Hasta hace unos días, Natalie Harp era reconocida sobre todo por quienes siguen muy de cerca lo que ocurre alrededor del presidente Donald Trump.
Pero en los últimos días su nombre ha saltado a titulares, perfiles y comentarios políticos. Harp tiene 35 años y es asistente del presidente de Estados Unidos. No llegó ayer al círculo de Trump. Se hizo conocida en 2019 después de contar públicamente que una política impulsada durante su primera presidencia, Right to Try, le había dado acceder a un tratamiento contra el cáncer que le salvó la vida.
Más tarde habló en la Convención Nacional Republicana, trabajó en el canal conservador One America News y, en 2022, pasó a formar parte del equipo directo de Trump.
Hoy lo acompaña habitualmente, interviene en el manejo de sus publicaciones en Truth Social y le hace llegar noticias y otros documentos impresos. De ahí viene su apodo de “impresora humana”.
Hasta aquí, nada raro: hay una historia periodística evidente. Hay una persona con enorme acceso a un presidente. Alguien que está cerca cuando recibe información, que participa en sus comunicaciones y que puede convertirse en una puerta de entrada hacia él. Eso merece preguntas.
En 2024, The New York Times ya había reportado inquietudes dentro del entorno de Trump sobre su papel y la describía, según personas que habían trabajado con él, más como un conducto que como un filtro de la información que llegaba al entonces candidato.
Pero veamos lo que ocurrió ahora. El domingo 16 de agosto, el senador demócrata Jon Ossoff criticaba a Trump durante un acto político cuando dijo que el presidente no quería hacer su trabajo, sino construir su salón de baile y “viajar con Natalie” en el avión regalado por Catar. No dijo Natalie Harp. Dijo Natalie. Y la insinuación hizo lo que suelen hacer las insinuaciones: dejó suficiente espacio para que cada quien completara la historia.
La Casa Blanca reaccionó. Trump calificó de falsas e irrespetuosas las preguntas sobre Harp y sus portavoces acusaron de sexismo a quienes sugerían que existía algo impropio en la relación. El resultado de esas respuestas lejos de calmar las aguas logró más artículos, más videos, más fotografías y mucha más gente preguntándose quién era Natalie Harp.
The Wall Street Journal lo resumió en un titular que, traducido al español, decía: “Cómo la omnipresente asistente ejecutiva de Trump se convirtió en el tema de conversación de Washington”.
Claro que existe una pregunta política legítima: ¿cuánto poder tiene alguien que pasa tanto tiempo junto a un presidente y participa en el flujo de información que llega hasta él? Pero muy rápidamente apareció otra: ¿qué pasa entre ellos?
La revista People, por ejemplo, encabezó uno de sus artículos diciendo: “El senador Jon Ossoff cuestiona públicamente la cercanía de Trump con su asistente Natalie Harp, mucho más joven que él”. La edad no está escondida en el cuarto párrafo. Está en el titular. Trump tiene 80 años. Harp, 35. El dato despierta curiosidad. Lo interesante es preguntarnos qué hace ese dato dentro de la historia.
También han vuelto a circular unas cartas que Harp escribió a Trump en 2023. En una le decía que él era lo único que le importaba; en otra lo llamaba su guardián y protector. Es información relevante. Una persona que ocupa una posición de enorme proximidad al presidente y expresa ese nivel de devoción merece ser observada también desde el punto de vista de su independencia profesional.
El problema comienza cuando pasamos de preguntarnos qué influencia tiene esa devoción sobre su trabajo a intentar descifrar qué clase de relación existe entre ambos. Porque entonces empiezan a aparecer otros detalles: su edad, su cercanía física, su apariencia y, sí, hasta el cabello.
The Guardian publicó el 19 de agosto un perfil titulado, traducido, “¿Quién es Natalie Harp? La asistente más cercana y devota de Trump”. El artículo comienza describiéndola en la Convención Republicana de 2020: cabello rubio hasta los hombros, pendientes dorados y vestido rojo. Entonces, una pregunta bastante sencilla: ¿para entender el poder de esta persona necesitamos saber cómo llevaba el pelo?
Podríamos hacer una prueba. Imaginemos que Natalie Harp se llamara Nathan. Nathan tiene 35 años, idolatra políticamente a Trump, viaja con él, le imprime artículos que sabe que quiere leer, administra parte de sus redes sociales, entra a reuniones importantes y tiene capacidad para hacer llegar directamente al presidente información que otras personas quieren colocar frente a sus ojos. ¿Qué titular escribiríamos? Probablemente: “El asistente que controla el acceso a Trump”. O: “El funcionario que se ha vuelto indispensable para el presidente”. Es posible que nadie nos explicara si Nathan es rubio, alto y de ojos azules.
Y podemos hacer otra prueba. Dejemos a Natalie siendo Natalie, pero imaginémosla sin cabello rubio ni la figura que aparece una y otra vez en las fotografías. ¿La historia despertaría exactamente la misma curiosidad? No podemos saberlo, pero vale la pena preguntarlo.
En Panamá conocemos bien ese libreto. Si una mujer joven y atractiva aparece muy cerca del poder, no tarda en aparecer la pregunta de siempre: “¿y esa cómo llegó ahí?”. Rara vez la primera hipótesis es que llegó por trabajo, preparación o confianza profesional. La sospecha suele ir por otro lado. Ese reflejo también está presente en la historia de Natalie Harp y vale la pena reconocerlo, incluso mientras hacemos las preguntas legítimas sobre cuánto poder tiene.
Hay otro aspecto en la cobertura de este tema: Melania Trump. Varias publicaciones han recuperado versiones sobre la incomodidad de la primera dama con la presencia de Harp en espacios privados de Trump. Desde un punto de vista periodístico puede ser un dato útil para medir hasta dónde llega su acceso. Pero basta un pequeño giro para que la historia pase de “¿por qué esta funcionaria entra hasta aquí?” a “¿qué piensa la esposa de la mujer que está tan cerca de su marido?”. Y ya tenemos montada una historia mucho más conocida: dos mujeres alrededor de un hombre.
Todo esto no demuestra que la cobertura sobre Harp sea enteramente sexista ni que Jon Ossoff no pueda cuestionar su cercanía con Trump. De hecho, reducirlo todo a “esto es misoginia” también nos haría perder una conversación necesaria. Harp tiene poder. Ese poder merece escrutinio.
El asunto no es ponerle una campana de cristal a una funcionaria y decir que nadie puede criticarla. La cuestión es revisar si estamos usando los mismos criterios para contar su poder que usaríamos para contar el poder de un hombre.
Porque el dato verdaderamente interesante de Natalie Harp no es que tenga 35 años, ni que sea rubia, ni cómo llevaba el vestido. Es que tiene acceso al presidente de Estados Unidos.


