Nuestra literatura es afrodescendiente. Así lo atestiguan las voces más importantes que cruzaron los albores de nuestra era republicana hasta nuestros días.

Desde aquellos años convulsos que clamaban por la reivindicación de nuestra soberanía y exigían igualdad de derechos. Por aquellos derroteros, un poeta y periodista, valiente, inquebrantable, Gaspar Octavio Hernández dejaba hasta su último aliento en la redacción escribiendo.

Aquel 13 de noviembre de 1918 se convirtió luego en el día del periodista panameño. Y su voz, un afrodescendiente. Años más tarde, bajo el paraguas del colonialismo norteamericano, otra voz de un periodista narraba la injusta historia del arresto de un panameño, acusado por el color de su piel, de un crimen que no cometió. Gamboa Road Gang, de Joaquín Beleño, es una de las joyas de la literatura nacional. Y, otra vez, una voz afrodescendiente. Los ecos de aquel libro aún se leen como parte inherente de nuestra historia.

Pero con el tiempo, más hacia la década de los años 70, dice el sociólogo y escritor Gerardo Maloney, es cuando Panamá despierta hacia una nueva literatura afropanameña.

Voces de autorreconocimiento, distanciándose del eurocentrismo clásico, que escribieron sus propias historias y personajes en donde podían reconocerse.

Muchas de estas voces, descendientes de quienes construyeron el Canal, emergieron con sus libros en inglés, poemas, cuentos, narrativa; con grandes autoras como la escritora, académica y activista Melva Lowe de Goodin, que mantiene el fuego de la memoria de la vida de los afrodescendientes en la antigua zona del Canal.

El carácter de la voz y el torrente de su ritmo, también se elevó con voces como las de Wilfred Methusiel Berry Gonin (mejor conocido como Lord Cobra); quien puso a bailar a muchos bajo el calypso de su atronadora poesía.

Pero no se trata únicamente de los escritores afrodescendientes, una clasificación que bien podría albergar a casi todos los autores panameños, sino también de los propios personajes.

Por ejemplo, El Ahogado, de Tristán Solarte, ocurre en la isla de Bocas del Toro. Es natural que nos imaginemos a Rafael o al doctor Martínez como personas afro. Y ni hablar de los personajes de Loma ardiente y vestida de sol, de Rafael Pernett y Morales, con su poética descripción de la piel color leche con 10 gotas de café, y color café con mucha leche.

Es inevitable entonces ignorar esta atadura. Porque aunque pretendamos desconocer que la mayoría de los protagonistas de las obras de ficción panameñas tienen raíces afros, también se desarrollan en lugares históricamente negros. Como Curundú, de Beleño; o Taboga, en la Isla de las flores de Rogelio Sinán. Y hay también obras que directamente narran la vivencia afro, como Las mujeres que bordaron su libertad, de Thatiana Pretelt.

Nuestra literatura es, entonces, una literatura afro. Ya sea por sus autores, sus personajes, sus lugares, su cultura, sus tradiciones, sus raíces. Es afro por herencia.

Recomendaciones de la semana

- Loma ardiente y vestida de sol - Rafael Pernett y Morales

- Las mujeres que bordaron su libertad - Thatiana Pretelt

* Los autores son los periodistas Luis Burón y Octavio Colindres, creadores de la columna Libro Albedrío.