Ayenza Matthews se hizo una promesa: si perdía su trabajo se iría a Kenia a estudiar atletismo. Para la maratonista panameña, que después de la Invasión a Panamá se radicó en Estados Unidos, la posibilidad de un despido en una empresa dedicada a viajes era alta en medio de la pandemia, me cuenta a través de una llamada telefónica desde Florida.

Cuando a mediados de 2020 recibió la noticia se entristeció, pero siguió su plan. Escribió al centro de entrenamiento de Iten, High Altitude Training Center, en Kenia y la aceptaron. Visitar Kenia la cuna de los mejores corredores de larga distancia del mundo y asistir a uno de sus centros de alto rendimiento era poner la cereza al pastel de sus esfuerzos.

Nació con una pierna más larga que la otra. Por años llevó un corsé ortopédico debido a la escoleosis. Por eso de joven, Ayenza nunca hizo demasiada actividad física. Cuando siendo adulta empezó a correr, su doctor le advirtió que con sus antecedentes de salud no podría hacerlo por mucho tiempo. Así que se comprometió consigo a seguir corriendo hasta cuando pudiera.

Con 42 kilómetros de trayecto, la maratón es la reina de las carreras de larga distancia. Llegar a la meta ya es una victoria. Ayenza, conocida también como La Potranca, es una de las pocas panameñas que ha corrido en los 6 majors o principales maratones del mundo: Boston, Londres, Berlín, Chicago, Nueva York y Tokio. Ha corrido en muchas más ciudades. A principios de 2020 estaba corriendo en India.

Empezó a correr en el año 2012, casi que por una casualidad, era voluntaria en una asociación donde la motivaron a inscribirse en una carrera. Desde entonces no ha parado.

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Ayenza, quien ha corrido en los 6 Majors, llevó la bandera panameña a Kenia, cuna de los mejores corredores de larga distancia. Foto: Ayenza Matthews.

Entrenar sin mascarillas

Cuando, después de casi un día entero de vuelo, en el aeropuerto de Nairobi le dijeron a Ayenza que podía pasar, apuró el paso. Temía que alguien se retractara y la mandara de vuelta.

Para aplicar a la visa de Kenia le exigieron comprar un billete de avión, antes. En el aeropuerto de Fort Lauderdale, en Florida, la dejaron abordar rumbo a Dallas, aunque todavía le faltaba documentación “ni en el aeropuerto sabían que documentos me faltaban”, cuenta ahora. En Dallas tuvo que esperar que le enviaran un código, que llegó cuando ya los pasajeros abordaban. Con todos esos antecedentes aún no creía que lo había logrado. Temía que la devolvieran, cuenta con una sonrisa.

Era agosto y estaba lista para una estadía que se iba a extender hasta enero de 2021. En el centro de entrenamiento tuvo oportunidad de ver de cerca a corredores con marcas mundiales, como Eluid Kipchoge, record actual de la maratón, e interactuar con Lawrence Cherono el ganador de la maratón de Boston 2019.

Durante ese tiempo nunca escuchó de alguien que tuviera coronavirus. Mientras escribo esta nota Kenia reporta 129 casos diarios, en un país de casi 50 millones de personas. Pero Ayenza sí supo de enfermos de malaria y tifoidea.

Al entrenar, los corredores no usaban mascarillas. El tapabocas se usa, allá, en las grandes ciudades, sobre todo para entrar a lugares cerrados, donde también se exige el lavado de manos.

El 20 de septiembre día de su cumpleaños su entrenador Richard Mukche le ayudó a unirse al entrenamiento en la pista junto a Brigid Kosgei, quien ostenta el récord femenino de las maratones y Vivian Kiplagat, ganadora de los maratones de Abu Dhabi y México en 2019; entre otras glorias de ese deporte.

Mientras estuvo allá conoció el museo de Saint Patricks que recoge historias de diferentes corredores. La de ella también está ahora plasmada allí, con sus zapatillas y fotos.

