Cuando Mónica Gamboa estudiaba su maestría en Arte y Cultura podía encontrar sin demasiados problemas libros sobre historia del arte europeo. Cuando quiso hacer lo mismo con Panamá, la historia fue otra. “¿Y qué pasa con el arte a nivel nacional?”, empezó a preguntarse.
La inquietud terminó convirtiéndose en una investigación. No todo el mundo entendía su entusiasmo. Recuerda que algunas personas incluso le preguntaban qué iba a hacer con esa información o qué repercusión podía tener estudiar aquello. Ella siguió adelante.
Tocó las puertas del Museo de Arte Contemporáneo de Panamá (MAC) y allí ocurrió algo que todavía recuerda con agradecimiento: le permitieron entrar al archivo y trabajar con sus documentos. Como tenía otros empleos y responsabilidades, preguntó si podía ir los domingos. Podía.
Durante casi dos años, sus domingos transcurrieron entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde revisando cajas, documentos y registros, y tratando de comprobar si la información que aparecía en una base de datos coincidía con lo que realmente estaba guardado allí.
“¿A quién le creo, a lo digital o a lo físico?”, recuerda haberse preguntado. La investigación terminó aportando información al libro 60+1, publicado por el museo, pero también abrió un camino que continúa hasta hoy.
El arte escondido en los datos
Actualmente Gamboa trabaja en la organización y digitalización de la colección del MAC, integrada por más de 1,300 obras y más de 300 artistas, en su mayoría panameños. Digitalizar, aclara, no significa simplemente tomarle una foto a una obra y subirla a internet.
“No es solamente la foto que va ligada al nombre, no es solamente un número”. Hay que ordenar nombres, fechas, medidas, técnicas, procedencias y datos de los artistas. Decidir qué información importa y cómo organizarla para que pueda servir al museo, pero también —eventualmente— a investigadores, docentes, estudiantes o cualquier persona interesada.
Y mientras los datos se ordenan, aparecen historias. Cartas enviadas por antiguas directoras del museo a artistas. Correspondencia sobre exposiciones. Registros que permiten saber cuánto costaba montar una muestra hace treinta años. Datos sobre cuándo ingresó determinada obra a la colección o quiénes fueron algunos de los primeros artistas representados.
“Si el archivo hablara…”, dice Gamboa.
Para ella, habla y también hace preguntas: ¿Cuántas mujeres hay en la colección? ¿Qué artistas dejaron de ser conocidos con el paso del tiempo? ¿Qué presencia tienen creadores indígenas o afrodescendientes? ¿Qué podemos saber sobre distintas décadas del arte panameño? Organizar la información permitirá empezar a responderlas con mayor precisión.

Gamboa explica que el equipo se encuentra en la primera fase y que espera realizar en las próximas semanas una primera prueba interna con el MAC, para validar cómo ha sido organizada y catalogada la información.
Un archivo también puede enseñar
En su primera investigación, Gamboa decidió involucrar a estudiantes de secundaria de Ganexa en el levantamiento de información. Algo tan sencillo produjo un descubrimiento.
Muchos no sabían que el MAC tenía una biblioteca. Mucho menos que existía un archivo al que podían acercarse. “Se dieron cuenta de que en Panamá existe un espacio tan espectacular como es esa biblioteca y luego otro más interesante que es el archivo”, recuerda.
“El archivo se convierte en una herramienta pedagógica”, explica. Un estudiante en Bocas del Toro o Darién podría algún día consultar desde su teléfono una obra de la colección, observar la paleta de un artista, estudiar una técnica, investigar una época o utilizarla como punto de partida para crear algo nuevo.
La tecnología puede ampliar el acceso. No sustituye, sin embargo, la conservación. Cuando le pregunté si digitalizar es también una nueva manera de preservar patrimonio, Gamboa respondió: “Yo creo que no. Para mí el patrimonio es vivo”.
Una fotografía conserva una imagen y una base de datos conserva información, pero la obra original continúa necesitando cuidado. Los pigmentos envejecen, los materiales cambian, las condiciones de conservación importan.
Para ella, uno de los grandes méritos del MAC ha sido precisamente asumir esa responsabilidad: guardar una colección que constituye patrimonio artístico del país. Y no se trata únicamente de pinturas. Hay video, escultura, textiles y conjuntos de obras, entre otras expresiones.
¿Panamá tiene identidad artística?
La conversación sobre el archivo termina llevando a otra, más grande. Gamboa recuerda una discusión de sus años de estudiante en la que se planteaba que Panamá quizá no tenía una identidad artística definida porque había recibido demasiadas influencias.
Ella nunca estuvo de acuerdo. Panamá ha sido lugar de tránsito, mezcla y encuentro. Artistas extranjeros llegaron atraídos por el trópico, por su geografía, por los pueblos indígenas y por una sociedad formada a partir de múltiples cruces.
Pero de aquí también surgieron artistas como Trujillo, Sinclair y otros creadores con reconocimiento dentro y fuera del país. Para Gamboa, la mezcla no demuestra ausencia de identidad. Es parte de ella.
Por eso ordenar un archivo no es solamente poner en su sitio miles de datos. También permite comenzar a reconstruir una historia que muchas veces no ha estado disponible para estudiar.
El proyecto todavía está en una primera etapa. La información se está limpiando y organizando para uso interno del MAC. Para finales de agosto se tiene previsto una primera prueba interna del funcionamiento de este archivo digital.
Una fase posterior permitiría abrirla al público, si existen los recursos para hacerlo. Gamboa lo explica con una imagen mucho menos técnica. El museo ya tiene “el huevo”: la colección, los documentos, las historias. Ahora falta “cacarearlo”. Que sepamos todo lo que está allí.
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