¡Quédate un día más. Deja que la diversión continúe. Hay tantas aventuras en Puerto Rico que necesitas pasar más tiempo en la isla para disfrutarlas!, invitan al viajero desde Discover Puerto Rico.
Y desde luego existen muy buenas, sobradas y variadas razones para aceptar la tentadora invitación a quedarse en “ese lugar donde cada rincón cuenta una historia”, que lanzan desde el sitio oficial de turismo de Puerto Rico, que forma parte de Estados Unidos como Estado Libre Asociado.
Puerto Rico exhibe la mezcla de distintas culturas, costumbres y tradiciones del mundo que, a lo largo de la historia, convergieron en la región: desde las españolas y africanas, que se unieron a las que ya se encontraban en la isla a manos de los indios taínos, hasta el posterior nexo a Estados Unidos, que condujo a la adopción de múltiples formas del estilo de vida norteamericano.
Dentro de las tradiciones de esta isla cálida, musical y colorida, con más de 3 millones de habitantes, y donde son comunes tanto el inglés como el español predominando el segundo idioma, abundan las festividades, muchas de ellas herencias de la religión católica.
La Isla del Encanto

Pasear por las callejas de San Juan, contemplando las fachadas de colores pastel, es viajar al pasado, la calma y la belleza. Foto: Zixi Zhou/Unsplash.
Puerto Rico, ‘La Isla’ como la llaman sus habitantes, es un vibrante tapiz de color: fachadas históricas, costas turquesas y paisajes diseñados para ser descubiertos. Allí uno puede comenzar el día bajo el frondoso follaje de un bosque tropical y terminarlo contemplando el atardecer desde un fuerte centenario.
La Isla se mueve al ritmo de su gente. El visitante puede sentirlo en los mercados locales y saborearlo en su gastronomía, por ejemplo, compartiendo un plato de pernil asado entre amigos. Su cultura arraigada en la calidez, la celebración y el sentido de pertenencia, genera una energía que envuelve, según DPR.
Y a quienes buscan emoción, Puerto Rico les ofrece múltiples opciones de aventura, desde deslizarse por algunas de las tirolinas más largas del mundo, hasta explorar cuevas de piedra caliza o surfear antes del mediodía con unas olas que se encuentra al nivel de las mejores del mundo, enfatizan.
Puerto Rico ha registrado recientemente un récord histórico de 14,5 millones de pasajeros en sus aeropuertos y la llegada de más de 1,8 millones de viajeros cruceristas, consolidándose como el corazón del turismo en el Caribe, según los expertos.
La ‘fórmula del éxito’

Con cifras récords de cruceristas y de pasajeros en sus aeropuertos, la isla se consolida como corazón turístico del Caribe. Foto: Diego F. Parra/Pexels.
Para Enrique Sancho, especialista en mercado y tendencias turísticas, el secreto de este éxito es “una fórmula única que combina cinco siglos de herencia compartida con Europa, una naturaleza desbordante protegida con celo y una inigualable capacidad para conectar emocionalmente con el viajero a través del ritmo, la gastronomía y su vibrante identidad cultural”.
Los pasos resuenan de un modo especial sobre las calles del Viejo San Juan, el distrito histórico de San Juan de Puerto Rico, la capital de la Isla, las cuales se caracterizan por su atractiva tonalidad azulada y su brillo especial, y que se vuelven un tanto resbaladizas cuando la lluvia ha caído sobre ellas.
Ello se debe a que sus adoquines son de mineral de hierro y escoria. Estas piedras labradas se usaban como lastre en los galeones españoles para equilibrar los barcos en la travesía de ida desde la Península Ibérica, y se descargaban en el puerto de San Juan antes de rellenar las bodegas con las riquezas del Nuevo Mundo.
Esos adoquines guían los pases del visitante entre fachadas de colores pastel y balcones coloniales colmados de buganvillas, hacia distintas plazas que respiran cultura y belleza.
Calles y fortalezas de San Juan

