Quizá la hayas visto sin saber que es ella. Con el cabello rojo, los labios del mismo tono, un vestido cubierto de círculos, sentada frente a su obra, que puede ser una calabaza amarilla con puntos negros o una habitación de espejos donde pequeñas luces parecen repetirse sin fin.
Yayoi Kusama murió el 14 de agosto en un hospital de Tokio, a los 97 años. Su museo y la fundación que lleva su nombre anunciaron la noticia el 27 de agosto. Hasta su muerte siguió pintando y haciendo colaboraciones comerciales.
En 2023, sus puntos cubrieron carteras, zapatos y fachadas en la segunda colaboración de Kusama con Louis Vuitton. La primera había ocurrido en 2012 (fue en esa colaboración que supe por primera vez de ella). La propia casa francesa recordó ambas alianzas tras conocerse su muerte.
En un mundo acostumbrado a desechar modas y a preguntar qué sigue, Kusama pasó más de setenta años regresando a ciertas imágenes: puntos, redes, flores, calabazas, ojos, formas orgánicas, espejos. Las repetía, las ampliaba y las llevaba de una tela a una habitación completa.
Antes de los lunares famosos
Yayoi Kusama nació en 1929 en Matsumoto, una ciudad de la prefectura japonesa de Nagano. Desde niña experimentó alucinaciones visuales y auditivas y comenzó a dibujar las redes y los puntos que aparecían en esas experiencias. El Museo Yayoi Kusama explica que la repetición y multiplicación de esos motivos terminarían formando parte de una idea central en su obra: la “autoaniquilación”, la disolución de una misma dentro de algo mayor.
A los 28 años tomó una decisión considerable para una mujer japonesa de su generación: se fue a Estados Unidos. Era 1957. Se instaló en Nueva York y empezó a producir grandes pinturas cubiertas por redes repetitivas, las Infinity Nets. Después llegaron las esculturas blandas, las instalaciones, los happenings y los experimentos con espejos y luces. El Whitney Museum sitúa su trabajo de aquellos años dentro de una práctica que ya atravesaba pintura, escultura, performance e instalación. Una de sus primeras salas de espejos apareció en 1965.
Hoy entrar en una instalación inmersiva, buscar el mejor ángulo y sacar el teléfono parece una experiencia hecha para nuestra época. Kusama metió a la espectadora dentro de un espacio multiplicado por espejos cuarenta años antes de Instagram.

Una instalación de Kusama que incluía numerosos espejos redondos que mostraban el rostro de la misma joven, en la Tate Modern de Londres en 2014. / Getty Images
Sin pedir permiso ni intentar discreción
Con los años, Kusama construyó una apariencia reconocible: Peluca roja, vestidos estampados, puntos enormes, colores que hacían arder los ojos. Cuando empezó a necesitar silla de ruedas, esta apareció en sus fotografías junto con todo lo demás.
No cambió su manera de vestirse para ajustarse a la imagen más sobria a menudo asociada con una artista consagrada o con una mujer mayor. Kusama no se parecía especialmente al ideal de belleza de la moda occidental ni intentaba representar una feminidad japonesa tradicional.
Su apariencia se había convertido en una prolongación visual de su obra. A medida que envejecía, la imagen se hacía más reconocible, no menos.
La salud mental estuvo allí, pero no explica todo
En 1973 Kusama regresó a Japón. En 1977 ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde continuó viviendo durante décadas mientras acudía a trabajar a su estudio cercano.
No ocultó sus problemas de salud mental. Habló de las alucinaciones que experimentaba desde niña y de cómo algunas de ellas aparecían después en su obra. Sin embargo, no se puede reducir su producción artística a una consecuencia de la enfermedad.
Durante aquellos años escribió novelas y poesía, pintó, hizo esculturas e instalaciones y continuó exponiendo. Su obra atravesó etapas de mayor y menor reconocimiento internacional, pero no dejó de producirla.
Entre 2009 y 2021 produjo cerca de 900 pinturas de la serie My Eternal Soul y ese mismo año comenzó otra, Every Day I Pray for Love. Todavía en 2026 su museo presentaba exposiciones con trabajos recientes.
Su historia no cabe en el cliché de la artista atormentada. En cambio, muestra que una persona puede necesitar atención psiquiátrica durante buena parte de su vida y conservar una enorme capacidad de decisión y de trabajo.
De la contracultura a Louis Vuitton
Si alguien hubiera visto sus happenings en el Nueva York de los años sesenta, difícilmente habría podido imaginar que décadas después aquel mismo universo visual terminaría sobre una cartera de lujo.
Kusama organizaba performances y acciones públicas, experimentaba con desnudos, hacía piezas contra la guerra y se movía en una escena artística donde también trabajaban figuras como Andy Warhol.
En 2012 hizo su primera colaboración con Louis Vuitton. Diez años más tarde, la casa anunció un segundo proyecto que salió al mercado en enero de 2023. Esta vez los motivos de Kusama aparecieron no solo sobre el conocido monograma de la marca, sino también en instalaciones y escaparates alrededor del mundo de una de las marcas de lujo más reconocidas.
Así, una artista que había trabajado desde los márgenes terminó convertida en una de las imágenes más reconocibles del mercado global. Algo paradójico que encaja bien con su carrera.

Exterior de la tienda Louis Vuitton con el logotipo y una figura artificial gigante de Yayoi Kusama inclinada sobre el tejado, aparentemente colocando lunares multicolores en el edificio. / Reuters
La fama también llegó tarde
Kusama tuvo reconocimiento en Nueva York en los años cincuenta y sesenta, pero al volver a Japón atravesó un periodo de menor visibilidad internacional. Décadas después, grandes retrospectivas y nuevas generaciones de espectadores volvieron a colocar su obra en el centro de la conversación. Tate, el Centro Pompidou y otros museos internacionales presentaron exposiciones de gran escala, mientras el Museo Yayoi Kusama abrió sus puertas en Tokio en 2017.
Cuando buena parte del público mundial empezó a reconocer inmediatamente su peluca roja y sus calabazas, Kusama ya tenía más de 70 años. La importancia de una vida no se mide por cuánto logra producir hasta el último día.
Para Kusama la pintura siguió siendo parte de su rutina. En sus últimos años hizo obras de menor formato, continuó escribiendo y regresó a temas que la habían acompañado desde el principio. Cuando murió tenía una exposición abierta en su museo.
Kusama envejeció, necesitó cuidados, atravesó años de menor reconocimiento y siguió trabajando sin intentar convertirse en una versión más discreta de sí misma. Mientras tantas imágenes aparecen y desaparecen a enorme velocidad, ella pasó décadas construyendo una que todavía reconocemos. Es posible no conocer el nombre Yayoi Kusama y haber visto ya su obras y su mundo.
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