Esta conversación sucedió en la Ciudad de las Artes, un lugar que Maruja Herrera ayudó a concebir cuando estaba al frente del entonces Instituto Nacional de Cultura, antes de su transformación en ministerio. Hoy el complejo incluye escuelas de arte y, ese mismo día, también servía como sede de proyecciones del Festival Internacional de Cine de Panamá.
Aunque la danza sigue marcando su rutina —entrena cada mañana— y la docencia ocupa un lugar especial en su corazón, en esta entrevista Herrera habla sobre todo como ministra. En su oficina, mientras muestra fotos recientes con el vestuario de Giselle que todavía conserva, deja ver también algo de la artista y la maestra que es.
“Es el mismo que usé hace 20 años y ya está descolorido adelante”, dice. Suele vestir de blanco o negro para que sus alumnas no se distraigan. Desde ese cruce entre su vocación artística y su responsabilidad pública, habló sobre los desafíos de su gestión, la descentralización cultural, el patrimonio, la economía creativa y el legado que aspira a construir.
Después de tantos años en la danza y en la gestión cultural, ¿qué le sigue emocionando de la cultura?
Me sigue emocionando la capacidad que tiene la cultura de transformar vidas. Yo lo viví desde muy pequeña, en ese “metro cuadrado” de ensayo donde aprendí disciplina, constancia y también a soñar, y hoy continúo viviendo ese mismo efecto transformador.
Desde la gestión pública, esa emoción se amplifica cuando veo a un niño descubrir el arte por primera vez, a una comunidad reencontrarse con sus tradiciones o a una mujer joven entender que su voz también cuenta. La cultura tiene esa magia: nos conecta, nos dignifica y nos recuerda quiénes somos.
¿Qué cambia en la manera de pensar la cultura cuando una artista pasa a ocupar un cargo público?
Cambia el puesto, no el propósito. El propósito sigue siendo el mismo. Cuando una artista asume un rol público, comprende que su responsabilidad ya no es únicamente crear, sino garantizar condiciones para que otros puedan crear. Es pasar del escenario individual a una visión colectiva, donde la cultura se convierte en política pública, en desarrollo humano y en herramienta para la reconstrucción del tejido social.
Desde el Gobierno Nacional entendemos que la cultura es un derecho, y eso implica trabajar con planificación, con datos, con territorio y con inclusión. Desde muy joven, siempre procuré apoyar a mis compañeras, entendiendo las necesidades que enfrentamos como bailarinas.

Foto: Janín Gastón
El Ministerio lanzó una aplicación de agenda cultural. ¿Cómo puede la tecnología ayudar a democratizar el acceso a la cultura?
La tecnología es un puente y una herramienta poderosa si se utiliza bien. Esta aplicación acerca la oferta cultural a más personas y visibiliza el talento que muchas veces permanece fuera de los grandes circuitos.
Además, estamos trabajando en procesos de digitalización del patrimonio, formación en herramientas tecnológicas y generación de contenidos que conecten con las nuevas generaciones. La cultura también se vive en lo digital, y debemos estar allí con propósito.
¿Qué llevó a la creación de la Ciudad de las Artes?
La Ciudad de las Artes nace de una convicción profunda: que el arte debe tener un lugar digno, accesible y transformador. Es un espacio pensado para la formación, la creación y el encuentro. Un lugar donde convergen distintas disciplinas y donde los sueños se construyen con herramientas reales.
Se inspira en la idea de que los sueños de nuestros niños, niñas y jóvenes son sagrados, y en la certeza de que invertir en cultura es invertir en el futuro del país. Es un proyecto que ha sido posible gracias al esfuerzo de varias personas. La cultura tiene el poder de transformar vidas, y cada vida transformada impacta a su entorno y a su comunidad.
Gran parte de los teatros, galerías y salas de exhibición del país siguen concentrados en la ciudad de Panamá. ¿Cómo reducir esa brecha?
Es uno de los grandes retos asumidos. Estamos avanzando hacia una visión territorial de la cultura, a través de iniciativas como la Red Nacional de Centros Culturales, la Ciudad de las Artes, en la ciudad de Panamá, y el Centro de Arte y Cultura, en el centro de la ciudad de Colón.
Asimismo, desarrollamos programas como Latidos del Barrio, que llevan arte, formación y espacios de encuentro a comunidades que han estado al margen.
La cultura no puede depender de una ubicación geográfica o de dónde se nace o se vive. Debe estar donde está la gente. Por eso hablamos de descentralización, pero también de equidad cultural.
Cada vez se habla más de la cultura como parte de la economía creativa. ¿Qué condiciones faltan todavía en Panamá para que el sector cultural se convierta también en un motor económico sostenible?
Hemos avanzado, pero aún hay retos importantes. Necesitamos seguir fortaleciendo el acceso a financiamiento, la formación empresarial de nuestros gestores culturales, la articulación con el sector privado y la generación de mercados sostenibles para las industrias creativas.
También es clave consolidar instrumentos como el Certificado de Fomento Cultural, una herramienta de incentivo fiscal que permite a quienes invierten en proyectos culturales acceder a beneficios de hasta el 35 % de su inversión, tras un proceso de evaluación y fiscalización.
Además, es necesario ampliar las oportunidades de circulación, visibilidad y comercialización para nuestros artistas y creadores en todo el país.

Foto: Janín Gastón
A esto se suma la importancia de seguir fortaleciendo las cadenas de valor del sector cultural, reconociendo el trabajo de nuestros artesanos, creadores y gestores como parte activa de la economía nacional.
La cultura tiene un enorme potencial económico, pero, sobre todo, tiene un valor social incalculable. Apostar por la economía creativa es apostar por una forma de desarrollo más inclusiva, sostenible y profundamente conectada con nuestra identidad.
¿Qué ha sido lo más desafiante de su gestión que la gente quizás no alcanza a ver?
Lo más desafiante ha sido lograr darle continuidad a las obras paralizadas. Además, darle el valor que merecen los formadores de artistas, a nuestros docentes de las escuelas de bellas artes, que retornaron al ministerio.
También ha sido un reto escuchar todas las voces, comprender las distintas realidades del país y tomar decisiones que respondan al bien común, muchas veces en contextos de limitaciones presupuestarias o altas expectativas del sector.
La gestión cultural requiere diálogo permanente, sensibilidad y firmeza. Y, aunque muchas veces ese trabajo no es visible, es el que permite construir políticas sostenibles en el tiempo.
Un ejemplo es la Ciudad de las Artes, un sueño que nació cuando fui directora del INAC y que hoy, como ministra, veo convertido en un espacio vivo de formación artística, referencia para la región y símbolo del poder transformador de la cultura.
¿Qué legado le gustaría que su gestión dejara?
Me gustaría que se recuerde esta gestión como un momento en el que la cultura se acercó más a la gente. Que dejamos bases sólidas y una ruta para el desarrollo y fortalecimiento de la infraestructura cultural en todo el país, creando teatros, centros de arte y cultura, y espacios como la Ciudad de las Artes, así como el impulso al Museo Antropológico Reina Torres de Araúz, como un referente para la preservación, investigación y difusión de nuestra memoria histórica y cultural.

Foto: Janín Gastón
Más allá de los resultados, queremos que estos sean sostenibles. Por eso, programas como Latidos del Barrio promueven el empoderamiento comunitario, el uso de los espacios culturales y el desarrollo de habilidades artísticas como una vía digna de crecimiento y de fortalecimiento de la economía creativa.
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