El Caribe ama bonito y te estremece. Es un abrazo de sal y humedad que te avisa que el tiempo, a partir de ahora, será distinto. Llegamos a Portobelo un viernes por la tarde, justo cuando este histórico pueblo de Colón empezaba a encenderse con la luz del ocaso. Al cruzar el umbral de La Morada de la Bruja, mis ojos se detuvieron en la bahía: un abismo de aguas mansas rodeado por la selva y la historia.
Pequeñas embarcaciones, mecidas por el vaivén de las olas, descansaban sobre el agua. El sol se despedía con un espectáculo de malvas y amarillos sobre el azul de la bahía. Nos hospedamos en la “casa blanca”, parte del conjunto de casitas que componen este refugio de la artista Sandra Eleta. Es un espacio diseñado para quien quiera sumergirse en este territorio de origen cimarrón, donde el tambor habita en cada calle.
La Casa Blanca de La Morada de la Bruja, en Portobelo, Colón. Foto: Cortesía
Estar en esa casa es una experiencia con vida propia. Instalada sobre el mar, su terraza es una invitación abierta a la brisa; un palco para observar el baile del sol y la lluvia, para ver a la gente partir y llegar. Allí el arte, la fuerza ancestral y la tradición conviven libremente. Y cuando es necesario, también hay silencio.
La morada respira arte. En la cocina, en las habitaciones, en los baños, en las escaleras. En cada paso está la mano de la creadora. En la terraza nos observa Putulungo el pulpero, quizás la mirada más profunda de la fotografía panameña.

‘Putulungo, el pulpero’, icónica fotografía de Sandra Eleta contenida en su serie ‘Portobelo’, c. 1977.
Es una de las imágenes más icónicas de Sandra, capturada en la década de los 70: un hombre negro con su dignidad infranqueable sostiene una mantarraya como quien carga un cetro. Sus ojos escudriñan y se ahondan en el alma de quien lo mira; es un encuentro cara a cara con la soberanía de Portobelo.
Y los libros
Hay libros. Muchos. Tuve en mis manos El Imperio eres tú, de Javier Moro; también una edición de bolsillo de El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, con su revolución íntima y caribeña. Más abajo, Divorcing the Dictator, de Richard Feinberg, abría preguntas sobre rupturas políticas recientes. Una biblioteca que parece hablar de la vida observada desde todas las orillas.
Me habría quedado allí, suspendida entre esa estética y sus historias, pero afuera la vida caía con sus propias leyes. Una noche profunda y cargada de sonidos. El repique de un tambor terminó por sacarme del refugio. Y ahí, en la calle, la mística se volvió carne: risas estruendosas, miradas que te miden sin miedo y manos que castigan con ritmo el cuero del tambor.

La despedida del sol: cuando el Caribe enseña la exuberancia de sus colores y confirma que, al final, la vida redime. Foto: Cortesía
Frente a la Escuelita del Ritmo, un grupo de portobeleños le ganaba a la noche a punta de repique. Pasaban del coro urbano de “Hawái”, de Bad Bunny, a la cadencia de “Gotas de lluvia”, esa vieja salsa del Grupo Niche. De vez en cuando, soltaban un sonido congo, como homenaje a la tierra que los parió.
En Puerto Francés
Al día siguiente, la playa Puerto Francés nos esperaba a veinte minutos de lancha. Efraín gobernaba la embarcación. Con las manos curtidas en el mar, llevaba el timón con la autoridad de quien domina el agua y el viento por oficio.
Desembarcamos en ese rincón donde el Caribe es íntimo y la selva recupera su espacio. Calor abrasador, brisa loca. El eco de un mar que a veces se torna bravo al golpear las rocas. Mi amiga Sol y yo fantaseamos con quedarnos allí para siempre.

Puerto Francés, Portobelo, en Colón. Foto: Cortesía
De vuelta en La Morada, el atardecer nos encontró en la terraza, intentando procesar el contraste entre la furia del mar y la paz de la casa. Era sábado 31 de enero. La noche trajo una luna llena que dejó la bahía en blanco y negro, pero abajo, en la plaza, el tambor no daba tregua. Bailamos. No hubo noción del tiempo, solo ritmo, tradición y el pulso eléctrico que solo saben liberar los congos cuando la noche les pertenece.

