Hablar con el maestro Sergio Ramírez es tener acceso a un curso intensivo sobre literatura.

Hace unos días, el festival Centroamérica Cuenta, que arranca su versión panameña este lunes 18 de mayo, organizó un conversatorio digital con este autor oriundo de Nicaragua.

El tema era su novela El Caballo Dorado, donde propone una mirada inversa de los cuentos de hadas, donde no hay finales felices y sobran envenenamientos y traiciones.

Se propuso romper ese pacto formal “que el escritor establece con el lector sobre la credibilidad de la ficción, donde las costuras de la ficción están ocultas. En esta obra, el narrador agrega historias en la medida que las va inventando y se lo advierte al lector”.

La protagonista es una princesa que no reside en un castillo encantado, ni sale en una carroza tirada por caballos blancos. “Es una princesa pobre que vive con un padre borracho. Su príncipe azul es un barbero que piensa que ha inventado el carrusel a finales del siglo 19, cuando el carrusel ya estaba inventado”.

El Caballo Dorado es un ejercicio equilibrado entre aventura y sentido del humor. ¿Por qué? Por lo general, la gente lee porque quiere pasar un buen rato. “Y los libros deben estar abiertos a esa idea de que leemos para divertirnos, distraernos, y como consecuencia para instruirnos”.

Por eso, define el escribir como el arte de enganchar. “El juego está entre un lector que se deja seducir y un escritor que busca seducirlo”.

Esa seducción la aprendió de Miguel de Cervantes Saavedra. “Cuando aparece la segunda parte del Quijote, Sancho le pregunta al hidalgo si Rocinante y su burro aparecen en la historia. Yo aplico en El Caballo Dorado esa ruptura cuando mis personajes entran en un espacio y después entran a otro libremente”.

Hay que saber tocar las cuerdas sentimentales del lector. “Para que se conecte con la lectura, contándole historias que puede identificar como posibles en su vida. Un lector lee un libro porque quiere vivir otras vidas”.

El Caballo Dorado ocurre en Rumanía, Francia, Alemania y Nicaragua. ¿La razón? Muchas de las grandes novelas narran un viaje que resulta en algo sorpresivo: desde La Odisea, de Homero hasta Moby Dick, de Herman Melville, dice.

Empezó esta novela como un divertimento. No prepara un mapa narrativo capítulo por capítulo. “Si supiera todo lo que pasará, no me divertiría escribiéndola. Si alguien se aburre escribiendo, no hará un buen trabajo. Me gusta guiarme por la sorpresa del día”.

¿Cuál es la clave de las grandes historias? Su universalidad. “Seguimos siendo los mismos en los últimos ocho mil años. Las debilidades, los momentos de gloria y miseria, de heroísmo, cobardía, vileza e integridad siguen siendo exactamente los mismos”.

Por cómo van los avances tecnológicos, un día de estos amanecemos en Marte, pero el humano que esté en el planeta rojo “va a ser el mismo que nos describen Sófocles y Shakespeare en sus tragedias y comedias”.

¿Cuándo pone el punto final? “Uno siempre está poniendo un punto final provisional. El trabajo de corregir se vuelve infinito, y en determinado momento uno tiene que parar. El verdadero punto final lo pongo con la tecla de sent (enviar) y lo envío a la editorial Alfaguara”.

Luego empieza un diálogo con su editora. “Y tenemos largas conversaciones y discusiones y la novela se va moldeando con las opiniones de ella. Es importante escuchar una voz distinta a la que tienes por dentro que te dice que todo está muy bueno”.

¿Consejo para los jóvenes escritores? “Leer mucho, como condenados y viciosos. En la lectura uno comienza a aprender. Y uno comienza imitando a los que lee, y de eso no hay que asustarse, ni avergonzarse, hasta que uno va encontrando y consolidando su propia voz”.

Pero con cuidado porque la literatura tampoco es fuente de riqueza. “Eso es una equivocación pensar que uno se puede hacer rico escribiendo. Es una devoción, una dedicación. Uno escribe por necesidad, si uno se siente esa necesidad urgente de escribir, hay que abandonar el oficio. Escriban el tiempo que tengan libre”.

Distinciones

Desde que reside en España, a raíz de sus discrepancias con los actuales gobernantes de Nicaragua, ha recibido buenas nuevas.

Por ejemplo, El Caballo Dorado obtuvo el premio de la Cuarta Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. “No busco los premios, pero cuando los recibo, pues obviamente me llenan de mucha satisfacción. Yo soy 8 años menor que Vargas Llosa, quien era el último de la generación del boom. Leí mucho a esa generación y me ayudaron a convertirme en escritor”.

Otra muestra de alegría. Hace poco recibió el premio Ortega y Gasset de Periodismo y se lo dedicó a los periodistas. “El periodismo en América Latina es muy heroico, desde los países donde son asesinados por los carteles del narcotráfico como en México o Ecuador; la represión que sufren en El Salvador o cuando son perseguidos como en Nicaragua, donde han desaparecido todos los medios de comunicación y hay más de 400 periodistas viviendo en el exilio”.

Estamos cerca del Festival Centroamérica Cuenta en Panamá (18 al 23 de mayo), de la mano del Ministerio de Cultura. En un contexto regional marcado por la polarización y el populismo: ¿qué papel debe jugar la literatura? “Debe responder a la realidad de su entorno. Un escritor sueco o danés tendrán problemas distintos que uno de Paraguay o Nicaragua. Porque son realidades diferentes”.

Una diferencia es que en Latinoamérica el poder político representa una anormalidad. “Si fuera normal, si cada cierto tiempo se eligieran en paz los gobernantes a través de elecciones justas, esa situación pasaría desapercibida para la novela. Nuestra novela retrata el abuso, la violencia y la corrupción y eso la vuelve interesante”.