10nov norma testa1 - Norma de Testa, centinela de la pollera

A los nueve meses de nacida lució su primera pollera. Blanca, de lino estampado. Hoy, a sus 83 años, Norma Hegenbarth López de Testa aún la conserva y muestra con orgullo una instantánea en blanco y negro como prueba. Ese acto documentado, que fue una iniciativa de su abuela y tejedora Abelina Broce, sería el primer atisbo de su misión como educadora, la de mantener la autenticidad del vestuario panameño más elogiado y valorado del mundo: la pollera. Así como inculcar la fidelidad hacia las tradiciones producto de la herencia colonial, y que el paso del tiempo o la fascinación por la moda actual no altere su esencia.

La profesora dictó clases de biología y química, sin embargo, la enseñanza del folclore ha sido su legado. Ha publicado una docena de textos sobre el vestido típico, tanto masculino como femenino, y sobre las tradiciones de su pueblo querido, Las Tablas, donde no nació, pero se crió.

El primer libro fue por encargo. Su tía Brunilda Broce López, al empeorar con su padecimiento de Parkinson, le legó una caja con apuntes sobre el rescate de las vestimentas autóctonas. Se convirtió así en coautora del libro Muestrario folklórico.

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Instructivo sobre el uso y confección del vestido típico panameño y sus complementos, es el título de su más reciente obra, una actualización de una primera y segunda versión publicadas en 2000 y 2004. Consta de mil ejemplares.
De Testa llevaba puesta una pollera bordada con detalles de claveles rojos para su entrevista. Es poseedora de una energía y vivacidad por transmitir y, sobre todo, corregir cualquier indicio de equivocación sobre las variedades de polleras regionales. La también compositora y poetisa tuvo a su cargo la dirección de al menos nueve conjuntos folclóricos, entre ellos el Canajagua, y ocupó cargos en el Ministerio de Educación y en la docencia del sector privado por 39 años.

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En la elaboración de la última versión de su obra no le quita el mérito a su esposo por 55 años, Rolando Testa Marciscano, ya fallecido, con quien tuvo cuatro hijos (tres varones y una mujer) y fue su apoyo como traductor de documentos en francés e inglés, en los que hizo importantes hallazgos sobre el origen de los elementos de la pollera. Entre ellos, que la procedencia del encaje valenciano es francés, de una ciudad situada al norte del país europeo llamada Valenciennes, y no de España como se pensaba. Resulta que Valenciennes caracterizada por su industria textil y sus encajes, fue tomado por la Corona española de 1524 a 1677 con Carlos V, pero fue reconquistada por el rey francés Luis XIV. De allí la desatinada atribución sobre el origen.

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También en su investigación concluyó que el tejido conocido como mundillo, arraigado en el pueblo de Santo Domingo de Las Tablas, tuvo su génesis en Holanda. “Cuando viajé a Francia a una exposición de la Unesco encontré a unas viejitas. Ellas cogían el mundillero (instrumento adaptado para tejer el mundillo) y se ponían a tejer, pero, ¡claro!, se sorprendieron al ver que nuestras artesanas superaron su técnica”, relata. Afirma que la cuna del mundillo se encuentra en Santo Domingo de Las Tablas, donde las mujeres han levantado una industria en torno a su complicada elaboración, y “en las labores de fondo blanco le añaden diseños de pepitas, florecitas, corazoncitos, cocaditas imitadas en el mismo tejido del mundillo, para luego combinarlo con el trabajo del resto de la pollera”, explica. “Era allí donde se tejía el mundillo, no en ninguna otra parte. La prueba está en que la única pollera del país con mundillo es la santeña”.

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Hace aclaraciones sobre elementos como el abanico, -objeto de seducción femenina, cuyos movimientos o gestos transmitían mensajes al varón, según registra el texto- y sobre las joyas de la pollera, para servir de lazarillo a los orfebres que se desvían de las costumbres al agrandar las piezas o hacerlas al gusto o pedido del cliente.

Acérrima defensora de la pollera, sus implacables dictámenes cuando ejerce como jurado en concursos a los que frecuentemente es invitada, le han ganado más de una enemistad.
“Usted sabe mija, siempre hay intereses por debajo de cuerdas en esos concursos”, dice mientras me hace un gesto de traspasar bajo la mesa, en el restaurante del hotel La Concordia, donde nos reunimos. “Pero habemos gente que no nos vendemos y nos mantenemos fieles a nuestro criterio”, resalta con voz austera la celosa custodia de la tradición, que persuade con su dulce trato, al tiempo que maravilla por sus conocimientos diversos.

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Desaprueba el uso excesivo de joyas, “parece como si se echaran el joyero encima”. Castiga la decoración excesiva de prendas con la basquiña, que es una camisa de uso diario, la cual no debe usarse con jeans sino con un faldón sencillo. Califica de innecesaria la adición desmesurada de vuelo al faldón de la pollera, “eso no debe ser, por eso se encarece el vestido”, o reprende que se empleen prendas de fantasía y telas estampadas de imitación de la labor de la pollera traídas de afuera. Asimismo, aclara que la labor de la pollera se centra solo en la flora, no en frutas o animales. Descalificó dos propuestas en algún concurso por representar pavos y piñas negras sobre la tela de la pollera.
Profesora, ¿y qué más vio de malo en los concursos? “¡Qué no vi!”, responde tajante. “Vea, por eso hago este libro, para evitar esos errores”. La obra además inserta una guía para evaluar correctamente la pollera cuando es sometida a concurso, basándose en lineamientos como confección, elaboración y uso correcto (gracia y elegancia de la portadora).

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Lamenta que la pollera se esté convirtiendo en un lujo por su alto costo. “Toda panameña debe lucir su pollera, de lujo y montuna, como la quiera, marcada, sombreada, zurcida, talco en sombra o al sol, pero como vamos no se puede”, reflexiona. “Las hay de 9 mil o 10 mil dólares cuando antes se conseguían en 500 dólares o la más cara en 900”. Ha intentado impulsar una ley desde la Asamblea para que haya accesibilidad al vestido, sin frutos aún. Por el momento, se resigna y aconseja a las mujeres hacerse de su indumentaria, símbolo del orgullo femenino panameño, al menos poco a poco.