Si pudiera retroceder el tiempo, esta vez no compraría aquel libro de Carmen Mola.
La nena, la tercera entrega de su saga de Elena Blanco, estaba en descuento, y como todo buen lector sabe, las ofertas hay que siempre aprovecharlas. Pero en esta repetición de tiempo y espacio, yo la dejaría -intentaría- pasar, y así salvarme del abismo, del despeñadero por el que me desplomé.
Carmen Mola es una aberración. Ni siquiera es Carmen, sino Jorge, Agustín y Antonio, los tres hombres españoles que se hicieron pasar por mujer para escribir una serie de novelas detectivescas desde la perspectiva de una mujer. Muy poca gente sabía que Carmen era una bestia masculina de tres cabezas, hasta que ganaron el premio Planeta y se destapó el gran secreto.
Y yo fui uno de los que maldije a esos tres hombres que lucraban con el nombre de Carmen, el mismo nombre de mi madre, además. Repudié y me asqueé de aquel acto. Pero entonces apareció un amigo, un gran lector, y me envenenó la mente: me recomendó muchísimo la saga de Elena Blanco. Y justo apareció ante mí la oferta de La nena y emprendí la caída vertiginosa hacia este agujero oscuro y entretenido.
Porque escriben muy bien. Ahí está el problema. Los libros son buenos, te enganchan rápido y no puedes parar de leer hasta que terminas el libro. Cada libro que he leído de esta saga -no diré cuántos- lo terminé en menos de cuatro días.
Y ahora, ante la mirada de disgusto de mi esposa, me cuestiono yo mismo: ¿vale la pena entregarse a las llamas de la insidia a cambio de cuatro días de entretenimiento? ¿estas frases simpáticas y seductoras son suficiente para ir en contra de mis principios?
La inquina contra Carmen Mola es comprensible ante el peso de la historia que ha invisibilizado y opacado el papel de la mujer, su existencia, su rol, sus logros, en prácticamente todas las profesiones existentes, incluyendo la literatura. De los 117 Premios Nobel de Literatura, por ejemplo, solo 18 han sido otorgados a mujeres. La última de ellas, la coreana Han Kang en 2024.
Por lo menos, ahora las mujeres pueden escribir sin esconderse, con sus nombres en las portadas de sus joyas literarias. Sin irnos muy lejos, quedamos ante uno de los pilares de la literatura: Frankenstein vio la luz por primera vez bajo la autoría de “anónimo”, en lugar del de Mary Shelley.
Como ella han sido muchas otras las que sabedoras del rechazo a lo femenino, vistieron de hombre sus nombres para hacerlos más apetecibles a las audiencias masculinas. Las hermanas Anna, Emily y Charlotte Brönte fueron por un tiempo los hermanos Acton, Ellis y Currer Bell. Amantine Aurore Dupin fue conocida en el mundo de las letras como George Sand.
El gran George Eliot fue reconocido parte del trío canónico de la literatura inglesa al lado de la majestuosidad de Henry James y Joseph Conrad, sin que en aquel entonces nadie supiera que se trataba de Mary Anne Evans.
Por fortuna, nuestra época ha conseguido reivindicar a muchas de estas enormes autoras que hoy podemos leer en obras como Cuentos de Mujeres. Escritoras Finiseculares de Clan Editorial, o El Coloquio de las perras de Luna Miguel, rindiendo homenaje al magnífico talento de grandes escritoras. O el novedoso gótico andino, que narra el terror en nuestras selvas latinoamericanas y que es comandado por brillantes escritoras.
Leer más allá del género es una opción, pero quizás es momento de acallar aquel hostil macho interior que acusa a la mujer de talento inferior y sumergirnos en el vasto universo de la literatura hecha por mujeres. Y no en el de hombres que se hacen pasar por mujeres.
* Los autores son los periodistas Luis Burón y Octavio Colindres, creadores de la columna Libro Albedrío.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de sus autores.

