En medio del concreto fracturado, el polvo y el silencio que precede a las labores de búsqueda luego de un terremoto, hay un sonido que los rescatistas esperan escuchar: el ladrido de un perro.
Busca con el olfato. Avanza entre grietas, salta obstáculos, desaparece por espacios donde un ser humano difícilmente cabría y, cuando detecta el rastro de una persona con vida ladra, una y otra vez, hasta que su guía llega.
Ese fue el trabajo que realizaron Bailey, Rex y Blade, tres perros de búsqueda y rescate que integraron la misión panameña enviada a Venezuela para apoyar las labores humanitarias tras los terremotos del 24 de junio que dejó edificaciones colapsadas y decenas de familias esperando noticias de sus seres queridos.
De izquierda a derecha: Manuel Moncada, Kevin Requena, Ricardo Franco junto a los canes Rex y Bailey. Fotografía por Gabriel Rodríguez.
Junto a ellos viajaron sus guías: Kevin Requena, cabo primero del Benemérito Cuerpo de Bomberos de la República de Panamá; Ricardo Franco, también cabo primero de la institución; y Manuel Moncada, rescatista del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc).
En la misión también estuvo Arya, una hembra pastor belga malinois del Servicio Nacional de Fronteras (Senafront).
Detrás de cada binomio hay años de entrenamiento, una rutina diaria de disciplina y un vínculo construido sobre la confianza.
Una relación que comienza mucho antes de una emergencia

Kevin Requena junto a Bailey durante la misión de rescate en Venezuela. Foto: Cortesía.
Para Kevin Requena, oriundo de Los Algarrobos, en Dolega, Chiriquí, la historia con Bailey comenzó en marzo de 2024, durante el curso para guías caninos de búsqueda y rescate en áreas rurales y estructuras colapsadas impartido por Sinaproc.
Requena explicó que el entrenamiento de un perro rescatista empieza desde cachorro. “Se realiza una preselección para identificar características naturales como el impulso de caza y de presa. Después viene un proceso de formación que puede durar entre un año y dos años antes de que el perro obtenga su certificación”.
Ricardo Franco junto a Rex. Fotografía por Gabriel Rodríguez.
Una historia similar une a Ricardo Franco con Rex. El cabo primero del Cuerpo de Bomberos descubrió su interés por la búsqueda y rescate durante un simulacro regional realizado en Panamá. Allí observó por primera vez el trabajo de las unidades caninas y decidió formar parte de esa especialidad.
Poco después, una prima le regaló un cachorro labrador híbrido de apenas un mes de nacido. “Lo llevé al cuartel de bomberos de Pedasí y desde ese momento comenzamos a entrenarlo. En un año y ocho meses se logró su certificación”, dijo en entrevista con ELLAS.
Hoy Rex tiene tres años y dos meses y Venezuela representó la primera misión internacional para ambos.
Manuel Moncada junto a Blade. Fotografía por Gabriel Rodríguez.
En el caso de Manuel Moncada, el vínculo con Blade, un pastor belga malinois conocido como Eusi (entiende mejor por este nombre, según explica su guía), comenzó en 2018, cuando Sinaproc le asignó un cachorro de tres meses durante su formación como guía canino.
Desde entonces han trabajado juntos en búsqueda en grandes áreas y estructuras colapsadas. “Es parte de mi familia”, afirma.
Del entrenamiento al escenario real
Para Bailey y Rex esta fue su primera misión internacional. Moncada había participado en simulacros fuera del país, pero nunca en una emergencia de esta magnitud.
“Las imágenes son totalmente diferentes a lo que uno ve por televisión”, recuerda. “Cuando llegas al sitio encuentras estructuras colapsadas, personas desesperadas y familias esperando respuestas. Hay que equilibrar el corazón humano con el corazón del rescatista para poder hacer el trabajo”.