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La historia de la corredora que creció con escoliosis quedó plasmada en el museo de St. Patricks en Iten. Foto: Ayenza Matthews.

La directora del museo la invitó a conversar con los alumnos de la escuela St. Patricks, en Iten. Frente a un grupo de jóvenes, ella contó su historia, la que le permitió convertirse en corredora. Les habló de su país, Panamá y sus costumbres. También los motivó a continuar sus estudios y no poner todas sus esperanzas en el deporte, no fuera a ser que una lesión u otro accidente entorpeciera ese camino, y seguir adquiriendo conocimientos y prepararse.

En Kenia muchas personas viven en situación de pobreza. Algunos corredores que visitan el lugar llevan donaciones. Ayenza también quiso ayudar, compró juguetes para la Navidad y llevó medicinas a una tribu Masai.

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Ayenza junto a Johnson. ‘Me enseñó a saltar como los Masai’. Foto: Ayenza Matthews.

Una playa, unos camellos y un admirador

Para conocer más del país, que iguala en tamaño a toda Centroamérica, se fue a la ciudad de Ukunda, a orillas de la playa Diani.

Un día, caminando a la orilla del mar, donde muchos vendedores ofrecen sus productos a los turistas, le saludó un hombre que vendía tours. ¿De dónde eres? le preguntó él en inglés. En Kenia se habla, de forma oficial, inglés y suajili. Cuando ella le dijo “De Panamá”, él usó su voz más entusiasta para decir: “¡Hello, Panamá!”. Ella respondió con un seco “hello” y siguió su camino.

La corredora disfrutó de algunos algunos tours y paseos típicos de los turistas. Unos días después estaba en la playa en una sesión de fotos, turísticas, con unos camellos. Luego de unas cuántas tomas Ayenza pidió ver las fotos y se encontró con que a ella y hasta al camello le habían cortado la cabeza.

Se enojó y le reclamó en voz alta al supuesto fotógrafo. Fue entonces cuando apareció aquel muchacho que la saludó días atrás. ¿Qué pasa con esa Mzungu (persona de piel clara)? Preguntó al verla tan alterada.

Terminó él por hacerle las fotos. Luego de eso empezaron a conversar y a caminar juntos, él le obsequió un collar. Johnson Parimbai pertenecía a la tribu Masai. Ayenza no paró de hacerle preguntas sobre sus costumbres y cultura. Más que un interés romántico, tenía curiosidad. Tanta que él llegó a decirle que nunca le habían hecho tantas preguntas.

Cuando le tocó a él preguntarle cómo había llegado a Kenia, ella recordó todo lo que le había pasado meses antes y respondió: “por la gracia del espíritu santo”. Ayenza cree que al expresar una creencia espiritual creó un lazo de confianza con quien se iba a convertir en su novio.

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El interés de Ayenza sobre la cultura masai los acercó.

Tuvo que regresar a Iten para terminar con sus certificaciones, pero quedaron en volver a verse. A su regreso él la llevó a conocer a su familia en la ciudad de Amboseli. Aunque entre los masai no hay demostraciones de afecto como abrazarse o tomarse de la mano en público, la comunidad es cálida. Se reúnen para comer y comparten.

De alguna forma Ayenza recordó su infancia en Panamá, en los años 1980, cuando, sin tener que llamar, tenía la confianza para ir a casa de cualquiera de sus amigas y comer allí.

Como el cortejo no existe entre los masai, y los matrimonios son arreglados, Johnson se esforzó por agradar a Ayenza. Le compró flores y le pidió la mano en la playa. Dice que vio ideas de propuestas en internet, incluso de un hombre que se tatuó el nombre de su amada pero él tampoco quería llegar tan lejos. Le contó luego a ella en broma.

Para Ayenza fue triste regresar a Estados Unidos. Por ahora mantiene su relación a distancia y aunque sabe que hay muchos obstáculos, disfruta de este amor. Como lo muestra su historia, para esta corredora hay pocos imposibles.