Bueno, espero y confío. La Navidad pasada anhelaba tal acontecimiento con ansias, y nada. Nos quedamos con las ganas.

Y digo nos quedamos porque pueden imaginar cuántas mujeres trabajan aquí en el periódico. Somos muchas. Necesitamos comprar tarjetas de cumpleaños, regalitos para el baby shower de la compañera de contabilidad, juguetes para el vecinito que cumple años y casi se nos olvida, cariñitos para el amigo secreto, y por supuesto, crema de manos. Con semejantes tranques conviene tener cerca un sitio que nos resuelva todo eso de ya para ya.

Por otro lado, me preocupan mis finanzas. No hay manera de entrar a ese lugar y comprar solo una cosa. Estoy considerando llevar en la cartera unas anteojeras de las que usan los caballos, así cuando entro por un paquete de algodón y una acetona, voy directamente a esos estantes, media vuelta y enfilo a la caja a pagar sin mirar para los lados.

De lo contrario, si veo se me pega una revista, un chocolate, un gancho, un peluchito que no sabes para qué caramba quieres pero lo quieres, o una vela aromática (las velas aromáticas son la kriptonita de las mujeres) y hasta libros, porque ese también es uno de mis lugares favoritos para comprar libros.

Nos pasa a todos. ¿Quién no ha presenciado, peor aún, quién no ha sido protagonista del berrinche de un niño que llora y llora en la caja porque quiere un carrito? Y la mamá había ido por leche de magnesia o Pedialite. Cierto. Se me olvidaba, pero ese lugar es además farmacia.

Hace unas semanas estuve en Chitré y en mi agenda tenía previsto pasar por el pan de La Arena y por unas artesanías de barro. Pero un amigo me dijo “tenemos que ir a la sucursal de aquí”. Y fuimos. Inmensa y llena de tentaciones. “Y tienen que verla para Navidad”, nos dijo una de las cajeras, Yariela creo que se llamaba, muy orgullosa de trabajar allí.

Es cierto, cuando lleguen los arbolitos a Farmacias Arrocha, —¡sí ese es el lugar que estoy esperando que abra en la 12 de Octubre!— sabremos que ya llegó la Navidad. Aunque ya sentí el olor a pino el otro día que vi el catálogo de juguetes de Felix en mi oficina.

Me parece admirable que los dueños de este almacén hayan encontrado una fórmula de negocio tan efectiva. A mis amigos extranjeros también les fascina.

El sábado fui a la de Costa del Este como a las 7:00 p.m. y allí en el pasillo de las tarjetas vi una escena que no sé por qué no la usan para un anuncio comercial: mirando entre las tarjetas de boda había una mujer de traje largo, entaconada, enjoyada y con peinado alto, pero desesperada buceando entre las tarjetas de bodas y al parecer la que quería no estaba. ¡Horror!, como diría Siria Miranda en el noticiero.

No es boda panameña si los invitados no están (estamos) a última hora comprando las tarjetas de felicitación.