afrodisiaco1 900 - Tatiana Ríos y Miroslava Herrera, las voces que rescatan la esencia panameña

Tatiana: Soy urbana completamente, hasta que me abrume y me quiera ir para el monte. Siempre he cantado. Siempre me ha gustado la música. Desde niña he estado donde suene una lata. En la escuela yo estaba en todo. Vengo de familia de músicos.

Mi papá, José Ríos Aldretes, es un cantante panameño de la vieja ola. Cantaba boleros, cantaba en programas de televisión, en tríos musicales. Tenía una voz hermosa, y digo tenía porque ya por la edad no canta. Mi mamá no poseía los recursos para ponerme en clases de canto, pero yo me las ingenié como pude en ese momento: me metí al coro de la iglesia. Mi hermana tocaba un poquito la guitarra y me ponía a cantar. Mi voz es mi tambor.

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Miroslava: Mi mamá siempre me ponía canciones de Roberto Carlos. También era la época de We are the world, y cantábamos, cantábamos y cantábamos. Para ella era como una terapia. Cuando yo estaba en sexto grado, en la escuela hicieron un concurso de canto y gané el primer lugar. Me puse muy brava porque me dieron un diccionario y al segundo lugar un perfume y una crema. Sin embargo, a partir de eso me di cuenta de que si cantaba, la gente me ponía atención.

Mi mamá, profesora jubilada de historia y filosofía, me ponía a declamar cuartetos de Demetrio Korsi, a recitar poesías a la patria. Para que me quedara tranquila me daba a leer libros de ella: La historia universal de Jacques Pirenne, Russo, aunque yo no entendiera nada. Ella tenía Cómo leer al Pato Donald, que para mí era un libro de dibujitos, pero que en realidad es un libro rojo. Siempre he tenido inclinación por las letras.

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Tatiana y Miroslava son las dos voces de una historia de barrio. De coros en la calle, cuentos en las noches, lealtades, sonido de una guitarra en domingo y poesía combativa. El relato comienza en una calle de San Antonio bautizada con el nombre de un periodista negro. En la calle Gaspar Octavio Hernández crecieron las dos mujeres de Afrodisíaco, el grupo musical que en una madrugada de febrero de este año sorprendió al país con el primer lugar de la categoría Folclor del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, Chile.

En tiempos en que en Panamá predomina la música que habla de un shortcito blanco y de balas en la calle, este grupo conquistó La Quinta Vergara con una canción que recurrió a las raíces panameñas. Que menciona a un caballero de pecho partío, un negro altanero. Que recuerda a Victoriano Lorenzo; al cimarrón; al condenado. Otro Panamá.

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Eran vecinas. Jugaban, cantaban, hacían travesuras. De adolescentes imitaban las coreografías del grupo mexicano Flans, que a mediados de los años 1980 irrumpió en la radio.

Su vínculo de casi cuatro décadas es tal vez la base de Afrodisíaco. “Tiene que ver con la historia de las dos”, dice Miroslava, sentada en un sofá de su apartamento en Perejil, una especie de santuario donde cada objeto tiene su propia historia y al cual desde el exterior llega la sombra de la bandera panameña que ondea sobre el cerro Ancón. En un viejo tocadiscos se escuchan tambores, gaitas, chirimías, más tambores. Sones negros. Ritmos que evocan danzas y rituales. Que recuerdan la tierra, la etnia, lo mestizos que somos.

Ella, morena con fuego en la sangre y en el corazón, bebe vino tinto y habla con soltura. Narra con el encanto de un juglar. Se siente en su territorio. Tatiana, frente a Miroslava, contrapuntea con su tono de mejorana. Sus personalidades juegan un papel importante en esta propuesta. “Miroslava desde chica ha sido muy creativa, lee muchísimo, es muy curiosa. Ella tiene las ideas y yo las pongo en práctica”.

