Durante el siglo XIX, y entrada la siguiente centuria, un padre podía provocar en sus hijos angustia y mortificación, sin que aquello fuera motivo de reproches por parte de la sociedad machista. Mientras ofrecieran a su prole casa, comida, ropa, y con suerte, educación, no era tan importante que fueran autoritarios o déspotas.
Por entonces no provocaba mayores sorpresas que existieran figuras paternas como los progenitores que le tocaron en infortunio a Franz Kafka, Charles Dickens o a Edgar Allan Poe. Hoy, estos señores terminarían con denuncias en el Ministerio Público de sus respectivos países por violar las garantías de la niñez.
Cuando llegaron las décadas de 1960 y 1970, y con esos años el anhelo de paz global y el pelo largo, fue visto con cejas levantadas las actitudes del hombre fuerte y fueron lentamente tomando valor palabras como sensibilidad y vulnerabilidad, tal como lo dejan en evidencia películas como Kramer vs. Kramer (1979), Ordinary People (1980) y Tootsie (1982).
La construcción cultural de las masculinidades va modificando hasta llegar al siglo XXI, cuando se adquiere mayor claridad de la transformación de las conductas perjudiciales de los caballeros de antaño por cambios positivos de personalidad como demuestran The Pursuit of Happyness (2006), About Time (2013), Interstellar (2014) y Captain Fantastic (2016).
¿El modelo dominante de épocas pasadas ha cambiado por completo? No, de acuerdo con Harakiri, me haces falta, del director panameño Alejandro Castro Arias, proyectada en el recién terminado Festival Internacional de Cine de Panamá.
Esta provocadora declaración de principios sobre la masculinidad en crisis me recuerda al cine de directores inmensamente trasgresores como David Fincher, Abel Ferrara, Bigas Luna, Amat Escalante y Lars von Trier.

Ganó el Premio Hans Ohlms, Mejor Ópera Prima del Festival Internacional de Cine de Oldenburgo.
¿Por qué? Los jóvenes de Harakiri, me haces falta están condicionados por el complejo de Edipo: les atraen las mujeres, pero son incapaces de entenderlas. Desde sus perspectivas, ellas deben estar bajo la subordinación del hombre, ser sumisas y sin voz.
Pero la masculinidad planteada por esta cinta les huye a los tópicos. Sus varones son decadentes, herméticos y desesperantes; están llenos de paradojas, frustraciones y carencias.
Este vanguardisto, absurdo e impulsivo filme no tiene miedo al ridículo, ni a la ternura, ni a la compasión; ni señala a los hombres, tampoco los santifica.
Este drama social, aderezado de melodrama generacional, es desenfadado por momentos, cuando los tres personajes masculinos residentes en Madrid transitan por un laberinto de fiestas, peleas y excesos, a un torbellino que va de la alegría a la tristeza, y del desamor a la ira.
Harakiri, me haces falta es sobre la masculinidad tóxica ejercida por miembros de la Generación Z y Centennials. Es sobre lo complejo que es la amistad y cómo se construye, se descontrola y se reestructura entre los hombres en nuestras sociedades patriarcales.
Esta producción -incómoda y realista- es sobre lo difícil que es crecer en las transiciones, que, en el caso de este trío de amigos latinoamericanos, atraviesan la transición de la juventud a la adultez. Se enfrentan a las encrucijadas de la vida, a veces con el infantilismo de la adolescencia, y en otras con la madurez del adulto huérfano de inocencia.

Se ha proyectado en Panamá, Nueva York, San Francisco, Ciudad de México, París y Madrid.
Estos personajes responden a sus conflictos desde la más absoluta soledad. Ese abandono les impide encontrar sentido a sus existencias. Están en permanente movimiento porque quedarse quietos les recuerda el aislamiento que los aprisiona. Quizás su desamparo proviene de que están solos en otro país, en otro continente y en otra cultura y, además, están solos de sus referentes sentimentales, llámense papá, mamá o la nana que los crío.
Harakiri, me haces falta es sobre cómo las nuevas generaciones lidian con las distancias: la íntima, la física, la geográfica, la psicológica, la sentimental y la familiar.
Este filme nos exhorta a discutir sobre la salud mental masculina. Las expresiones culturales han estudiado de manera somera qué significa ser hombre en el siglo XXI, como plantea el ensayista Matt Pinkett.
Cuando la veía recordaba a Pinkett, quien en sus libros pone sobre la mesa de discusión preguntas como estas: ¿Por qué los varones son más proclives al suicidio? ¿Por qué tienen menos vínculos cercanos? ¿Por qué son más agresivos que afectivos en público? ¿Por qué ejercen más la violencia en todas las formas posibles? ¿Golpearse entre ellos será su búsqueda bizarra de contacto físico? ¿Qué inseguridades hay detrás de su sentimiento de posesión hacia la mujer? ¿La masculinidad tóxica es también perjudicial para el bienestar de ellos?
Ya que andamos planteando interrogantes, cierro con una más: ¿Por qué los seres de ficción de Harakiri, me haces falta son frágiles, ansiosos, desorientados, asustados, precarios, autodestructivos y vencidos? Quizás porque heredaron de sus padres ciertos arquetipos masculinos que los hace incapaces de encajar en las dinámicas comunicativas de las sociedades contemporáneas. Por eso, debemos ser una comunidad más abierta al diálogo sobre las masculinidades y evitar la simpleza de la condena reduccionista.
*El autor es miembro de la Federación Internacional de la Prensa Cinematográfica (Fipresci).


