Pueden imaginar, y compartir conmigo, la indignación que me dio leer esta semana que para demostrar su condición socioeconómica se les iba a exigir a las madres de familia de estudiantes ganadores de beca de excelencia una carta de trabajo, una declaración de renta o un certificado de que no trabaja o de que es ama de casa. Al rato, ante la confusión que provocó el requisito, esa condición fue retirada.

Lo que no quedó resuelto es la mirada de país que tenemos: una que no entiende el trabajo de cuidado, no lo reconoce y sigue tratando como inactividad lo que en realidad hace posible la vida de los demás.

¿Qué, quién daría la supuesta certificación de ama de casa? Por allí unos ilustrados salieron a decir que el representante de corregimiento o el juez de paz. Pongo los ojos en blanco.

También leí que eso aplicaba a las mujeres que no trabajan. Solo quien nunca ha hecho el trabajo de casa puede decir que eso. Tenemos una capacidad asombrosa para depender del trabajo de cuidado y, al mismo tiempo, menospreciarlo. Lo necesitamos para que todo funcione, pero a la hora de reconocerlo miramos para otro lado.

Lo que sí aparece pronto es ese lenguaje condescendiente: ama de casa, dependiente, no labora, no produce, y hasta nini. Como si hacer posible la vida de los demás fuera un hobby.

Pero volvamos a las becas. Estas becas del Ifarhu fueron ganadas por las y los estudiantes con más altas calificaciones. Y quizá me equivoque, pero cuando una estudiante saca buenas notas suele haber una persona pendiente de las tareas, del uniforme, de la puntualidad, de la cartulina, de la lonchera. Mmmm...¿Quién será esa?

Una madre que cuida no necesita que un juez le certifique que ha trabajado. Lo que necesita es que el Estado deje de actuar como si el cuidado fuera invisible, opcional o de tercera categoría. Porque cocinar todos los días no se improvisa. Cuidar a una persona encamada no se improvisa. Llevar una casa y hacer rendir la plata como si fuera milagro, tampoco. Eso es trabajo: duro, repetitivo, absorbente y, casi siempre, se le encarga a la mujer.

Panamá lo sabe, pero actúa como si no. En 2024 se aprobó la Ley 431, que crea el Sistema Nacional de Cuidados y reconoce expresamente a las personas que cuidan, remuneradas y no remuneradas, la mayoría mujeres. Pero en la práctica, para muchísimas de ellas, todo sigue recayendo igual.

Da pena que Panamá tenga datos viejos para un problema muy vigente. La última Encuesta de Uso del Tiempo es de 2011. Y ya mostraba que las mujeres dedicaban 29 horas semanales a tareas domésticas, frente a 13 de los hombres. Más de una década después, los datos del mercado laboral siguen mostrando la misma estructura: las mujeres continúan cargando mucho más con las responsabilidades familiares y siguen siendo mayoría entre la población fuera del mercado laboral.

El cuidado no solo agota. También expulsa: del empleo, de la formación, del descanso, de la autonomía económica y de una vejez protegida. Porque aquí hay otra verdad: una mujer puede pasar décadas cuidando a otros y llegar a adulta mayor sin jubilación propia y con el cuerpo gastado. El trabajo de cuidado no se jubila.

Hace unos años la periodista Katrine Marçal escribió ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith? (2016). El llamado padre de la economía decía que la comida que llegaba a su mesa era gracias al interés individual del carnicero en su ganancia. Basado en ideas como esas escribió muchos libros. Para Smith, quien nunca se casó, era invisible la mano de la que picaba los guisos y le llevaba el plato a su mesa: su mamá Margaret Douglas. Esa era invisible para sus teorías económicas.

Todavía hay quien cree que reclamar sobre este tema es exagerado. Que cuidar es lo que el cielo asignó a la mujer. No hacerlo es egoísmo. Pero, es un trabajo invisibilizado y no valorado ni reconocido.

Y cuando por fin se abre una posibilidad valiosa, como una beca para una hija o un hijo destacado, aparece otra vez esa sospecha sobre el hogar, sobre la madre que cuida, sobre la familia que tiene que probar hasta lo obvio. Aunque el requisito se haya retirado, el reflejo sigue allí. Y eso es justamente lo que retrata este episodio: no solo una confusión administrativa, sino una forma de mirar el país.

Mientras tanto, seguimos con una licencia de paternidad de tres días hábiles. Tres. Un suspiro administrativo. Una indirecta bien directa que apunta a que cuidar recién nacidos y acompañar el posparto es cosa principalmente de mujeres.

Tal vez lo que hace falta es un certificado de realidad para nuestras autoridades. Uno que diga, clarito, sin vueltas y con sello donde más les guste: en Panamá cuidar también es trabajar. Y ya va siendo hora de que gobiernen como si lo supieran.

* Las opiniones emitidas en este escrito son responsabilidad exclusiva de su autora.

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