Nos enseñaron la canción de La vaca Lola como algo simple: “la vaca Lola tiene cabeza y tiene cola… y da leche”.
Pero, ¿qué pasa cuando la vaca Lola no tiene leche?
Ser madre viene cargado de expectativas. Algunas hermosas, otras silenciosamente pesadas. Entre ellas, una de las más idealizadas es la lactancia materna: ese acto casi sagrado que pareciera definir el “buen maternaje”. Y sí, es hermoso. Es conexión, es nutrición, es vínculo. Pero también puede ser frustración, culpa, dolor… y silencio.
Soy terapeuta ocupacional, trabajo con familias, hablo de regulación, de crianza respetuosa, de conexión emocional. Pero hubo algo que nadie me enseñó: a escuchar mi propio cuerpo en medio de la maternidad.
Mis dos embarazos fueron por cesárea. En el primero, a pesar de haber tomado cursos y contar con acompañamiento en lactancia, lo logré después del cuarto día pero por un tiempo (solo dos meses). Pero el regreso al trabajo, las exigencias y cuatro episodios de mastitis terminaron por romper ese proceso.
En el segundo intento no logré amamantar como esperaba. El estrés, el dolor, los medicamentos… todo eso jugó un papel que en teoría conocía, pero en la práctica no supe manejar. El cortisol (la hormona del estrés) interfiere directamente con la prolactina y la oxitocina, necesarias para la producción y eyección de leche. Mi cuerpo no estaba en calma, y sin calma, no hay flujo.
Y con ambos procesos termino una idea que cargaba sin cuestionar: que amamantar era la única forma válida de vincularme profundamente con mis hijas.
Hoy entiendo algo distinto. El vínculo no vive en la leche. Vive en la presencia.
El apego seguro se construye cuando sostenemos la mirada, cuando respondemos al llanto, cuando abrazamos sin prisa, cuando acompañamos desde la calma. Se construye en lo cotidiano: en cargar, en mecer, en hablar, en cantar, en estar.
Desde la neurociencia y la integración sensorial, sabemos que el sistema táctil y propioceptivo son fundamentales en el desarrollo emocional. El contacto piel con piel, los abrazos firmes, el balanceo suave, el sostén corporal, incluso actividades como envolver al bebé o simplemente tenerlo cerca mientras respiramos profundo… todo eso regula su sistema nervioso. Y el nuestro.
Porque sí, para regular a un niño, primero necesitamos regularnos nosotros.
La maternidad no es un estándar. No es una lista de chequeo. No es una competencia silenciosa de quién lo hace mejor.
Es una experiencia profundamente humana.
La lactancia es hermosa, pero también es demandante. Implica renuncias, ajustes, cuidado personal, alimentación consciente, descanso (cuando se puede) y una gran carga emocional. Y de eso, casi no se habla.
Por eso hoy te lo digo, mamá: si la vaca Lola no tiene leche, sigue siendo suficiente.
Porque tu presencia, tu amor, tu capacidad de sostener emocionalmente… eso también alimenta. Y muchas veces, es lo que más nutre.
* La autora es terapeuta ocupacional.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