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La cocina de ese apartamento en Perejil aporta algo a esta historia. Un día Tatiana llamó por teléfono a su amiga para decirle que en la televisión anunciaban que ya estaban abiertas las inscripciones para Viña del Mar. ¿Por qué no participaban con una canción? “De seguro Tati, ¿eso se puede?”, le respondió Miroslava. Y entonces decidieron reunirse todos los martes para cocinar, planear y soñar. Y empezaron a trabajar la letra de Viene de Panamá. Era 2014. Miroslava había dicho que iba a hacer un intento final con la música, porque si cantaba I will survive [Gloria Gaynor] una vez más, le iba a salir humo por la boca. “No más, no más disco, no más canciones de otros, no más canciones de amor… que las odio”, narra esta negra de trenzas infinitas de tipo Medusa. Si tenía un grupo lo llamaría Afrodisíaco. Lo que fueran a emprender tenía que tener coraje, fuerza, alma y percusión, como el tambor.

Tatiana, pragmática, propuso hacer un análisis Foda para conocer las fortalezas y debilidades de la iniciativa. Y empezó el tamborileo.

“Un día me llama y me dice: Hay algo de Lope de Vega que habla de Panamá, sería bueno hacer una canción de esta obra de Lope de Vega. Nos reunimos, me lo enseñó y empezamos a hilvanar ideas, pedazos de cosas. Un día, manejando —ya Miroslava me había mandado bastante letra—, me vino una revelación… y agarré el celular, la grabadora de voz, y me puse a tararear… y me dije: esto suena bien panameño”. Y así nació la melodía.

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Con letra en mano comenzaron a llamar a amigos para grabar la canción. Recurrieron a Mundito Archibold, cuyo padre es una institución de la música panameña.
“Se las grabo y no les voy a cobrar”, les dijo Mundito. La canción estuvo lista a tiempo y la mandaron por correo a Chile, pero el paquete se quedó en la aduana de ese país. Debían pagar impuestos. No lo sabían. Nunca les avisaron. Llamaron a la organización del festival, les dieron varias horas de plazo, pero la canción se quedó atrapada en la burocracia. Nunca llegó a su destino. No era el momento.

El momento llegó en 2015 para concursar en 2016. Esta vez escogieron con cuidado la compañía de correo por la cual mandaron la canción. El 2 de noviembre se enteraron de que Viene de Panamá había sido seleccionada. ¿Presagio o casualidad? No se sabe, pero las dos estaban en actividades relacionadas con muertos cuando recibieron la noticia.

Miroslava se encontraba en el cementerio Amador visitando las tumbas de hombres relevantes de la historia del país cuando sonó su celular. Una voz ceremoniosa le dijo que la canción había sido seleccionada, que le dijera quiénes iban a viajar, que la competencia era en febrero de 2016 y que le darían más detalles por correo. Tatiana vivía en México, y ese día celebraban a los muertos en Coyoacán, una población al sur de la capital. Miroslava la llamó.

Lo demás fue una primicia durante varios días. El viernes 25 de febrero la organización anunció que el grupo panameño Afrodisíaco se quedaba con el primer lugar de la competencia folclórica. Panamá celebró.

La esencia

“El tambor ha sido siempre digno de sospecha, y muchas veces ha sido culpable. En las plantaciones de las Américas, las sublevaciones de los esclavos se incubaban al golpe del látigo, pero al golpe del tambor estallaban. Esos truenos eran la contraseña que desataba las revueltas. En las islas inglesas del Caribe merecía pena de cárcel o azote quien sonara tambores, instrumentos de satán, al modo africano. Cuando los franceses quemaron vivo al rebelde Mackandal, que alborotaba a los negros de Haití, fueron los tambores quienes (sic) anunciaron que él se había fugado, convertido en mosquito, desde la hoguera. Los amos no entendían el lenguaje de los toques. Pero ellos bien sabían que esos sones brujos son capaces de llamar a los dioses prohibidos o al diablo en persona, que al ritmo del tambor baila con cascabeles en los tobillos”.

El texto es de Eduardo Galeano, pero aparece en esta nota porque se acerca al tambor que vive en Afrodisíaco. Lo dicen una y otra vez: “El norte es el tambor”.