Rex durante los trabajos de búsqueda y rescate en Venezuela. Foto. Cortesía.
Requena explica que muchas personas creen que los rescatistas son fríos porque continúan trabajando entre escenas de dolor.
“Aprendemos a canalizar nuestras emociones mientras estamos en la operación. No significa que no nos afecte. Cuando regresamos al campamento tenemos nuestros espacios para hablar, llorar y procesar todo lo vivido”.
Los primeros en entrar

Ricardo Franco junto a Rex. Foto. Cortesía
En una estructura colapsada, los perros suelen ser los primeros en ingresar.
Mientras el resto del equipo espera, el guía libera al animal para que explore la zona. El recorrido puede durar entre 10 y 15 minutos, dependiendo de la complejidad del terreno.
Después regresan a descansar, hidratarse y recuperar energía antes de un nuevo despliegue.
Los perros trabajan por intervalos para evitar el agotamiento físico, especialmente bajo altas temperaturas o sobre superficies irregulares.
Además de recibir atención veterinaria constante, utilizan botas especiales que protegen las almohadillas de sus patas frente al concreto roto, el metal y otros elementos cortantes.
El lenguaje del ladrido
Mientras los perros entrenados para detectar narcóticos o explosivos suelen sentarse para señalar una sustancia, los perros de búsqueda y rescate utilizan el ladrido.
“El perro tiene que ladrar hasta que el guía llegue”, explica Requena. “Muchas veces él entra donde nosotros no podemos verlo. Ese ladrido continuo es el que nos indica que encontró la fuente del olor”.
Como describe, un can puede percibir a una persona que está a metros de profundidad por las partículas de olor, “es como un ‘cóctel’ de olores que alguien emana cuando se encuentra en esa condición: El estrés térmico por calor, la ansiedad por estar en un espacio reducido, adrenalina, miedo... Todo esto llega al olfato del perro y este avisa por medio del ladrido que en estos casos significa ‘Aquí hay una persona viva’”.
El miedo también entra en los escombros
Rex. Fotografía por Gabriel Rodríguez.
Uno de los recuerdos que más marcó a Kevin Requena ocurrió durante el primer día de trabajo en Venezuela.
Mientras el equipo se dirigía a un edificio asignado, fueron requeridos para apoyar otra operación donde trabajaban rescatistas salvadoreños.
Bailey y él ingresaron por un espacio vital tan estrecho que apenas podía moverse.
“Todo el tiempo hubo réplicas. Pensaba qué iba a pasar si la estructura volvía a colapsar mientras estábamos adentro”, recuerda. Finalmente ambos salieron sin lesiones.
Ricardo Franco también conserva una imagen imborrable.
“La primera vez que solté a Rex dentro de una estructura sentí una mezcla de miedo, nervios y emoción. Llegó un momento en que desapareció entre los escombros y ya no podía verlo. Solo podía decir: ‘Protégemelo, Señor’.” Minutos después, Rex regresó tras descartar el área.
Para Moncada, el momento más significativo fue observar la entrega de Blade durante toda la misión.
“A pesar del cansancio y las condiciones difíciles, nunca perdió la concentración ni las ganas de seguir trabajando”
Mucho más que héroes
Blade. Fotografía por Gabriel Rodríguez.
Los tres rescatistas coinciden en que el reconocimiento suele llegar cuando una operación termina, pero pocas personas conocen todo el proceso que ocurre detrás.
Entrenamientos diarios, paciencia, constancia, ejercicios de obediencia, socialización, fortalecimiento físico y una relación basada en la confianza son parte de una rutina que se mantiene incluso cuando no hay emergencias.
Requena sostiene que, pese a los avances tecnológicos, todavía no existe un equipo capaz de sustituir el olfato de un perro entrenado.
“Las cámaras térmicas ayudan, pero el perro detecta las partículas de olor de una persona viva bajo varias capas de escombros. Nosotros confiamos plenamente en su olfato y en su ladrido”.
Por eso insiste en que estos animales no deben verse únicamente como herramientas de trabajo. También son compañeros que dedican su vida a una misión para la que fueron preparados desde cachorros.


