“Muchos años después, mientras enfrentaba el pelotón de fusilamiento, el Coronel Aureliano Buendía recordaría aquella tarde distante cuando su padre lo llevó a descubrir el hielo”. Este inicio de Cien años de soledad, suena raro, desajustado, como que algo no cuadra.
Y tiene usted razón, pues no estoy citando lo que escribió Gabriel García Márquez, sino interpretando una versión en inglés.
Al traducirla al inglés, algunas palabras del español se pierden, naturalmente, y al volver a traducirlas al español, se nota mucho más. El ejercicio es un poco exagerado, pero ilustra perfectamente la importancia de una buena traducción.
Hace poco me apareció en redes un video de un chico que comparaba párrafos de Carta al padre, de Franz Kafka, y la diferencia entre ediciones era inmensa. Mientras que uno tenía un ritmo dinámico y sencillo, el otro estaba adornado con expresiones extrañas, palabras rimbombantes y quebrados por comas innecesarias que dañaban la experiencia.
Hay dos casos muy particulares de traducciones que cambian el carácter entero de un libro: El extranjero, de Albert Camus. En el francés original, la obra se llama L’Étranger. Su traducción puede ser, obviamente, el extranjero. Pero también puede traducirse como el extraño, que describe aún con mayor precisión la alienación de su protagonista. Incluso, la versión en inglés de esta novela es The stranger, cuya única traducción es, en efecto, el extraño.
El otro caso es más una suposición. Otro creador de contenido al que sigo analizó un posible planteamiento del libro Hamnet. De acuerdo con su análisis, Agnes (o Anne Hathaway como también se le conoce), la esposa de Shakespeare, le reclama por no estar en un momento clave de la trama. Lo que abre la posibilidad de que “to be or not to be”, traducida siempre como ser o no ser, pudo haber significado estar o no estar, que le da un giro inesperado a la eterna duda existencialista.
Si bien la calidad de la traducción es quizás lo más importante al escoger una edición, también hay otras cosas que influyen. Hace poco me entró una urgencia inexorable por leer El idiota, de Dostoyevski. La única copia que encontré en Panamá costaba casi $40, así que opté por comprar una versión de segunda en internet. Cuando abrí el paquete descubrí un libro más parecido a un texto escolar de química que a una obra literaria. Era inmenso, sin márgenes y escrito en Times New Roman.
No es la primera vez en que la edición me obstaculiza una obra. La primera vez que leí Cien años de soledad, décadas atrás, no llegué siquiera a la mitad. Para empezar, no tenía árbol genealógico. Pero lo peor es que tenía la letra tan minúscula que era un libro de 200 páginas cuando la mayoría de las ediciones de esta obra rondan 400 páginas.
También existen los casos opuestos, en que las ediciones son visualmente atractivas, con buena tipografía y un diseño de portada espectacular. Pero quizás la traducción no sea la mejor o se tomen algunas “licencias” al editar el texto.
Al final, de esto también se trata leer, de la aventura de encontrar buenas ediciones, malas ediciones, libros que te cambian, que te generan una reflexión profunda, que te hacen reír, o que abandonas a mitad de camino. Leer es arriesgarse.
Recomendaciones de la semana
Hamnet, de Maggie O’Farrell
El extranjero, de Albert Camus
* Los autores son los periodistas Luis Burón y Octavio Colindres, creadores de la columna Libro Albedrío.

