Desde que recuerda, Ligia Urroz (Nicaragua, 1968) ha estado apegada a los libros y a la música. A los tres años aprendió solita a leer. Fue su mamá quien lo descubrió cuando la escuchó descifrando los letreros de los anuncios que veía por las calles.

Nació en Nicaragua, pero a los 11 años conoció el exilio poco tiempo antes del triunfo de la revolución de 1979. Sus padres desplegaron sus velas rumbo a México, donde reside.

De grande quería ser directora de orquesta. Su papá le pidió que optara por una carrera que le brindara mayor independencia. “Que mejor estudiara algo que me diera de comer”, comenta Ligia, quien hoy, 25 de agosto, a las 6:10 p.m., presenta su novela Por mi gran culpa (2026, Hachette Editorial), en el Salón Chaquira de Atlapa en la Feria Internacional del Libro de Panamá.

Estudió economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México y luego obtuvo un Master of Science in Industrial Relations por la London School of Economics.

Estuvo durante 25 años en el sector financiero, pero sabía que algo le faltaba. “Cuando me pude sostener bien, decidí dejar el banco, hice como si fuese una jubilación anticipada y me dediqué por completo a la escritura y a la música”, indica quien mañana 26 de agosto, a las 7:10 p.m., en el Salón Zaratí de Atlapa participará con Guillermo Arriaga y Daniel Domínguez Z. en la mesa “Ningún libro se escribe solo: el legado de los autores que abren camino”.

Sus libros

Ligia sentía la urgente necesidad de escribir sobre cómo los tiranos, los conflictos bélicos y los que abusan de su poder alteran el rumbo de países y personas. Por eso escribe.

Así salió su debut literario: La muralla (2009), sobre un padre que marcha al norte del continente americano en busca de sueños más prósperos.

“A mí me agarraron chiquita, me llevaron de un país a otro y no me preguntaron, fue un exilio forzoso. En La muralla me pregunté por qué alguien quiere dejar atrás lo que tiene”, explica la que admira la obra de sus colegas y coterráneos Sergio Ramírez, Gioconda Belli y José Montoya.

Le aprieta el alma ver las imágenes de los miles de hombres y mujeres que llegan a México rumbo a la unión americana. “Duele mucho, pues la gente que cruza desde México los agarra la migración. Están los que trabajan allá, los regresan y los tienen en condiciones deplorables. Cuando lo único que quieren es una vida mejor para sacar a su familia adelante”.

Después vendría su otra novela, Somoza (2021), una mirada a las conspiraciones, las revueltas y los asesinatos que deja tras de sí el autoritarismo. “Somoza era encontrarle las piezas al rompecabezas de qué fue lo que pasó con el dictador. Yo lo conocí de niña, él me quería mucho, caminábamos en la playa de Montélimar, él me contaba cuentos y yo le decía adivinanzas. Y de pronto llego a México y me doy cuenta de que el señor era un genocida y asesino”.

Somoza fue un parteaguas en su carrera. Antes de mandarla a la imprenta, le entregó a sus padres y a su hermana (dos años menor) el manuscrito para que opinaran sobre su contenido, ya que ellos eran parte del argumento.

“Mi hermana tenía ocho añitos. Me dijo: ‘nunca capté el dolor que podía ser una guerra, me sentía como en vacaciones, sabía que estaban tirando balazos afuera, pero no me dio miedo porque estaba junto a vos’. Mi mamá lloró muchísimo y me dijo que había sido una catarsis y que estaba feliz de que la publicara. Mi papá dijo: ‘esta es la historia de nuestros años allá en Nicaragua, no tengo nada que esconder, no tuve ni negocios ni tomé ventaja de mi amistad con Somoza, por favor, publica todo”, comenta quien pertenece a la banda de rock Octubre XX.

Mientras que Por mi gran culpa quiso reflexionar sobre la antiquísima culpa femenina. “Que comenzó cuando Eva le da a la manzana a Adán y los expulsan del paraíso porque comieron del árbol del conocimiento”.

Arriaga

Conoció a Guillermo Arriaga, novelista, guionista y director de cine mexicano, durante una Feria Internacional del Libro de Guadalajara, donde Ligia presentó Somoza y le regaló un ejemplar.

Arriaga le comentó que era diciembre y ese mes lo iba a dedicar a cazar, que cuando ese periodo pasara la leía. “A los 15 días me dice: ‘Ligia, acabo de leer tu novela y quiero decirte que quiero ser tu amigo, porque esta novela está escrita espectacularmente. Me hizo sentir la guerra, la pólvora, el polvo, el dolor”.

Desde entonces es su gurú, mentor y amigo. Cuando terminó Por mi gran culpa le pidió retroalimentación. “Le gustó muchísimo, tanto, que escribió un comentario en la contraportada. Me honra mucho”.

En fondo y forma se enfrentó a Por mi gran culpa como una novela del siglo XIX. “Todo el tiempo es decimonónica, en su lenguaje, ambientación, el pensar de sus personajes…”.

Ha tenido buenos resultados en más de un sentido al contar la historia de su abuela Josefa, española que viajó a Nicaragua en 1870 por razones dolorosas. “Me han salido hasta parientes regados por el mundo, imagínate, que también son apellido Urroz” (sonríe).