Cuando el público observa un ballet, la atención suele centrarse en los bailarines, la música y la puesta en escena. Sin embargo, detrás de cada presentación existe un equipo que trabaja para que cada detalle visual cobre vida. Son personas que se encargan del diseño, la confección y el mantenimiento del vestuario.

En el edificio Margot Fonteyn de la Ciudad de las Artes, en Ancón, se encuentra el taller de vestuario del Ballet Nacional de Panamá Elda Espino, un espacio donde la creatividad y la precisión se unen para construir las piezas que acompañan cada obra. El taller está conformado por las costureras Saturnina Tenorio, Lurys Núñez y Natalia Díaz, además de un equipo de apoyo integrado por exbailarines y coreógrafos del ballet.

Lurys Núñez, quien lleva ocho años trabajando con la compañía, contó a ELLAS que en el taller realiza “un poco de todo”. Entre sus labores está la elaboración de mallas, vestuarios para personajes y elementos como tutús o polleras.

Núñez explicó que el equipo debe interpretar los diseños, seleccionar los materiales adecuados y confeccionar cada pieza tomando en cuenta las necesidades de los bailarines. “Tenemos que ver muestras, hacer la cotización y luego ir a retirar el material”, precisó.

Pero el trabajo no termina cuando inicia la función. Las tres costureras también se trasladan al teatro durante las presentaciones para atender cualquier emergencia, como un vestuario roto o una pieza descosida que necesite reparación inmediata.

Núñez dijo que la elaboración de un vestuario puede tomar varios días, mientras que completar todas las piezas de una producción puede extenderse hasta tres meses.

Natalia Díaz, quien forma parte del Ballet Nacional desde hace seis años, afirmó que la costura dentro de esta disciplina es un mundo lleno de detalles.

“Este es otro mundo, parece mentira, pero es una profesión que lleva diferentes ramas”, comentó Díaz, al explicar que trabajan con materiales como tul, licra y telas especiales que requieren cuidados específicos.

Después de cada presentación, el equipo debe clasificar las piezas, lavarlas según el tipo de material y almacenarlas adecuadamente para que puedan volver a utilizarse en futuras funciones. En el caso de los tutús, por ejemplo, el cuidado del tul es fundamental para conservar su estructura y prolongar su vida útil.

Díaz explicó que, en la mayoría de los casos, deben lavar los vestuarios a mano para evitar daños en los materiales y conservar las piezas en buenas condiciones.

Dentro del mismo edificio, el Ballet Nacional cuenta con un almacén donde resguarda sus vestuarios con refrigeración las 24 horas del día, los 365 días del año. Sin embargo, el espacio se ha quedado pequeño con el paso del tiempo, por lo que dentro del propio taller también mantienen varias filas de piezas listas para próximas producciones.

También está el caso de quienes aportan desde la parte creativa, como Alberto González, uno de los primeros bailarines del Ballet Nacional, quien a lo largo de su trayectoria se ha desempeñado como bailarín, coreógrafo, diseñador y director de escena.

Para González, la creación de un ballet requiere la unión de diferentes disciplinas artísticas. “Todo converge para que el espectáculo llegue a ser de primera clase”, acotó, al referirse al trabajo conjunto entre coreografía, vestuario, maquillaje, iluminación y escenografía.

El artista también recordó uno de sus aportes más representativos en materia de vestuario: la creación de los tocados utilizados en Los pasos del diablico, una pieza que llevó elementos de la tradición panameña al lenguaje del ballet clásico. El diseño buscó mantener la esencia del personaje del diablico sucio panameño sin afectar la movilidad de las bailarinas durante la ejecución de la coreografía.

Hoy, todo este equipo continúa trabajando detrás del telón para dar vida a nuevas historias sobre el escenario. Actualmente, el Ballet Nacional de Panamá presenta Romeo y Julieta en el Teatro Nacional, una producción con la que la compañía conmemora sus 55 años de trayectoria, demostrando que cada función también es posible gracias a quienes, desde el taller, convierten telas, hilos y detalles en parte fundamental de la magia del ballet.