miedo a perder algo fundamental en sus vidas.

Buscar ayuda, ¿pero a qué hora?

Cuando González organizó el grupo terapéutico para mujeres, las sesiones se realizaban a las siete de la noche. Parecía un horario razonable, pero algunas participantes todavía estaban trabajando y otras no tenían quién cuidara a sus hijos.

La dificultad no era necesariamente falta de interés en recuperarse. Para asistir, primero debían resolver quién se ocuparía de las responsabilidades que las esperaban fuera de la consulta.

El ejemplo muestra cómo algo tan sencillo como un horario puede convertirse en una barrera. Y no es la única.

Durante el conversatorio también se señaló que los servicios de atención suelen estar fragmentados. Una mujer que necesita tratamiento por consumo de sustancias puede requerir, además, atención psiquiátrica, servicios de salud sexual y reproductiva o apoyo social. Si cada necesidad debe atenderse en un centro diferente, aumentan los desplazamientos, las citas y las gestiones. Para alguien que trabaja, cuida de sus hijos o tiene dificultades económicas, mantener el compromiso con su tratamiento puede resultar complicado.

Lo que el consumo puede estar ocultando

En las consultas de González también aparecen historias que no siempre son visibles cuando se habla de adicciones: abuso sexual durante la infancia, violencia doméstica, duelos y problemas de salud mental que no han recibido atención.

En algunas pacientes, las sustancias se convierten en una forma de intentar aliviar el sufrimiento, la ansiedad o recuerdos dolorosos. El alivio puede ser temporal, mientras las consecuencias del consumo se acumulan.

Esto no significa que todas las mujeres con una dependencia hayan sufrido violencia ni que una experiencia traumática conduzca siempre a una adicción. Pero cuando ambas situaciones coinciden, atender solo el consumo puede ser insuficiente.

Durante el conversatorio se insistió en la importancia de tratar conjuntamente la dependencia y otros trastornos de salud mental, cuando están presentes. Dejar de consumir no hace desaparecer automáticamente una depresión ni las consecuencias de una experiencia traumática.

Esta realidad también explica por qué González consideró necesario crear un espacio terapéutico para mujeres. Algunas de sus pacientes tenían dificultades para hablar de violencia, sexualidad o situaciones íntimas en grupos donde predominaban los hombres.

Compartir experiencias con otras mujeres podía ayudarlas a expresarse sin sentir que debían defenderse constantemente del juicio ajeno.

Sin embargo, durante el conversatorio se planteó un matiz importante: los programas exclusivos para mujeres no han demostrado ser, en todos los casos, superiores a los mixtos. Lo fundamental es que la atención responda a las necesidades de cada paciente, independientemente de cómo esté conformado el grupo.

Cuando dejar de consumir cambia la relación de pareja

Para algunas mujeres, las sustancias también forman parte de su vida en pareja. Consumen juntas, comparten determinados ambientes o han construido rutinas alrededor de ese hábito.

¿Qué ocurre cuando una de las dos personas decide dejarlo? González recuerda la situación de una paciente cuyo esposo también consumía. Él consideraba que ella tenía el problema más grave porque el consumo estaba afectando las responsabilidades de ella, mientras él seguía trabajando.

Cuando la mujer avanzó en su recuperación, comenzó a mirar la relación de otra manera. Ella había dejado de consumir, pero su esposo continuaba haciéndolo. La recuperación cambió sus hábitos y le llevó a replantearse la relación.

En otras circunstancias, la dependencia económica, el temor a perder a la pareja o las experiencias de violencia pueden dificultar todavía más la decisión de buscar tratamiento. González ha encontrado mujeres que llegan a justificar el maltrato que reciben porque sienten que su consumo las hace culpables. Identificar esas formas de violencia y comprender que una adicción no las justifica también puede formar parte de la atención.

El cuerpo, la sexualidad y la maternidad

Hay preocupaciones que poco se mencionan cuando se habla de adicciones, pero que González ha encontrado en sus pacientes. Una de ellas es el temor a engordar al dejar de consumir. Algunas mujeres se preocupan por los cambios en su apetito o en su cuerpo durante la recuperación. Desestimar esa inquietud, por superficial que pueda parecer desde fuera, significa ignorar algo que para ellas puede ser importante.

También ha atendido a mujeres que relacionan el consumo con sentirse más atractivas, desinhibirse o disfrutar de sus encuentros sexuales. En estos casos, el tratamiento puede incluir conversaciones sobre autoestima, imagen corporal, placer y sexualidad, asuntos que muchas veces han estado rodeados de silencios o sentimientos de vergüenza.

La maternidad es otro tema que aparece en consulta. Algunas pacientes imaginan que un embarazo o la llegada de un hijo les permitirá abandonar las sustancias y comenzar una vida diferente.

Aunque convertirse en madre puede ser una motivación para buscar ayuda, González advierte que la maternidad no resuelve por sí sola una dependencia. Por eso considera necesario trabajar esas expectativas y ofrecer orientación sobre salud sexual y reproductiva.

Son preocupaciones distintas, pero tienen algo en común: recuerdan que el tratamiento no puede reducir a una persona a su consumo de sustancias y dejar fuera otros aspectos de su vida.

Una atención que comprenda antes de juzgar

En su práctica clínica, González ha atendido problemas relacionados con el alcohol, las benzodiacepinas, el cannabis, la nicotina y, más recientemente, la ketamina. Pero advierte que estas observaciones no permiten determinar cuáles son las sustancias más consumidas por las mujeres en Panamá. Para ello hacen falta estadísticas específicas y actualizadas.

La experiencia que compartió durante el congreso, junto con las reflexiones del conversatorio evidenció que buscar ayuda y mantenerse en tratamiento no depende únicamente de la voluntad de una persona.

Pero las barreras no siempre están fuera del consultorio. También importa cómo los profesionales de salud reciben y escuchan a las mujeres que buscan ayuda.

Durante el conversatorio Mujer y adicciones se advirtió que una actitud de juicio por parte del terapeuta puede hacer que una paciente no regrese. La observación cobra especial importancia cuando se considera el peso de los prejuicios asociados al consumo femenino y a las expectativas sobre la maternidad.

Una mujer que teme ser señalada como una mala madre o juzgada por su comportamiento necesita hallar en la consulta un espacio donde pueda hablar de lo que le ocurre sin sentirse nuevamente culpabilizada.

Fue esa necesidad de ofrecer un espacio adecuado lo que llevó a González a crear un grupo terapéutico para mujeres. Su experiencia deja una pregunta que va más allá de los horarios, los programas y los tratamientos disponibles: cuando una mujer finalmente se decide a pedir ayuda, ¿encuentra profesionales preparados para escucharla sin juzgarla?

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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