Disfrutar de las aguas cristalinas y de un color turquesa transparente de las playas de la isla es una experiencia casi onírica. Foto: Wei Zeng/Unsplash.
Visitar los castillos San Felipe del Morro y San Cristóbal, imponentes fortificaciones que vigilan la bahía y defendieron la ciudad contra corsarios y piratas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, es como viajar en el tiempo.
En la icónica Plaza de San José se erige el Museo Pablo Casals, el gran violonchelista y compositor catalán, cuya madre era de origen puertorriqueño y quien vivió sus últimos y más fructíferos años en esta isla, donde su legado sigue presente a través del Festival Casals y la Orquesta Sinfónica Nacional, que él fundó.
Pasear por las callejas de San Juan, como la del Hospital o la de las Monjas, contemplando las fachadas de tonos pastel en rara armonía, los balcones coloniales, algunos de madera, colmados de buganvillas, y los enrevesados trabajos en forja de algunas rejas, traslada al viajero a los primeros tiempos de la ciudad fundada por el explorador Juan Ponce de León en 1508.
En el centro de la ciudad, la plaza de Las Rogativas recuerda uno de los hechos gloriosos que jalonan la historia de San Juan. En uno de los cercos que la armada inglesa sometió a la ciudad, un obispo decidió sacar en procesión a todas las mujeres, ancianos y niños, portando antorchas, para rogar la intervención divina.
Desde sus barcos, los ingleses avistaron las largas filas de luces recorriendo la ciudad y pensaron que eran refuerzos que acudían desde el interior de la isla, con lo que a la mañana siguiente levantaron el bloqueo y zarparon hacia alta mar.
La fusión entre lo español y lo criollo destaca especialmente en la gastronomía. Antes de dejar la capital, hay que probar en los restaurantes del vecindario de Santurce, el distrito más artístico y bohemio de la ciudad, el mofongo, plato a base de plátano verde frito y machacado con ajo, y el lechón asado a la varita, plato nacional puertorriqueño.
Ese espíritu festivo e integrador se traslada a su música y folclore. La décima espinela, estructura poética del Siglo de Oro español, sigue siendo el alma de la música “jíbara” del interior de la isla, donde los trovadores improvisan versos al son del cuatro puertorriqueño (un instrumento hermano de la guitarra española).
La exuberancia natural del interior

Los fascinantes y variados espacios verdes de Puerto Rico ofrecen opciones para la aventura y la contemplación. Foto: J. Amill Santiago/ Unsplash.
Más allá de San Juan, de las murallas y el asfalto, la naturaleza de Puerto Rico la isla estalla en un verde casi irreal.
A poca distancia de la capital se alza el bosque pluvial tropical El Yunque, santuario donde las nubes se confunden con las copas de los árboles, los senderos huelen a tierra húmeda y se descubren hermosas cascadas cristalinas, y se escucha el incesante canto del ‘coquí’ la diminuta rana símbolo de la isla.
Cuando cae la noche se despierta el fascinante espectáculo de la bioluminiscencia (organismos vivos que producen luz). En la bahía de Mosquito o en la paradisíaca isla de Vieques, en los que el agua resplandece ante el menor movimiento con un brillo azul eléctrico, convirtiendo el baño en una experiencia casi celestial.
Vieques y Culebra, dos pequeñas ínsulas conocidas como las ’Islas Nenas’ y con algunas de las playas vírgenes más hermosas y tranquilas del Caribe, con una arena blanca fina como el talco y aguas de un azul turquesa tan transparente que cuesta creerlo, son apuesta de Puerto Rico por un turismo de lujo basado en la preservación, el bienestar y el descanso genuino.
Capital del ron y la salsa

Hay destinos que se recorren con los ojos y otros que se graban en el alma; Puerto Rico pertenece a los segundos. Foto: Nils Huenerfuerst/ Unsplash.
Puerto Rico es, por derecho propio, la capital mundial del ron. Más del 70% del ron que se consume en Estados Unidos se produce en la isla, en cuyas destilerías se añejan algunos de los elixires más codiciados, licores suaves y espirituosos que son la base de la coctelería caribeña internacional.
Además, la isla reclama ser la cuna de la Piña Colada, nacida en los templos cocteleros del San Juan de mediados del siglo XX.
“Y no se puede entender el ron sin el baile, ni la isla sin la salsa”, destaca Sancho, recordando que aquí este ritmo encontró su corazón y su voz más universal, convirtiendo las esquinas, los locales del Viejo San Juan y las fiestas patronales en una pista de baile perpetua donde la música no es un simple entretenimiento, sino la forma más pura y vibrante de entender la vida”.
“Desde la ‘bomba’ y la ‘plena’, ritmos musicales afrocaribeños más antiguos y tradicionales de la Isla, pasando por la edad de oro de la salsa, hasta convertirse en la indiscutible factoría global de los ritmos urbanos modernos, Puerto Rico demuestra que su mayor patrimonio es su gente: hospitalaria, orgullosa de sus raíces y dueña de una alegría contagiosa”, concluye.
Daniel Galilea. EFE – Reportajes
