Una mujer finge un embarazo durante meses y luego roba una bebé de una maternidad. Con lo anterior hay material de sobra para un titular espectacular y uno de esos documentales de crímenes reales que nos dejan preguntándonos: ¿cómo pudo alguien hacer eso? y deseando nunca pasar por algo así.

Un hijo propio, estrenado este mes en Netflix y dirigido por la chilena Maite Alberdi, cuenta la historia de Alejandra, una mujer mexicana que, después de sufrir varios abortos espontáneos, fingió un embarazo y terminó llevándose una recién nacida de un hospital. Fue descubierta, juzgada y pasó más de 13 años en prisión.

Hasta allí, la historia parece sencilla. Hay un delito, una víctima y una responsable. Lo que hizo Alejandra fue terrible. Una madre y una familia vivieron la angustia de que les arrebataran a su bebé y eso no puede convertirse en un detalle secundario porque queramos entender a quien cometió el delito.

Entender no es justificar. Y quizás esa sea una de las cosas más interesantes del documental de Alberdi: después de mostrarnos lo que hizo esta mujer, nos obliga a mirar más allá a la historia de Alejandra. ¿Qué estaba pasando alrededor de ella?

Alejandra se había casado joven. Quería tener hijos. Tuvo pérdidas gestacionales y, junto con ellas, comenzó a sentir cada vez con mayor fuerza la presión de su entorno. No poder darle un hijo a su esposo se convirtió, de alguna manera, en no ser suficientemente mujer, como se lo decía su suegra. Y cuando perdió nuevamente un embarazo, decidió callerse. Siguió fingiendo que estaba embarazada hasta quedar atrapada en una mentira de la que aparentemente ya no sabía cómo salir.

Nada de esto borra su responsabilidad. Pero sí debería hacernos pensar en algo que normalmente pasa inadvertido: cuánto seguimos vinculando el valor de una mujer con su capacidad de ser madre.

Porque todavía preguntamos a las recién casadas cuándo tendrán hijos. A la que tiene uno, cuándo viene el segundo. A la que dice que no quiere ninguno, por qué. A la que intenta embarazarse y no puede, le ofrecemos remedios, médicos, testimonios y hasta milagros que nunca pidió. Y a quien pierde un embarazo muchas veces le pedimos que se reponga rápidamente y vuelva a intentarlo.

Como si la maternidad fuera una estación obligatoria en la vida de todas las mujeres. Un requisito para ser completa.

El caso de Alejandra es un extremo. Pero no hace falta fingir un embarazo ni cometer un delito para conocer la presión de cumplir con aquello que se supone que una mujer debe ser: madre, esposa, cuidadora, buena hija. Feliz, además, mientras lo hace.

Hemos avanzado mucho diciéndoles a las mujeres que pueden estudiar, trabajar, dirigir empresas, entrar en política, viajar solas, divorciarse y empezar de nuevo. Pero todavía nos cuesta pronunciar con la misma naturalidad otra posibilidad: una mujer puede no ser madre.

Puede no querer serlo. Puede quererlo y no poder. Puede intentarlo y luego decidir que no quiere intentarlo más. Y ninguna de esas posibilidades debería convertirla en una mujer incompleta.

Alejandra tuvo que responder ante la justicia por lo que hizo. Eso no está en discusión. La pregunta que queda para quienes vemos su historia es otra: ¿por qué todavía existe una sociedad en la que una mujer puede llegar a sentir que decir “no pude tener un hijo” resulta más insoportable que sostener una mentira?

No sé si encontraremos la respuesta mirando solamente a Alejandra. Quizás también tengamos que mirarnos y revisar lo que pensamos, creemos y decimos sobre las mujeres y la maternidad.