Pedro ‘Pedrito’ Altamiranda no fue únicamente un cantautor. Fue, en esencia, un intérprete agudo del alma panameña. Su obra -irreverente, humorística y profundamente crítica- logró algo que pocos artistas consiguen: retratar a un país sin solemnidad, pero con una honestidad que incomoda y, al mismo tiempo, seduce.
Desde joven mostró una inclinación natural hacia el arte y una curiosidad casi obsesiva por la cultura popular. Esa mirada -atenta, callejera, sin filtros- se nutrió de ritmos como el calypso, del folclore panameño y de su formación académica en Francia, donde profundizó en la filología y la literatura latinoamericana. No es un dato menor: ese rigor intelectual explica, en gran medida, la precisión de su lenguaje. Pedrito no improvisaba la crítica; la construía.
Su carrera, que abarca 12 álbumes y más de 200 canciones, es un mosaico donde conviven el humor criollo, la sátira política y el habla cotidiana del panameño. Canciones como El buhonero, La salsa de Pedro, Carnaval en la Central o La jeba exigente no solo animaron fiestas: se convirtieron en documentos sociales. En ellas hay denuncia, ironía y, sobre todo, reconocimiento. Porque Pedrito no hablaba desde arriba; hablaba desde adentro.
En alguna ocasión, él mismo explicó que su formación le permitió estudiar cómo habla el panameño. Esa observación no fue académica en el sentido frío del término, sino profundamente vivencial. De ahí que sus letras suenen auténticas: no imitan la realidad, la reproducen. Quizás por eso conectó con tantas generaciones. Porque al escucharlo, el país se escuchaba a sí mismo.
Recuerdo también una frase que le escuché en una entrevista: él hacía música para los panameños; de la latinoamericana, decía, se encargaba Rubén Blades. Más que una comparación, era una declaración de principios. Pedrito eligió su territorio: el Panamá cotidiano, con sus contradicciones, sus excesos y sus ternuras. Y lo defendió con coherencia.
El reciente documental Pedrito nunca partió, transmitido el 29 de marzo de 2026 por TVN, reafirma esa dimensión. No se trata solo de un homenaje póstumo, sino de una reconstrucción íntima. A través de testimonios de familiares y amigos, el público descubre a un hombre reservado, lector, reflexivo; alguien más cercano a un intelectual que al personaje jocoso que dominaba el escenario. Esa dualidad -el artista público y el ciudadano introspectivo- es clave para entender la profundidad de su obra.
La vigencia de Pedrito también se ha sostenido gracias al esfuerzo de su familia por preservar y difundir su legado. El año pasado, Pedrito, el musical llevó su vida a las tablas con una producción ambiciosa, más de 60 artistas en escena y una estética que evocaba el teatro musical contemporáneo. A ello se suma el libro Canción Pedro, una obra cuidada que recoge sus letras, fotografías y biografía. No son simples productos culturales; son actos de memoria.
Pero hay algo más personal que explica por qué su figura sigue tan presente. Hace años, en una librería que entonces estaba en Punta Paitilla, me encontré con él. Me acerqué con la timidez de quien admira desde lejos y le pregunté por su próximo disco, Painamá. Su respuesta fue tan inesperada como reveladora: me dio su número de teléfono para que lo llamara y comprara el CD directamente, “para que te salga más barato”. Dos semanas después, cumplí. Me lo firmó.
Ese gesto, aparentemente simple, define a Pedrito mejor que cualquier análisis: cercanía, humildad y una naturalidad desprovista de pose. No había distancia entre el artista y la persona. Era el mismo en el escenario y en una librería, quizás porque en ambos espacios se sentía en casa.
Hoy, cuando su obra vuelve a circular con fuerza -gracias a documentales, montajes teatrales y plataformas digitales- queda claro que Pedrito no pertenece al pasado. Su música sigue siendo un espejo incómodo, una especie de fotografía polaroid donde el país se reconoce sin maquillaje.
Tal vez por eso la frase Pedrito nunca partió no es un recurso retórico, sino una constatación. Porque mientras Panamá siga riéndose de sí mismo, cuestionándose y hablándose en su propio idioma, Pedrito seguirá ahí: cantando, observando y, sobre todo, diciendo verdades.
* El autor es licenciado en Periodismo, magíster en Derecho y Ciencias Políticas, doctor en Educación.