Dignidad y color: las herederas de una tradición cimarrón que le gana a la noche a punta de ritmo. Foto: Cortesía
La estirpe que vigila
Llegó el domingo. El sonido de un mar potente, que parecía haber recobrado fuerzas durante la madrugada, terminó por sacudir la inercia de las sábanas y animó a los cuerpos a buscar el sol. Pero antes de salir, la habitación reclamó su cuota de atención.
Dormir en La Morada es hacerlo bajo la vigilancia de una estirpe. En las paredes del cuarto, las imágenes dictaban su propia ley. Un cuadro mostraba a un niño coronado como un pequeño rey congo; su torso desnudo y su expresión seria, casi adulta, enmarcados por un borde de símbolos verdes y blancos que parecían un código secreto de la selva.
La habitación verde con los cuadros de los niños congo. Es la imagen que ilustra "dormir bajo la vigilancia de una estirpe". Foto: Cortesía
A pocos pasos, otra pieza de Sandra detenía el tiempo: unas manos curtidas, oscuras como el carbón, se posaban sobre la cabeza de un joven, como si le estuvieran transfiriendo todo el peso de Portobelo en un solo gesto.
Sandra y los niños
Esa conexión entre Sandra y los niños tiene una historia profunda; fue el cimiento de todo. Al principio, para la gente del pueblo fue incomprensible que una mujer blanca, de la capital, decidiera instalarse en la casa del muerto D’Orcy, un hogar sin electricidad ni comodidades.
Ella misma lo describió como una “extrañísima sensación”, un destino que le resultaba absolutamente natural. Todo eso se cuenta en el libro Sandra Eleta: El entorno invisible. Allí se relata que la integración con Portobelo no le llegó por los adultos, sino a través de los niños. Atraídos por la curiosidad que despertaban sus velas y su música clásica, ellos fueron el puente sin prejuicios.

Sandra Eleta. Al principio, para la gente del pueblo fue incomprensible que una mujer blanca, de la capital, decidiera instalarse en la casa del muerto D’Orcy, un hogar sin electricidad ni comodidades. LP/Archivo
Primero la llamaron “la loca”, pero pronto, por esas mismas velas que encendía en la oscuridad de la noche, el apodo mutó a uno definitivo y cargado de un respeto ancestral: “La Bruja”. Así, lo que empezó como una extrañeza se convirtió en una integración profunda que hoy se respira en cada rincón de la casa.
Caminé a la terraza. El café sabía a despedida. El sol de la mañana golpeaba la bahía y el viento soplaba incesante, rebelde y borrascoso. Había aviso de tormenta. Esa agitación del clima parecía ser el último mensaje de la costa: Portobelo no te deja ir sin recordarte quién manda. El mar, que el viernes nos recibió con un “besito” engañoso, ahora mostraba los dientes.

Puerto Francés, Portobelo. Foto: Cortesía
Al final de la tarde, Sol y yo emprendimos el regreso a la capital. Efraín, nuestro guía en el agua, cambió el timón por el volante para sacarnos de aquel universo. Se acercaba la noche y otra vez el Caribe enseñaba la exuberancia de los colores que se dilatan cuando el sol se despide. El mar ahora estaba más furioso. Desde la carretera observamos el feroz baile de las olas rompiendo contra la costa.
Fue entonces, con la ciudad asomando en el horizonte, cuando le conté a Sol la historia inacabada que yo tenía con La Morada. Le hablé de esa visita que quedó truncada hace más de una década, de los muros que otros levantaron en ese entonces. Ella me escuchó en silencio y, con la sabiduría de quien sabe leer a la gente, me dijo: “La vida redime”.

Exteriores de La Morada de La Bruja, Portobelo. Foto: Cortesía
Entendí entonces que ese fin de semana la estancia entre cuadros y libros había sido, en el fondo, un acto de justicia personal. Estar allí, bajo mis propios términos, fue mi propia forma de ganar. La Morada de la Bruja sabe esperar a que cada uno llegue a su puerta en el momento exacto.

Exteriores de La Morada de la Bruja, Portobelo. Foto: Cortesía

