El mundo es una cosa maravillosa. Y nosotros en él también. Es algo increíble. He leído muchísimo en mis años, es algo que me encanta, y sé positivamente que aún me falta mucho por abarcar. Cuando ya se tienen mis años y se la ha pasado uno leyendo gran parte de la vida, uno se vuelve muy selectivo en lo que lee, y yo personalmente, encuentro que ya muy poco me sorprende. Pero seguimos, porque leer es vivir.
Hace como un mes una amiga me comentó sobre un libro que tenía que ver con las relaciones y un curso de milagros. Bueno, enseguida me puse a buscarlo y lo leí bien rápido, porque es muy corto. Pero me dejó pensando acerca de nosotros los humanos, y las concepciones erróneas de vida con las que nos regimos. Me atrevo a compartirlas con ustedes con la esperanza de que estas palabras les ayuden a afinar el compás de la vida y las expectativas en materia de relaciones (entiéndase por relaciones no solo las de pareja, sino todas las demás).
La felicidad
De lo primero que deseo hablar es del sentido de la felicidad. Desde la cuna nos empiezan a vender la idea de que hemos venido a este mundo a ser felices. Se le da un sobrevalor a la felicidad y un infravalor al dolor. Lo cierto es que venimos a este mundo a vivir, y la vida, como un continuo, tendrá ambas cosas: momentos felices y momentos tristes o difíciles.
Los padres tratan de evitar a toda costa la infelicidad de los hijos y engloban dentro de esta denominada “infelicidad” las frustraciones normales de la vida y todo lo demás. Los hijos aprenden a que todo sentimiento que no sea agradable o feliz es contraproducente y que debe ser negado, desterrado, aniquilado. Así, aprenden a no tolerar las vicisitudes de la vida, y por ende a hacerse menos fuertes. Y en verdad, así nadie es feliz.
Las relaciones

Aprendiendo sobre las relaciones
Las relaciones son complicadas. Están compuestas de dos (o más) personas y cada una es un mundo. Somos un rompecabezas, literalmente hablando. Una de las cosas que más difíciles hace a las relaciones es la expectativa del otro de la satisfacción y felicidad propias. Es decir, mi pareja me hace enojar o me hace feliz. O mi madre me hace llorar. Nada más equivocado. Yo puedo ser feliz o infeliz por alguna de las cosas que hace mi pareja, pero yo tengo un grado de decisión sobre cómo me va a afectar lo que el otro hace.
Pienso que por eso las relaciones son tan conflictivas: ponemos la carga en el otro de algo que es nuestro, y la verdad es que solo nosotros sabemos qué es lo que queremos o no. Hay amores muy bonitos. Amores de cortesía, de respeto, de pasión, de admiración.
Es importante que entendamos que la forma en la que nos relacionamos está muy ligada a los apegos que desarrollamos con nuestras figuras más importantes en nuestra primera infancia. Es por esto que siempre urjo a los padres a que estén y den a sus hijos todo el afecto y la atención que puedan. Nada será más beneficioso, valioso o poderoso en la vida de cada ser humano que el legado que cada padre haga en su caminar. Esto es así y desde temprano.
Estereotipos
Se nos venden estereotipos de amor que son concepciones falsas. El romanticismo es hermoso, pero es limitado. Muchas parejas se quedan buscando siempre relaciones románticas. Las relaciones verdaderas están basadas en otras cosas además del romanticismo. Personalmente tengo la teoría de creer que esta es una de las mayores causas de la infidelidad: la búsqueda insaciable de ese romanticismo que, a muchos, el día a día no les permite tener con su pareja. Pero de eso no es de lo que vinimos a hablar; otro día tal vez sí.
Una de las frases que más me impactó de este libro es cuando hace alusión a que en el fondo lo que buscamos es a nosotros mismos. Esto de vernos reflejados en el espejo del otro me hace pensar, ¿y dónde está la “completud” de cada uno? Estoy segura de que no necesito verme en los ojos de nadie ni reconocerme en ninguna parte que en mí misma. Pero creo que aquí hay un punto.
Obviamente, queridos lectores, quien les escribe ya pasó de los 50 años. Por ello, creo que he llegado (hace más de varios años ya) al entendimiento de que soy quien soy y que lo que tengo es lo que hay. Sin embargo, he de confesar que, escribiendo esto, he tratado de pensar en mis años inmaduros. ¿Qué buscaba? He revisitado mi crianza. Y sí, yo también me busqué en la mirada del otro, y he de confesar que cuando no me encontré entré en pánico. Creo que fue allí donde empecé este hermoso camino hacia uno mismo.
Creo que al final, lo importante en la vida es tener una relación consistente y consciente de que cada uno es lo que es, para no tener que tratar de hacer correcciones en el modo de ser del otro. Es un poco decir “quiéreme como soy”. La felicidad no está en que el otro sea como nosotros deseamos que sea, sino como el otro de hecho es. Ahí lo dejo. Seguimos en otra ocasión. ¡Feliz día!


