A medio Mundial me di cuenta de que no sabía cuál era la canción de este torneo. No es que no había música. Todo lo contrario: había tanta que ninguna había logrado tocarme el hombro y decirme: “Aquí estoy”.
Antes, o por lo menos desde que tengo memoria, eso no pasaba. Una podía no saber quién era la mascota oficial, pero sabía cuál era la canción. La televisión, la radio, los anuncios y hasta las coreografías escolares se encargaban de que el coro quedara instalado en la cabeza.
Esta vez no me pasó lo mismo. El Mundial avanzaba, las selecciones se iban eliminando y yo todavía no tenía una canción que me hiciera sentir que estaba viviendo un Mundial. Así que me metí en esas aguas y terminé reencontrándome con Wavin’ Flag.
Fui transportada a Sudáfrica 2010. Coca-Cola usó el tema en su campaña mundialista. Su autor, K’naan, nació en Somalia y vivió de niño la guerra civil. La versión original no fue escrita para vender sodas ni celebrar goles. Wavin’ Flag canta y habla de libertad, de un pueblo que soñaba con levantarse y de la esperanza de volver a agitar su bandera.
La versión mundialista cambió algunos versos, agregó más fiesta, fútbol y gloria, y se convirtió en una de esas canciones que parece haber nacido directamente dentro de un estadio. Pero ¿la han escuchado bien? Es una canción de esperanza, fuerza y optimismo. Eso se necesita bastante en estos días.
Seguí en mi búsqueda musical y me apareció Shakira, Shakira. Sin ella no se completa el papeleo y sello de un Mundial. Dai Dai, su actual colaboración con Burna Boy, es el tema principal del álbum que hizo la FIFA con 18 canciones para este Mundial.
Dai Dai tiene esa mezcla de alegría y emoción digna de una canción mundialista que se respeta. Después supe que Ed Sheeran, el mismísimo, figura entre sus compositores. Y pensé: con razón.
Luego me encontré con Lead, de Sean Paul, dentro de Camisa 10, el proyecto musical impulsado por Ronaldinho alrededor del Mundial. Sí, porque este campeonato no llegó solo con tacos, hot dogs y jarabe de maple. También vino acompañado de una cantidad de música suficiente para llenar varias playlists y enredar a cualquiera que preguntara cuál era la canción oficial.
Lead habla de una mujer que toma la delantera, marca el paso y no espera a que otro decida por ella. Me gustó que, en medio de tanta épica futbolera, la mujer apareciera asociada con el liderazgo y no solamente como la chica que se enfoca en las gradas.
Este Mundial no tiene una sola canción. Es una mescolanza de álbumes, proyectos paralelos, temas de patrocinadores y todos los sonidos que los algoritmos decidan lanzarnos durante el día.
Antes la radio y la televisión escogían por nosotros. Ahora cada quien recibe su propio Mundial. Lo que se pierde un poco es aquella memoria común. ¿Recordaremos todos la misma canción dentro de diez años? ¿Habrá un tema que apenas empiece nos devuelva colectivamente a este torneo, como todavía ocurre con La copa de la vida, Waka Waka o la propia Wavin’ Flag?
Quizás no. Pero también puede que hayamos ganado otra cosa. Ya no necesitamos que una organización nos diga qué emoción debemos guardar. Podemos volver a las canciones de antes, podemos ahora, a un clic, investigar más la historia o el detrás de cada tema. A mí, que soy preguntona, eso me encanta.
La música del Mundial, según yo, es la que elijas escuchar.
* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.
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