La vida, cuando menos lo esperamos, nos da una sacudida y, de la manera más maravillosa, coloca pequeñas pruebas de resiliencia y de fe.
El año pasado di a luz a una bebé hermosa. Tuve un embarazo tranquilo, con un control prenatal que transcurrió con normalidad; cada consulta parecía confirmar que todo estaba bien.
Pruebas de tamizaje, examen morfológico: todo pintaba de maravilla. No fue sino hasta un chequeo de rutina cuando los exámenes revelaron una malformación en mi bebé. Desde ese momento comenzaron las consultas con especialistas y la búsqueda de respuestas. El diagnóstico sugería una posible atresia duodenal y, con ello, la recomendación de realizar un estudio adicional. La razón: entre un 20% y un 40% de los bebés con esta condición también presentan síndrome de Down.
Recuerdo que leí sobre probabilidades y porcentajes —uno de cada 700 u 800 nacimientos en el mundo—; sin embargo, sabía que un resultado positivo no cambiaría el amor que crecía dentro de mí.
Ese pensamiento volvió a mí aquel miércoles 12 de noviembre, en medio del frio de la sala de operaciones y una calma suspendida en el aire. La doctora se acercó y dijo: “Tiene síndrome de Down”. Las palabras quedaron flotando unos segundos. Yo, inmóvil en la camilla, no vi un diagnóstico. Vi a mi hija: una niña perfecta, curiosa, con ojos almendrados y movimientos llenos de vida.
En los días siguientes llegaron la UCI, el aprendizaje acelerado de la maternidad y algunos desafíos de salud. El miedo no tuvo cabida; no tenía espacio en esa ecuación. Desde su llegada, transformó nuestro hogar y redefinió nuestras prioridades.
Hoy puedo afirmar que tener un hijo con síndrome de Down no resta; suma. Ese cromosoma extra ha traído a nuestra familia una alegría profunda y una nueva perspectiva sobre la resiliencia; ha multiplicado la capacidad de asombro y la sensibilidad.
Cuatro meses después de convivir con mi pequeña, confirmo cada día que el amor verdadero no entiende de probabilidades ni de diagnósticos, sino de paciencia, entrega y de un amor pleno que se transforma y crece.
Si pudiera hablar con alguna madre en una situación similar, le diría que no hay que tener miedo, que quizás nuestros hijos vayan a un ritmo distinto al de otros niños, pero cada pequeño paso se convierte en una celebración inmensa y finalmente aprendemos a vivir sin prisas, un día a la vez.
* La autora es poeta y escritora.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

