Cuando una persona acude al médico para perder peso quizás tenga en mente un número de libras o una apariencia “ideal”. La médica nutrióloga Rosa Larreátegui Arosemena conoce bien esas inquietudes. Durante una conferencia en el VIII Congreso de Salud Mental, compartió cómo en su práctica clínica procura que la conversación con sus pacientes vaya más allá de las libras que se quiere perder. Le interesa conocer sus expectativas, pero también los cambios que experimentan en su salud y en su vida cotidiana.
Este enfoque forma parte de una transformación más amplia en la manera de comprender y tratar la obesidad, una enfermedad que durante mucho tiempo estuvo rodeada de prejuicios. Comer menos y hacer más ejercicio parecían ser las únicas recomendaciones. Si una persona no conseguía adelgazar o recuperaba las libras perdidas, se le atribuía falta de disciplina o voluntad.
Hoy se reconoce que intervienen factores biológicos, genéticos, ambientales y sociales que influyen tanto en el aumento de peso como en las dificultades para mantenerlo después de adelgazar.
«Después de perder peso, el organismo puede activar mecanismos que favorecen su recuperación», explica el médico Diego Abella, director asociado de Future Portfolio de Novo Nordisk para América Latina.
Reconocer la obesidad como una enfermedad crónica permite ofrecer una atención sostenida y libre de estigmas. «Reducirla únicamente a una cuestión de voluntad resulta inexacto y puede dificultar el acceso a una atención adecuada», señala Abella.
Esto tampoco significa que todas las personas necesiten medicamentos. El tratamiento debe responder a una evaluación de su salud general, las posibles complicaciones y sus circunstancias particulares.
Más allá del índice de masa corporal
La forma de diagnosticar la obesidad también está en revisión. En enero de 2025, una comisión internacional de 58 especialistas publicó en la revista científica The Lancet Diabetes & Endocrinology una propuesta para revisar los criterios diagnósticos. Entre sus planteamientos está distinguir entre obesidad clínica, cuando el exceso de grasa corporal ya afecta el funcionamiento del organismo, y obesidad preclínica, cuando existe exceso de grasa, pero todavía no se presentan esas alteraciones.
La comisión propone complementar el índice de masa corporal (IMC), que relaciona el peso con la estatura, con otras mediciones y una evaluación de las posibles afectaciones en la salud y las actividades cotidianas.
«El índice de masa corporal puede orientar la evaluación, pero por sí solo no describe completamente el estado de salud», explica Abella. Entre los aspectos que considera necesario revisar menciona el perímetro de cintura, la presión arterial y la presencia de enfermedades como diabetes tipo 2 o problemas cardiovasculares.
Larreátegui, quien trabaja en la Ciudad de la Salud, también destacó durante su conferencia las limitaciones del IMC y la importancia de conocer la composición corporal: cuánto corresponde a grasa y cuánto a masa muscular.
La distinción importa porque al adelgazar no solo puede perderse grasa, sino también músculo. Para protegerlo, Abella recomienda una alimentación adecuada, suficiente consumo de proteínas según las necesidades individuales y ejercicio de fuerza. La movilidad y la capacidad funcional son otros indicadores que conviene observar durante el tratamiento.
¿Dónde entran los nuevos medicamentos?
El desarrollo de nuevos fármacos ha ampliado las opciones para tratar la obesidad y despertado un creciente interés por sus resultados. Entre ellos se encuentran medicamentos basados en semaglutida y otras moléculas, cuyas indicaciones, dosis y mecanismos de acción pueden ser diferentes. No todos los tratamientos son intercambiables ni todas las personas son candidatas a utilizarlos.
Antes de recomendarlos, Abella considera necesario conocer la historia de peso del paciente, sus hábitos de alimentación y sueño, su actividad física, salud emocional, antecedentes médicos y motivos de consulta.
También invita a mirar con cuidado los porcentajes de pérdida de peso anunciados en los estudios clínicos. Son promedios obtenidos en grupos específicos de pacientes y no permiten anticipar exactamente los resultados individuales. Influyen la dosis, el tiempo de tratamiento y las condiciones de cada persona.
A esto se suman los posibles efectos adversos. Con semaglutida, los más frecuentes son gastrointestinales: náuseas, diarrea, vómitos y estreñimiento. Aunque muchos pueden manejarse mediante ajustes graduales de la dosis y seguimiento médico, síntomas como dolor abdominal intenso o vómitos persistentes que dificulten la hidratación requieren atención inmediata.
Hay otra pregunta que conviene hacerse antes de comenzar: ¿qué ocurrirá cuando se suspenda el medicamento? Abella explica que puede aumentar nuevamente el apetito y recuperarse parte del peso perdido. Por ello, la duración del tratamiento debe evaluarse según los beneficios, la tolerancia y la evolución clínica.
También está el costo. Una persona puede tener recursos para iniciar un tratamiento, pero no necesariamente para sostener las dosis de mantenimiento, las consultas y el seguimiento durante meses o años.
«El costo es un aspecto importante que debe considerarse desde el inicio, especialmente cuando se trata de una enfermedad crónica cuyo manejo puede requerir seguimiento a largo plazo», advierte.
Las mujeres y sus necesidades particulares
En las mujeres, las distintas etapas de la vida también influyen en las decisiones sobre el tratamiento. Durante la menopausia, los cambios hormonales pueden favorecer el aumento de peso y modificaciones en la composición corporal. La pérdida de masa muscular merece especial atención, por lo que conservar la fuerza y mantener una nutrición adecuada son objetivos tan relevantes como adelgazar.
En edad reproductiva, las decisiones sobre medicamentos deben considerar además los métodos anticonceptivos y los planes de embarazo. Abella recuerda que la semaglutida no debe utilizarse para controlar el peso durante la gestación y debe suspenderse antes de un embarazo planificado, de acuerdo con la información de prescripción aprobada.
Pero las necesidades de una paciente no se limitan a los cambios físicos. Durante su participación en el Congreso de Salud Mental, organizado por el Instituto Nacional de Salud Mental de Panamá, Larreátegui también abordó las expectativas sobre la apariencia corporal y la importancia de contar con equipos multidisciplinarios que puedan atender tanto los aspectos nutricionales como los emocionales.
No todas las personas necesitan la intervención de las mismas especialidades. Lo importante es identificar qué requiere cada paciente y establecer objetivos que puedan sostenerse en el tiempo.
Así, mientras los avances farmacológicos ofrecen nuevas posibilidades, también evoluciona la manera de evaluar sus resultados. El éxito de un tratamiento no se mide únicamente por las libras perdidas, sino por lo que esa pérdida representa para la salud y la vida de cada persona.
Nota: Este artículo tiene fines informativos y no sustituye la evaluación ni las recomendaciones de un profesional de la salud. Los tratamientos para la obesidad deben ser individualizados y cualquier decisión sobre el uso de medicamentos requiere valoración y seguimiento médico.


