Canadá tiene varias ciudades famosas, pero ninguna se parece entre ellas. De eso se jactan los habitantes de Toronto. A mí me recordó a Nueva York, solo que más ordenada y menos saturada. Hasta tiene una avenida -Dundas- que evoca a Times Square, pero de menor escala. Llegar a esta ciudad en otoño es sencillamente cautivador. Las hojas de colores que cubren las calles y los parques parecen confeti.

La ciudad tiene mucho que ofrecer, no solo con sus atracciones turísticas, sino con su oferta gastronómica y como destino de compras (el cambio del dólar nos favorece). La gente es muy cordial: cada vez que me paraba en la calle a revisar mi mapa, se me acercaba alguien a preguntarme si estaba perdida o si me podía ayudar.

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Paseo por la ciudad

Mucho por explorar

La Torre CN, emblemática de la silueta de la ciudad de Toronto, es una parada obligada. Cuando se construyó, en 1976, era la torre más alta del mundo con 533 metros. Aunque ya no ostenta ese título, proporciona vistas espectaculares, claro, si el clima lo permite. Para quienes desafían el vértigo, vale la pena pararse sobre el piso de vidrio y apreciar el mundo desde 342 metros del suelo.

Abajo de la torre de telecomunicaciones se encuentra el Ripley’s Aquarium, y cerca el Toronto Harbour, de donde se puede tomar un barco para hacer un recorrido panorámico por el lago Ontario -que es tan extenso que parece un mar- y apreciar la ciudad desde el agua. En el Scotiabank Arena y el Rogers Centre, hogar de los Blue Jays, se presentan con frecuencia diversos espectáculos.

El Distillery Historic District, que fue en su momento la meca de la industria licorera de Toronto, es en la actualidad una de las áreas más vibrantes de la ciudad. Edificios industriales de la era victoriana albergan restaurantes, galerías, bares, boutiques y cafeterías. Eso sí, hay que llevar zapatos apropiados para transitar sus calles de piedra.

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Casa Loma

Una mansión con 98 cuartos

Sir Henry Pellatt, un acaudalado empresario de la época, construyó la casa de sus sueños. La misma asemeja un castillo medieval y le costó millones de dólares. Sin embargo, gracias a -o por culpa de- las deudas que fue acumulando, Pellatt perdió su casa, la cual pasó a manos del gobierno en 1924. Hoy en día es un museo, donde se han filmado escenas de películas como Chicago y X-Men.

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Bata Shoe Museum

Zapatos, zapatos y más zapatos

Este museo celebra el estilo y la función de los calzados. Más de 4 mil 500 años de historia se recorren por decir, paso a paso, en la exhibición permanente All about shoes, donde se pueden apreciar desde sandalias egipcias y chancletas chinas, hasta zuecos de madera y las creaciones de los diseñadores más cotizados de la actualidad.

Otras exhibiciones se van rotando, como la de Manolo Blahnik: The Art of Shoes, a la vista hasta enero de 2019, en la cual queda de manifiesto la maestría del aclamado diseñador que ha sabido fusionar arte y moda.

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Las cataratas del Niágara

Agua por todos lados

A medida que nos alejábamos de Toronto, el paisaje se tornó más hermoso. Después de hora y media, llegamos al lado canadiense del río Niágara. Al bajarnos del bus el guía nos aclaró que no era lluvia lo que caía sobre nosotros, sino el agua que salpicaba desde las cataratas. Tan potentes son los chorros de agua, que a medio kilómetro de distancia aún se sentía un rocío perpetuo.

Hay muchas formas de admirar esta maravilla de la naturaleza: desde arriba, a 160 metros de altura, en la torre Skylon; desde atrás, en un tour de las cavernas que serpentean debajo de las cataratas; y de frente, con un paseo en el Hornblower, uno de esos barcos repletos de turistas con ponchos rojos. Entre más la embarcación se aproximaba a las cataratas, sentía que me estaba adentrando en una lavadora. Caía agua por todas partes; adiós blower. Pero fue una experiencia excepcional. A la regresada nos detuvimos en Niagara on the lake, un pueblo pintoresco, adorable y con gran valor histórico, lindo para comer, comprar y pasear.

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St. Lawrence Market

Deleite para la vista y el paladar

Este mercado, situado en un edificio recubierto de ladrillos, alberga 120 comercios dedicados, en su mayoría, a la venta de comida. Salta a la vista el colorido de las frutas, las aceitunas, el surtido de quesos y fiambres y los manjares del océano, en un festival para los sentidos. En 208 años ha sido parada obligada para amas de casa, turistas y chefs del calibre de Emeril Lagasse y Anthony Bourdain.

Me dije que el último día del paseo volvería para hacer mis compras. Lástima que no sabía que permanece cerrado los domingos y lunes, así que cuando llegué lo encontré apagado y me fui con las manos vacías.

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