El día de la entrevista, la comisionada Irán Mendoza de Muy estaba de cumpleaños. Un año atrás la mayoría de los saludos de su familia le llegaron por videollamadas pues estaba en Bocas de Toro, donde había sido nombrada jefe de zona, una de las pocas mujeres en ese cargo.
Ella sabe muy bien lo que es ser la primera en algo, aunque habla de ello sin darle mucha importancia. Su historia dentro de la Policía Nacional empezó hace 28 años, cuando en Panamá se abrió el reclutamiento para la nueva escuela de oficiales. En ese momento Irán era una estudiante de Geografía e Historia en la Universidad de Panamá. El anuncio del reclutamiento se divulgó por la televisión, y con el apoyo de sus padres fue a apuntarse.
Crecer cerca del cuartel de Los Pumas
La vocación de la hoy comisionada no nació con ese anuncio. Creció en Tocumen, muy cerca del aeropuerto, y recuerda la invasión de 1989 como una experiencia que la marcó. Habla de los bombardeos al cuartel de los Pumas de Tocumen, de la cercanía física con ese escenario, de la escasez y del ambiente que se vivía entonces en un corregimiento humilde donde la presencia policial no era abundante, pero sí visible.
En medio de ese contexto, dice, también tuvo la oportunidad de ver a la policía comunitaria: las visitas, los recorridos, la cercanía con la gente. Ahí se fue formando una idea del oficio policial y de lo que podía hacer por las personas en los barrios.
Casi dos mil aspirantes y solo siete mujeres
Cuando empezó el proceso de reclutamiento, la respuesta fue masiva. Según recuerda, se presentaron casi dos mil jóvenes a nivel nacional para entrar a la primera escuela de oficiales. Pero no había capacidad para recibir a todos.
Para Irán Mendoza ocurrió una feliz casualidad: la escuela comenzó a operar en un espacio adaptado en el cuartel de los Pumas, muy cerca de su casa.
De esa primera selección quedaron 60 personas. Entre ellas, 53 hombres y siete mujeres. Las siete entraron al proceso, pero poco a poco fueron saliendo. Algunas por razones académicas, otras por exigencias físicas, otras por desmotivación. La comisionada recuerda cuando la última de sus compañeras empacó su maleta, tendió su camarote y se fue. Allí cayó en cuenta que quedaba sola: la única mujer en una formación pensada para hombres.
Tomó una decisión: quedarse. Pero entonces empezó a escuchar frases que todavía recuerda. “Queremos que la promoción sea de hombres”. También: “Tú eres una mujer, tú no sirves para esto”. Su propia respuesta seguía siendo quedarse. Ella había intentado seguir su carrera de geografía e historia pero cuando tuvo que escoger se quedó con la academia de oficiales.
El quedarse no era solo por orgullo, tenía muy presentes a sus padres que habían hecho un sacrificio grande para costearle exámenes médicos, equipo, mochila, todo lo necesario para entrar. Sentía que no podía fallarles ni fallarse. “Yo no me voy”, decidió. Y no se fue.
Terminar y ser la primera
Completó el proceso académico y físico junto a sus compañeros: terreno, piscina, pista, formación integral. De esa promoción inicial de 60 estudiantes, terminaron graduándose 15. Ella egresó como la única mujer oficial de su promoción, formada en Panamá y respaldada académicamente por la Universidad de Panamá, con licenciatura en Administración Pública Policial.
Hay una foto de su graduación en que aparece junto a Mireya Moscoso, quien en ese entonces ocupaba la presidencia de Panamá, también como la primera mujer en alcanzar ese puesto.
Más que un cierre, ese paso fue para ella el inicio de un plan más largo. Cuenta que desde entonces se proyectó a futuro, no para permanecer de forma pasiva dentro de la institución, sino para hacer carrera, subir escalafones y prepararse para llegar más lejos.
De la academia a las áreas rojas
Su entrada al trabajo operativo fue en la Metropolitana. Ahí, dice, terminó de entender lo que significa ser policía fuera del aula. Habla de zonas de alto impacto, de San Felipe, de operativos, de situaciones que marcan a cualquier profesional que empieza en el trabajo de seguridad ciudadana.
Aunque ha ocupado cargos de mando, insiste en que el trabajo comunitario la marcó. Recuerda casos de niños, niñas y jóvenes en situaciones vulnerables, así como familias atravesadas por cuadros difíciles. No entra en detalles por la confidencialidad que exige el cargo, pero sí menciona algo que para ella importa: el seguimiento. Volver a encontrar años después a una persona que conoció en un momento difícil y escuchar que todavía la recuerda.
Bocas del Toro y los cargos que antes eran para hombres
Entre los hitos que destaca está su paso por Changuinola, en Bocas del Toro, donde fue designada jefa de zona. Lo presenta como un logro importante para ella, pero también como una señal de cambio dentro de la institución. Durante años, dice, ese tipo de jefaturas estuvieron reservadas en la práctica para hombres. Ocupar uno de esos cargos fue, en su experiencia, una muestra de que las mujeres han ido ganando espacio y demostrando que pueden asumir responsabilidades en destinos lejanos, complejos y exigentes, igual que sus compañeros.
La educación, en paralelo
Otro pilar relevante en su historia es la educación. La menciona una y otra vez como parte del crecimiento profesional. Viene de un hogar humilde, con padre y madre presentes, tres hermanos y educación pública. Dice que aprovechó cada oportunidad que tuvo. A la licenciatura inicial le siguieron una maestría en Administración de Empresas y Contabilidad en la Universidad de Panamá, otra en Educación Superior, un posgrado en Alta Gerencia en la Universidad Interamericana y, después, un doctorado en Ciencias Empresariales.
No lo plantea como un mérito decorativo. Lo plantea como una necesidad. Para crecer dentro de una institución, dice, hay que invertir en una misma.
Cuando recuerda momentos difíciles, menciona dos. Uno fue el periodo de conflicto de orden público en la ciudad, cuando, según cuenta, hubo asignaciones especiales, traslados masivos de personal y meses de alta presión operativa. El otro fue la pandemia. Habla de jornadas en calle, de exposición permanente, de contagio, de no saber con qué se estaban enfrentando al inicio y de la carga psicológica que eso dejó. También de los compañeros que la institución perdió.
Si una joven piensa hoy en entrar a la Policía Nacional, la comisionada no le ofrece una versión suave del camino. Habla de disciplina, de valentía, de motivación y de determinación. Lo que su propia historia muestra es eso: una mujer que entró a una promoción donde eran siete, escuchó que no servía para ese espacio, vio a las otras salir y decidió quedarse.
Ese día, el de su cumpleaños, al contarlo, todavía parecía estar respondiendo a aquellas voces con la misma frase: yo me quedo.


