idiam osorio 1 767x1024 - Una abogada santeña entre historias de migrantes en la fronteraCuando tenía 18 años, Idiam Osorio se fue de La Villa de Los Santos para ir a la universidad. Aunque en su familia se estudiaba medicina por tradición, ella quería estudiar derecho. Como le decía su padre, médico, esa carrera iba bien con ella porque en la escuela siempre defendía a sus compañeros.

Ni en su provincia ni en las aledañas, la licenciatura en derecho se ofrecía completa.
Idiam, con su marcado acento y con algunos miedos en las maleta, se mudó sola a la ciudad. La movía ese sentimiento que ahora ve comparten muchos migrantes que toman el impulso de irse para perseguir sueños.

A sus 31 años, la abogada santeña Idiam Osorio es la encargada en Panamá de la situación en fronteras por parte de la oficina nacional de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). El objetivo principal de su trabajo es dar acompañamiento al Estado para que los miles de migrantes que llegan a las fronteras de nuestro país reciban un trato y estabilización adecuada luego de salir de un recorrido que suena a dolor por la selva del Darién.

Este 18 de diciembre, Día internacional del Migrante, la abogada nos cuenta sobre su trabajo con esta población proveniente de países tan diversos como Haití o Bangladesh, el rol de la mujer en la migración y cómo ha influido la pandemia en esta población.

El lápiz de la empatía

Desde hace 17 años, Idiam participa en organizaciones como Rotary, Cruz Roja o como presidenta de las Damas 20-30.

Este interés por la asistencia social es resultado de una experiencia que tuvo en segundo grado de primaria, cuando un niño, en clases, le quitó su lápiz “Me dio miedo pedírselo. Al día siguiente, mi mamá fue a la escuela. Regresó sin el lápiz y me explicó que aunque la manera en la que él me lo quitó no fueron las mejores, debía entender que hay personas que no tienen la misma situaciones que nosotros. Ese niño estaba en una situación de pobreza. Mi mamá decidió desde ese día apoyarlo a él y a sus hermanos”.

Su empatía se fue desarrollando a partir de ese momento. “Eso hizo un cambio de 180° en mi manera de ver todo”.

Por eso, en sus primeros años como abogada dudó si había elegido la carrera correcta. “Para mí las cosas debían tener un sentido, un impacto. Eso de hacer trámites o filas en un juzgado no me gustaba”.

Vio una convocatoria de una oenegé internacional que trabajaba para la protección de personas refugiadas. Entre otras cosas, pedía pasar 15 días al mes en Darién. La posición era para un profesional en leyes que brindara orientación legal. “Apenas lo leí algo en mí hizo clic”, recuerda.

Empezó a trabajar con población refugiada producto de los conflictos armados que hubo en el departamento de Chocó en Colombia, que al huir por sus vidas empezaron a desplazarse y cruzaron la frontera hacia Panamá. Era un trabajo de campo, pasaba semanas en poblados de Darién pacífico trabajando para dar un estatus temporal humanitario a esas personas, levantar censo y que estuviesen protegidos en territorio panameño. Había encontrado su lugar.

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La población infantil que migra incrementó siete veces en un año.

La abogada también conoció cómo se trabaja desde el gobierno cuando pasó a formar parte del equipo de abogados de la oficina nacional para la atención de refugiados del Ministerio de Gobierno, que brinda protección tanto a las personas migrantes como al Estado.

Como especialista en técnicas de proyectos de OIM, realiza labores para acompañar al gobierno panameño para que la capacidad de respuesta a las necesidades de los migrantes sea mayor.

La parada de 6 días que por pandemia es una de 10 meses

Como indica la especialista, Panamá es un país de tránsito, origen y destino, pero en temas de fronteras, es un Estado que presta un corredor humanitario por donde transitan personas desde Suramérica que entran por Darién.

Procedentes de países como Cuba, Haití, Bangladesh, India o naciones africanas, Panamá recibe a las personas migrantes que salen del recorrido a través de la selva del Darién con acompañamiento luego del trayecto, vacunas, entre otras medidas.

Según la abogada, la parada de un migrante en la frontera panameña duraba alrededor de seis días. Con la pandemia se han convertido en 10 meses.

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La población migrante en las fronteras crece aún en pandemia.

Actualmente hay alrededor 2 mil 500 personas varadas en cada frontera de Panamá. De ellos, 30% son niños, niñas y adolescentes y al menos 65 son bebés recién nacidos en territorio panameño con derecho a un registro, pasaporte, a una nacionalidad que se les tramita.