Meses antes de la competencia en Viña del Mar, Afrodisíaco se presentó en el bar del restaurante Sanborns, y allí trazaron el camino. Al espectáculo lo llamaron “El tambor nos hará libres”. Buscaban rescatar esa historia perdida. Darle voz a ese hombre negro que ha sido ignorado, y para ello tienen la música, el canto y el baile.

“La idea de Afrodisíaco es siempre el tambor. El que habla y dice qué es lo que es, es el tambor. Esa es la razón de ser del proyecto. El tambor es el despertador”, explica Miroslava. Y sigue: “Con el tambor podemos tener otro método narrativo para contar la historia desde el punto de vista de los que están fuera de la muralla. Y el tambor es el gran narrador de esa proeza, de conquistar o de tratar de contrastar la equidad en la sociedad. Sigue siendo un proceso…”.

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El tambor tiene una compañera panameñísima: la mejorana. Tatiana lo explica muy bien: “La mejorana es parte de la fusión, el tambor va viajando de lugar en lugar y de situación en situación. Comienza por Colón, Darién y luego Azuero. En ese proceso se va mezclando con otros elementos, y dentro de esa mezcla nos parecía que la mejorana es un sonido que recuerda mucho a Panamá. La mejorana es el pasaje sonoro de Panamá”.

Por eso Afrodisíaco insiste en que “sin raíz no hay país”. Y sin proponérselo, el discurso de estas dos mujeres se fusiona con el de Galeano cuando recuerdan que el tambor viene de la necesidad de los esclavos de comunicarse dentro de la selva. De desahogarse. De burlarse. De expresarse. Pasan 200, 300 años, y ya libres, al tambor se le suman otras vivencias.

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Se vuelve matriarcal. “Porque la mujer es la que llama”. El hombre trae la pieza de caza y la mujer es la que arma la fiesta. Va cambiando conforme pasa el tiempo, por todos los acontecimientos políticos y sociales que van rodeando a ese grupo de esclavitud, y después mulatos, jíbaros. Y luego ya no son esclavos, sino trabajadores”, narra Miroslava, quien de paso cuenta que 350 años después, en Azuero empiezan a verse instrumentos melódicos: el violín, la mejorana. Está la saloma. “En el tambor más antiguo hay gritos que imitan los sonidos de la selva, pero conforme pasa el tiempo esos gritos se van estilizando un poco y tienen tal vez un asunto medio aflamencado”, dice.

Pero también habla del papel del baile, que es parte del ritual. El congo, recuerda, tiene mucho rito. “Tiene un asunto religioso y un componente social muy complejo”, agrega.

Las dos coinciden en que el concepto de la agrupación es la de reivindicar el origen noble del pueblo. Es música con un “¿por qué?”. Miroslava lo ve de esta manera: “Nuestra idea no es arengar a la gente para que esté molesta y resentida. Todo lo contrario, es protesta con música, con alegría, con vida, con baile. Es sacar el tambor del Carnaval y volver a su misión original: el de vehículo, la banda sonora de la búsqueda de la libertad y de la dignidad”. Tatiana lo entiende desde el punto de vista de buscar la raíz. “Es válido saber tu historia, saber qué te ha llevado a estar donde estás. Lo veo como una rueda, tiene una dinámica. Si no sabes cuál es tu historia, no puedes entender muchas cosas de ti”.

Y como en todo buen proyecto, los roles están bien definidos. Miroslava lo tiene claro: “Ella es la montuna alegre, y yo la esclava brava”.

La versión impresa de esta nota fue publicada en la edición del 4 de noviembre de 2016 de Revista Ellas.

Nuevo disco

El pasado 31 de octubre, el grupo Afrodisíaco concluyó con éxito una campaña de crowdfunding para financiar la última etapa de producción de su disco. El monto recaudado fue de $5 mil 600, sobrepasando el monto mínimo que requerían. Los aportes fueron realizados por 43 personas.