Como parte de su trabajo, Idiam atiende a alertas que surgen de manera constante, como casos de Covid-19 que se agravan y necesitan traslado, mujeres embarazadas, lactantes, aquellos que necesitan comunicarse pero que no hablan español, gestión de la alimentación 3 veces al día y el acondicionamiento de nuevos albergues, que de dos existentes antes de la pandemia, ahora son cuatro.

Cada acción que hace o deja de hacer en su trabajo impacta una vida. “Si hoy digo que me quiero acostar temprano porque no alcanzo a procesar un caso o una ayuda alimenticia, es posible que una familia no coma mañana”.

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Las personas migrantes extracontinentales provienen principalmente de Asia y África.

Piensa que la pandemia ha permitido conectar con interesados en apoyar a las personas migrantes y a los residentes locales, por quienes también hay que velar. Darién tiene sus retos propios en temas de desarrollo y ahora muchos han conocido sobre la situación de movilidad que se da por nuestras fronteras. “Queremos transmitir de que antes de ser migrantes, son personas que tienen las mismas necesidades, sienten el mismo dolor y hambre ”.

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Los albergues se duplicaron en pandemia. Algunos se destinan para personas con Covid-19.

Más mujeres migrantes

 

 

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Parte del trabajo de Idiam es hacer entrevistas a las personas para conocer su condición y así facilitar una mejor gestión a su situación. “Ese contacto es de las partes que más me gusta de mi trabajo. Sentarme con ellos y escuchar por qué atravesar la selva del Darién es mejor que quedarse en su país. Sus relatos brindan muchos elementos para que el trabajo detrás del escritorio tenga un sentido”.

Sabe que la travesía a través del tapón varía mucho según el grupo. El promedio del recorrido es entre 6 y 12 días caminando, sin lugar para dormir y algunos tienen que comer hojas para sobrevivir. Ha visto a padres llorar por lo que vivieron en la selva, pero que volverían allí con tal de dar mejor vida a sus familias; una madre haitiana le contó sobre las tarifas que pagaba para que alguien le llevara al bebé. Hay quienes parieron en el trayecto migratorio.

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Según la abogada, las mujeres recorren la ruta migratoria solas o en familia.

Antes migraba el hombre, como proveedor. Ahora las mujeres lo hacen en igual medida. “Casi la mitad de la población migrante actual son mujeres y niñas”, afirma. En el trayecto, una mujer es propensa a ser víctima de explotación sexual, de trata de personas, de violencia basada en género y agresiones sexuales que suelen resultar en embarazos.

El incremento de la migración infantil guarda relación con la movilización femenina. Idiam indica que desde 2018, por el tapón del Darién se empezó a ver un incremento considerable de infantes. A raíz de eso, Unicef obtuvo datos que demostraron que en 2018 la población niños migrantes se había multiplicado por siete respecto al 2017.

‘La migración no es distinta en cada persona’

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El trabajo de campo es esencial para complementar el que se hace en la oficina.

Al albergue de Chiapas, al sur de México, llegan migrantes procedentes de Centroamérica -sin pasar por Panamá- y de Suramérica.

En Chiapas, la OIM realizaba un mapeo para desarrollar un programa de atención psicosocial porque muchos estaban emocionalmente afectados. El estudio mostró que la mayoría de los que necesitaban atención psicológica tenían afectaciones por pasar por la selva del Darién. Ante esta situación, se empezó a trabajar en estudios en los albergues en Panamá para conocer los motivos de migración.

Idiam realizaba las entrevistas pensando que no había nada peor que cruzar el tapón. Recuerda la conversación que tuvo con un bangladeshi de 60 años (la mayoría de quienes migran tienen entre 18 y 40 años). Una de las preguntas del cuestionario era qué aspectos les provocaba mayor temor durante el trayecto. Muchos responden que el coyotaje o la selva. Su entrevistado dijo que morir sin haber alcanzado su sueño que en su país no eran posibles, era su mayor miedo. “Para mí esa conversación fue un antes y un después. Se entiende que la migración está trazada de manera transversal por el mismo sentimiento que tuve a los 18 años cuando me dijeron que no podía estudiar derecho en mi provincia. La migración trata de ese sentimiento en común que tenemos los seres humanos, de buscar mejores condiciones para nosotros y para quienes amamos”.

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La abogada ha sido parte de organizaciones como Rotary, Cruz Roja y en 2019 fue presidenta del Comité Auxiliar de las Damas 20-30.